OSIP MANDELSTAM (I)

Hijo salvaje de Armenia

María Fernanda Palacios se vuelca sobre las huellas de Osip Mandelstam (1891-1938) el marginado, acosado, proscrito y empujado a la muerte por los verdugos de la revolución rusa, para devolverlo a la arena poética con los zapatos puestos, los que le condujeron hasta la zanja donde se sentiría salvajemente humano. También refiere Palacios el viaje que emprendió al Cáucaso -este "niño en el mundo de los poderosos"- con el propósito de "robar aire" y entonces, como su poesía, alcanzar a sobrevivir, aferrado a la inscripción del escudo de la ciudad de Armavir que indica que "El perro ladra, el viento sopla", constatación en la que sabía estaba cifrada toda la poesía del mundo


Mandelstam, destino marcado por "el terror de
la época de Stalin"


Osip Mandelstam, junto a Boris Pasternak, Anna Ajmátova, Vladimir Mayakovski y Marina Tsvietáieva, forma parte de la gran constelación de poetas rusos de la primera mitad del siglo XX, cuyo destino estuvo marcado, para bien y para mal, por la Revolución de Octubre y el terror de la época de Stalin. En unos versos de los años treinta, Mandelstam se retrata:

Fui un niño en el mundo de los poderosos
Me asustaban las ostras y miraba a los guardias receloso


Ese niño no estuvo directamente implicado en la guerra de facciones ni en los conflictos de intereses que formaron la trama de la historia rusa desde 1917 hasta 1928, fecha ésta en que Stalin se adueñó de la revolución suprimiendo, sistemáticamente, a sus últimos opositores y haciendo de la helada y remota Siberia el último círculo del infierno ruso. Mandelstam sólo sabía hacer versos, y sus versos eran buenos; muy buenos; también traducía de varios idiomas y confiaba desesperadamente en las fuerzas vitales de la tradición: tres aptitudes sumamente peligrosas en una sociedad donde la palabra se había vuelto sospechosa por su ambigüedad, donde todo lo extranjero era visto como enemigo y las fuentes vivas del pasado como pozos envenenados capaces de asesinar el porvenir. No debe entonces extrañarnos que un poeta como él se convirtiera en un elemento perjudicial para la salud del Estado. Pero Mandelstam no fue enemigo de la revolución. La saludó con entusiasmo y reverente temor:

Cantemos, hermanos, el crepúsculo de la libertad,
el gran año crepuscular.
En las hirvientes aguas de la noche
se hundió el pesado bosque de las redes.
Te alzas sobre los años oscuros,
¡Oh sol, juez, pueblo!


Cantemos la fatal carga
Que sobrelleva el caudillo del pueblo.
Cantemos la carga crepuscular del poder,
Su insoportable opresión.
Quien tiene corazón debe oír, tiempo,
Cómo tu nave naufraga.

Nosotros, en legiones combativas
Juntamos las golondrinas -y ahora
El sol no se ve y los elementos todos Trinan,
tiemblan, viven.
A través de la red -crepúsculo espeso-
El sol no se ve y la tierra flota.
Y bien, probemos: un torpe, enorme
Y chirriante golpe de timón.
La tierra flota. ¡Hombres, sean hombres!
¡El océano se abrirá bajo el arado!
Y hasta en el frío del Leteo recordaremos
Que diez cielos nos costó la tierra.


Este poema de 1918, apenas un año después del chirriante golpe de timón, ya era suficiente para hacer de él un condenado. Qué importaba ya la belleza de ese océano abriéndose bajo el arado, la del espeso crepúsculo de golondrinas. El poder aparece allí con su carga fatal, su insoportable opresión y el sol no se ve y la nave naufraga y este poema, aunque lo celebre con épico ritmo de hexámetro, se llamará siempre el crepúsculo de la libertad. Mandelstam tenía razón: fue un niño en el mundo de los poderosos. Escribir poemas como éstos, después que la tierra costó diez cielos, ¿cuánto le iría a costar?

