|
Figura
estelar de la historiografía colombiana, Marco Palacios
(Bogotá, 1949) estuvo en Caracas para participar en el seminario
"Mitos políticos en la región andina: perspectiva comparada",
realizado en noviembre, en la Universidad Simón Bolívar. Autor,
entre otros títulos de El café en Colombia. Una historia
social, económica y política, Palacios es profesor-investigador
del Colegio de México, dueño de seductora prosa en sus numerosas
publicaciones y muy informado estudioso de la historia de
Venezuela.
—Colombianos y venezolanos tenemos muchos puntos comunes —afirma
Palacios— y también diferencias, como es obvio; una
de ellas se encuentra en la tradición política: mientras en
Venezuela se ha apuntado al hombre fuerte, en Colombia se
ha puesto el acento sobre el político clientelista y civilista.
En el siglo XX estas diferencias se acentuaron porque los
dos productos que simbolizan el medio para llegar a lo moderno
y al progreso, fueron también muy distintos: aquí fue el petróleo,
en Colombia el café. El petróleo hace plausible la hipótesis
de un Estado fuerte porque, al manejar esos recursos, concentra
los ingresos y, naturalmente, controla el poder político.
Con el café ocurre exactamente lo contrario porque el negocio
implica miles de cultivadores, en muchas regiones, con muchos
negociantes. La explotación del café es una manera de ocupar
el territorio y de dispersar los intereses; es decir, la desconcentración
del poder.
"Sin embargo, yo traté en mi conferencia de anotar similitudes
entre nosotros que, a mi juicio, son muy profundas. No es
momento de acentuar estereotipos que pueden llevar a animosidades,
sino decir: nosotros no sólo compartimos esta frontera, que
es una responsabilidad de ambos, sino también una serie de
atributos muy importantes. Uno de ellos es un individualismo,
que hay aquí y en Colombia, al que es difícil llegar; históricamente,
no todos los países llegan a esa forma de individualismo.
Por encima de cualquier diferencia, nos une el reconocimiento
de ambos pueblos a los límites del poder. Ni en Venezuela
ni en Colombia tenemos grandes densidades indígenas, grandes
tradiciones corporativas, hecho que más allá del hombre fuerte
venezolano o el político civilista colombiano, ha fortalecido
el individualismo".
—¿En qué puede ser tributaria del individualismo la falta
de densidad indígena?
—En
lugares de alta densidad indígena, como Bolivia, Paraguay,
Ecuador y Perú, las comunidades estaban organizadas desde
antes de la llegada de los españoles, no había individuos
sino comunidades, que fueron controladas por los españoles
a través de los caciques. En cambio, en tradiciones como las
de Estados Unidos, Cuba o Venezuela, países que tuvieron mayor
densidad de esclavos en la Colonia, una vez liberados éstos,
tuvieron más posibilidades de ser individuos, porque nunca
hubo ese apego a las tierras, a las tradiciones, a ritos.
En Colombia y Venezuela, que fuimos tardíos y periféricos
en esta gran maquinaria del imperio, la cultura española no
logró cuajar esas instituciones tan pesadas, de modo que cuando
nosotros hacemos naciones tenemos más espacio para respirar.
—¿No podría pensarse que las sociedades de tradición corporativa
pueden orientarse más fácilmente hacia la prosperidad, porque
ya tienen el impulso de marchar a un destino común?
—No me parece. No digo que no sea posible pero, por ejemplo,
Estados Unidos, que es la sociedad individualista por excelencia,
es la que más ha crecido, es la gran potencia. El individuo
es el centro del mundo moderno, es suya la iniciativa, la
libertad de pensar, de actuar… Por supuesto, el individuo
debe estar orientado por responsabilidades sociales, pero
sentirse un sujeto político libre. De hecho, ni las dictaduras
venezolanas ni las prácticas clientelistas tradicionales en
Colombia han podido destruir ese individuo que quiere ser
libre.
—Estas sociedades individualistas tienen que pactar a través
de instituciones eficientes.
—Sí. Y en eso creo que ustedes nos llevan una gran ventaja.
El populismo del Pacto de Punto Fijo y la versión que lo ha
sustituido, ha ayudado a los venezolanos a algo que los colombianos
no tenemos: aquí hay más orden y muchísimo menos violencia.
Aquí se pudo organizar una serie de redes sociales, a través
de partidos políticos y de las instituciones que iban creando
esos partidos; en Colombia no, allí hubo más exclusión "oligárquica",
por eso tenemos la violencia guerrillera. Mi hipótesis es
que el populismo en Venezuela, a veces democrático, a veces
no, que tiene su raíz en la posibilidad de distribuir la renta
petrolera, evitó la violencia. Colombia no logró hacer esos
pactos y ha llegado a la delicada situación tal que tenemos.