En Rusia, los verdugos tienen buen oído y siempre han sido sensibles al poder de la gran poesía. Por eso la temían. Por eso Mandelstam fue, primero, marginado; luego acosado, proscrito y arrestado hasta que muere a los 47 años en un campo de tránsito en Siberia, en 1938: veinte años, veinte cielos después del crepúsculo de la libertad. Atrapado ya en la espesa red del poder, su poesía posterior al golpe de timón forma un oscuro horizonte de golondrinas a través del cual los elementos todos van a trinar, temblar, vivir. Y para retener ese trino, palpitante, en la oscuridad del verso, necesitaba ser un niño en el mundo de los poderosos. No un pajarero ni un náufrago de la libertad (como fueron muchos) sino un ser tan frágil que pudiera escapar aun cuando lo estuvieran aplastando.

Por la sonante gloria de los siglos futuros,
Por la altanera raza de los hombres,
Me quitaron la copa del festín de mis padres,
Y mi alegría y mi honor.

Sobre mis hombros se lanza el siglo lobuno,
Pero mi sangre no es sangre de lobo,
Más bien, méteme como un gorro bajo la manga,
en el caliente abrigo de piel de estepa siberiana
Para no ver al cobarde, ni la llorona inmundicia
Ni los huesos ensangrentados en la rueda;
Para que los azules zorros polares brillen
Para mí toda la noche en su primitiva belleza.

Llévame hasta la noche donde fluye el Yenisei
Y el pino alcanza las estrellas,
Porque mi sangre no es sangre de lobo
Y a mí sólo un igual me matará.


El niño es quien puede ver al siglo lobo y correr a la primitiva belleza de los azules zorros polares; el niño es quien podía sentir que le arrancaban la copa del festín de sus padres; y ese llamado, tan imperioso como impotente: llévame hasta la noche, méteme como un gorro bajo la manga… sólo un niño podía ser tan vulnerable y atreverse a tanto.

Mandelstam roba el aire del Cáucaso
para sobrevivir
El llamado de ese niño asustado y acosado por el "lobo", no está dirigido ni a la madre, ni al padre, ni siquiera a sus semejantes. Este niño parece que ya no tiene semejantes. Y es al mundo a quien apela: la noche donde fluye el Yenisei o el caliente abrigo de piel de estepa siberiana. El mundo en su descampado primitivo se le ha vuelto abrigo y cuna. Este niño no necesita niñera, ni maestros, ni parientes. Sabe que: La gente aúlla como bestias, / y las bestias son astutas como la gente.

Cuando se necesita más instinto que visión, Apolo parece que se vuelve lobo y el niño lo presiente y huye de él. Y Apolo castiga: cinco años sin poesía. Entonces se dijo: "hay épocas en que el alma tiene hambre de suelo virgen de tiempo" y siguió corriendo hasta llegar a Armenia, allá: En la biblioteca de autores alfareros / El libro hueco de la hermosa tierra, / Donde los primeros hombres aprendieron… Allá, las flechas de Apolo no lo alcanzaban.

Dejemos, pues, que sea ese niño, asustado y salvaje como todo niño, quien nos lleve hasta su cuna, allá en las chillonas piedras de Armenia, donde la lengua es un gato salvaje y el trabajo un temible toro de seis alas.

Después de la guerra civil, Mandelstam, como tantos otros, comienza a tener serios problemas con el poder. Poco a poco se fue convirtiendo en un indeseable, hasta que ingresó en la honrosa lista de los impublicables. Su última publicación en vida apareció en 1928, como Poesía reunida. Allí, además de sus dos primeros libros (Piedra y Tristia) se incluyen veinte poemas escritos entre 1921-1925, que marcan el paso de la imaginería clásica y el tono elegíaco de Tristia a una elocuencia del terror. A este ciclo trágico y feroz pertenecen algunos de sus poemas más conocidos: "El siglo", "El que encuentre una herradura", la "Oda pizarra", "1º de enero 1924", y "No soy el contemporáneo de nadie".

Pero ya en 1926 había comenzado para Mandelstam un período de cinco años en los que no consigue escribir poesía. Deambula entre Moscú y Leningrado sin trabajo y sin casa. Rodeado de amenazas y sujeto a continuas humillaciones, el mundo literario le asquea: No quiere nada con "la tribu de los escritores", raza a la que dice odiar con todas sus fuerzas: a la que no quiero pertenecer nunca y nunca perteneceré. Esa raza hiede y se acuesta sobre sus vómitos, desterrada de las ciudades, perseguida en las aldeas, pero en todas partes y ocasiones se arrima al poder y éste le asigna un lugar en los barrios chinos, como a las prostitutas (1). Cito fragmentos de su Cuarta prosa -escrita a finales de 1929- para hacernos una idea de cómo se sentía al iniciar la etapa póstuma de su obra: Soy una persona envejecida, cepillo a los perros del Señor con lo que queda de mi corazón, y no les basta, no les basta. Los ojos de los escritores rusos me miran con perruna ternura y suplican: ¡Revienta! (2)

Y un poco antes había dicho: La primera y última vez en la vida que tuve necesidad de la literatura, ella me estrujó, me hincó sus garras y me apretó, y todo fue horrible como en un sueño infantil. (3)

Así que, primero, fue una dentellada. Después sobrevino el asco a la literatura y el miedo al poder. Ese fue el equipaje psicológico con que Mandelstam contaba al inicio de la década del terror. Fue entonces cuando su admirador y protector, aquel legendario príncipe de la revolución, Mijail Bujarin, el favorito de Lenin, que todavía se mantenía en posiciones de poder, le proporciona una evasión: un viaje al Cáucaso, para él y Nadezhda, su mujer. Sabemos que a comienzos del año 30 pasó una temporada en una casa de reposo en la ensenada de Sujumi, en Crimea, a orillas del Mar Negro; que en mayo ya está en Tibisli, la capital de Georgia, y unas semanas después llegó a Yerevan, recorre Armenia y en octubre, después de pasar aquellos benditos "doscientos días en la tierra del Sabbath" y de cuatro años "sin poesía", regresa a Georgia donde escribió de un tirón el grupo de poemas armenios con que se inicia el primer Cuaderno de Moscú. Al año siguiente, ya en Moscú, escribió la prosa Viaje a Armenia.

I - Aire robado
En el año 30 Mandelstam todavía no era, oficialmente, un proscrito, pero sabía que todo cuanto él podía escribir sí lo estaba: Todas las obras de la literatura mundial las divido en autorizadas y escritas sin autorización. Las primeras son escoria, y las segundas, aire robado.(4)

Mandelstam viajó al Cáucaso para robar aire. No hay mejor definición para su poesía póstuma, y para la poesía en general como oficio de sobrevivencia.

No era la primera vez que él viajaba al Cáucaso, pero esta vez el viaje dejó huellas profundas en su poesía. Digamos que antes se refugiaba en el Cáucaso, para escribir "su" poesía, pero ahora, llega sin poesía, a robar el aire con el que consiguió sobrevivir hasta 1938.

Mandelstam decía que el crítico no debía responder la pregunta "qué quiere decir este poema" sino de dónde viene. Es como si dijera: el sentido es el lugar, y nos invitara a seguir la imagen hasta que se muestre como destino. Así, cuando digo que la poesía póstuma de Mandelstam viene de Armenia, lo hago como quien da una dirección; la seña necesaria donde hizo contacto, no consigo mismo, sino con lo que su alma necesitaba.

Desorientado, como tantos, busca orientarse y mira hacia Oriente. Pero sabía que en Rusia, el este queda al Sur y que para el alma, el norte también quedaba al Sur. Al Sur, en los pies asiáticos de Rusia, están los orígenes del mundo humano. Se dice que Noe amarró el arca, después del diluvio, en las faldas del Monte Ararat; en el Cáucaso Zeus amarró a Prometeo, aquel dudoso benefactor de nuestra raza y por allí se ocultaba el vellocino de oro. Frontera geográfica y psíquica, el Cáucaso, para Rusia, ha sido desde tiempos remotos, cuerno de abundancia y piedra en el zapato, según sean poetas o generales quienes lo crucen. Sobre Armenia y su vecina Georgia gravitan poderosas fantasías y viejísimos complejos históricos rusos: su espíritu pagano, su nostalgia mediterránea, su alma romántica y su sensualidad elemental hallan en esas altas montañas, frescas colinas, fértiles llanuras y abruptos despeñaderos, una tierra generosa en vinos y aguas, tinturas y poesía; pero también una historia de crueldades espantosas, masacres y penurias. Desde el Cáucaso se abre para la imaginación una puerta hacia Rusia, muy distinta de aquella ventana a Europa que hiciera Pedro el Grande, símbolo de la insalvable polaridad entre Occidente y el alma eslava. Al Sur los conflictos no se expresan de manera tan intelectual y civilizada, sino brutalmente, en términos de conquista y cautiverio. "Prisionero del Cáucaso", Pushkin fue el primero en anexarlo como poesía y su Viaje a Erzurum sirvió de cauce a una riquísima tradición. Mandelstam llegó como ladrón, lo atravesó como vagabundo y regresó a Rusia "adoptado", convertido en un hijo salvaje de Armenia.

II - Calle Mandelstam
El viajero tiene un lugar adonde volver; desde allí recuerda, abre su maleta, cuenta sus experiencias y el viaje concluye como aprendizaje. Pero el viaje de Mandelstam no se ajusta al patrón. Que me perdonen los críticos que han hablado de la "experiencia" Armenia y de su viaje como "aprendizaje". Pero siento que su naturaleza era renuente a todo eso. Inquieto y salvaje como un cachorro, aprendía por instinto, por una digestión inmediata, más orgánica que mental. Su conciencia no trabajaba como depósito; no se aposenta en un "yo"; sino que se mantiene siempre en vilo, como un caballo en la pista de carreras. (5)

Un viajero así no lleva diario de viaje, ni toma fotografías y sus experiencias se convierten de inmediato en alimento para la imaginación, que trabaja en presente, eludiendo el recuerdo. Además, Armenia no fue un viaje, fue un aplazamiento y una tregua, una suspensión temporal de la condena. Un movimiento evasivo dictado por el instinto de conservación. La bestia acorralada huye. Huir y deambular no es viajar. ¿Acaso viajan los nómadas? El nómada vive de aire robado. Y Mandelstam ya era un nómada. Nunca tuvo escritorio. Al niño no le gustan los escritorios, prefiere esconderse bajo la mesa, el patio de recreo o el bosque rumoroso. Los escritores respetables necesitan una mesa. Pero Mandelstam necesitaba unos buenos zapatos -para huir. Recuerden que escribe con aire robado. Por eso estas líneas son tan significativas: Armenia fue el lugar donde cambié mis polvorientos zapatos urbanos -como pezuñas- por unas livianas pantuflas musulmanas.(6)

Los zapatos juegan un papel decisivo en su poesía. No hablo de los zapatos como motivo literario. Me refiero a la imagen que está por debajo, como núcleo moral de su estética: el metro está en los pies. En los borradores de su Conversación sobre Dante dijo: "Me pregunto -y con toda seriedad- cuántas suelas de zapato, cuántos cascos de buey, cuántas sandalias gastó Alighieri en el transcurso de su trabajo poético, vagabundeando por los caprinos caminos de Italia. El Inferno y especialmente el Purgatorio, glorifican el paso humano, la medida y el ritmo del caminar, el pie y su forma. El paso se adapta a la respiración y se satura de pensamiento: para Dante allí empieza la prosodia" (Brown, 56). Y yo agrego que para Mandelstam también. El paso da la medida, marca el acento rítmico y la respiración del verso. Una sintaxis regida por el verbo y una prosodia sinuosa, accidentada, vagabunda, necesitan un calzado apropiado. Su paso ya no se ajusta al rigor de los metros largos de Tristia y su aliento se cansa a la mitad de una oda. Su verso se hace más fresco, más sensual: empobreciéndose para desplegar una riqueza elemental:

La rosa en la nieve tiene frío:
En Sevan hay seis pies de nieve…
El pescador de montaña arrastró su trineo pintado de azul,
Truchas ahítas con hocicos bigotudos
Montan su guardia policial
Sobre el fondo calcáreo
Pero en Yerevan y en Yetchmiadzin
La enorme montaña sorbió todo el aire,
Si pudiera encantarla con una ocarina
O tan sólo amansarla con un caramillo,
Hasta que la nieve se derrita en su boca.
Nieve, nieve, nieve sobre papel arroz,
La montaña flota hacia los labios,
Tengo frío. Estoy contento…

Ya lo dije, no son experiencias ni lecciones de vida, es la montaña quien flota hacia los labios, él y la rosa tienen frío. Su visión no es contemplativa. Mandelstam absorbe el mundo con la mirada de quien siempre está en marcha, en campaña. En el Viaje a Armenia no describe, sino que descubre cómo funciona su visión: "…estiro la mirada y hundo mi ojo en la ancha copa del mar, (…) estiro mi visión como un guante de niño, la estiro en una horma, en la azul vecindad del mar…". (7)

Todo viaje es un movimiento de ida y vuelta. Pero en la vida de Mandelstam no hay vuelta. Como no tiene casa, la vida se le convirtió en camino: la calle Mandelstam, como él mismo dice en un epigrama de 1935:

¿Qué calle es ésta?
Calle Mandelstam
Qué diablo de apellido
No te lo puedes sacar
Pero suena poco recto

Lineal no es
liliáceo tampoco
Y por eso esta calle
para ser más precisos, esta zanja,
lleva el nombre de ese tal Mandelstam


Leer a Mandelstam es ir por esa calle y caer en esa zanja, en la que nada está derecho y no hay ni líneas ni lilas. Josef Brodsky en su ensayo sobre Mandelstam dijo que "la crítica literaria es sensata únicamente cuando el crítico opera en el mismo plano tanto de la referencia lingüística como psicológica". Y agrega que por eso -sin importar en qué lengua se lo lea- un poeta como Mandelstam, "está destinado a una crítica que venga estrictamente de abajo". Brodsky invita, pues, a quedarnos en la zanja. Entiendo esto como un llamado a no dejarnos llevar por las ideas sobre la poesía, a rehuir las acrobacias interpretativas y amplificaciones simbólicas, y situarnos "por debajo de la poesía", allí donde la materia semántica se amasa con la materia psíquica: agua y harina, pero sin levadura. Armenia es el lugar donde su poesía terminó de perder la levadura lírica: Lavash, el pan, suave y chato de los pueblos del desierto, será ahora su alimento. (8)

Pan sin levadura, la esencia lamarckiana de la vida, el quemado pagano de las amapolas, el dolor quirúrgico de la luz, la aversión a toda metafísica, una lengua de hierro, sonidos prohibidos y vergonzosos para labios rusos y la belleza en la sonrisa de una vieja, su exhausta dignidad, todo eso, repito, no son experiencias, es aire robado. Mandelstam ha sustituido la noble perspectiva humanista por otra, salvajemente humana.

III - El perro ladra, el viento sopla
Cuando la existencia diaria está rodeada de muerte, el hombre mira instintivamente hacia atrás, en el tiempo, buscando su alma arcaica, para hacerse a la presencia de la muerte. El desamparado sabe cómo mirar el mundo con horror y respeto. Quien no tiene a dónde ir, se vuelve fiera y halla en lo que está más allá de sus fronteras, en lo extraño y lo ajeno, su guarida.

Cuando el siglo lo maltrata, Mandelstam se deshace del lastre literario y se aferra a las cosas más elementales de la vida: el niño, las piedras, la arcilla, la rosa salvaje, como si la poesía fuera un resplandor de los orígenes. Adelantándose a su encuentro con el Cáucaso, la Cuarta prosa termina con esta línea: "…en Armavir, en el escudo de la ciudad, está escrito: El perro ladra: el viento sopla" (9). Llamo "primitiva" esta inmediatez expresiva. Pero Mandelstam sabía que toda la poesía del mundo está en esa áspera y tosca constatación; y que imaginar -de verdad- es apenas "reconocer". El perro ladra, el viento sopla: quien tenga corazón sentirá la belleza y el misterio de esa ecuación; su alma animal le otorgará, como un don, la visión interior del mundo. A partir del año treinta, la poesía de Mandelstam tuvo por divisa el escudo de Armavir: el perro ladra, el viento sopla. En su Conversación sobre Dante dice: "La formación del poema sobrepasa nuestras nociones de la invención y de la composición. Sería más justo reconocer al instinto como el principio que le guía". Pero esto fue posible porque ya desde muy joven confiaba en su oscura alma animal. En este hermoso poema de Piedra (1909) ya reconocía que era ella, su alma animal, que ni siquiera puede hablar, quien podía nadar en las grises profundidades del mundo:

No hay nada de qué hablar,
nada que enseñar,
y qué triste pero hermosa
la oscura alma animal

No quiere enseñar nada
Ni siquiera puede hablar
pero se sumerge, como un joven delfín,
en las grises profundidades del mundo


La calle Mandelstam no da al confortable lecho de los antepasados, ni conduce a la dorada infancia: allí repta, tiembla, su oscura alma animal, con su sabiduría inarticulada y su belleza que no es decorativa ni constructiva ni ideal, sino terrenal; la presencia palpable de un tiempo donde "el perro ladra, el viento sopla" y la "eternidad" sí es de este mundo.

Notas:
(1) CP: XII, 82-83
(2) CP: XV, 85
(3) CP: XIII, 83
(4) CP: V, 78
(5) CM: 247
(6) VA: III, Zamoskvorechie, p. 200
(7) VA: V, Los Franceses, p. 211
(8) El lavash: y la levadura aparecen formando un motivo en la poesía y en la prosa de Mandelstam. En el poema "Armenia" puede hacerse una conexión entre los húmedos pellejos del pan y la máscara mortuoria que le sacan del rostro.
(9) CP: XBI, p. 86

Referencias:
Osip Mandelstam. The Noise of Time.The Prose of Osip Mandelstam. Traducción y ensayos críticos de Clarence Brown. San Francisco: North Point Press, 1986.

Osip Mandelstam. The Collected Critical Prose and Letters.Edición de Jane Gary Harris. Traducción de Jane Gary Harris y Constance Link. London: Collins Harvill, 1991.

Osip Mandelstam. El sello egipcio/ El rumor del tiempo. Traducción de Lidia Kúper. Madrid: Alfaguara, 1981.

Osip Mandelstam. Coloquio sobre Dante. La cuarta prosa. Traducción, introducción y notas de Jesús García Gabaldón. Madrid: Visor, Literatura y Debate Crítico Nº 20, 1995.
_________
Brodsky, Joseph. Menos que uno. Traducción de Roser Berdagué Costa y E. Raimbau Saurí. Barcelona: Versal, 1987.

Brown, Clarence. Mandelstam. London: Cambridge Univserity Press, 1973.

Mandelstam, Nadejda. Contre toute espoir. Souvenirs. 3 vols. Prefacio de Michel Aucouturier. Traducción de Maya Minoustchine. Paris: Gallimard, Témoins, 1972.

Shklovski, Viktor. Viaje sentimental. Crónicas de la revolución rusa. Traducción de Carmen Artal. Barcelona: Aanagrama. 1972.


* (Todas las traducciones de los poemas citados son versiones personales -y aún provisionales-, realizadas para uso docente).

* (Trabajo presentado el 14 de marzo de 2001 en las IV Jornadas de Investigación y Creación de la Escuela de Letras de la UCV).

María Fernanda Palacios. Ensayista y poeta

 
N 14 Año V
Caracas, sábado
5 de enero
de 2002
 
 
Osip Mandelstam (I)

Hijo
salvaje de
Armenia

(María Fernanda Palacios)
 
 
Creación

Rafael Castillo Zapata frente a la poesía de Bertolt Brecht

"Yo hubiera querido entonces escribir poemas de amor también"

(Poesía)
 
Reseña

"Ajena" de Antonio López Ortega


Cuando se resucita la correspondencia

(Darío Jaramillo Agudelo)
 
 
Libros, lecturas y lectores

Mario Amengual se entrega
con cada libro

En sostenida vigilancia

(Sael Ibáñez)
 
 
Crónica

Museo Edgar
Allan Poe


(Gustavo Valle)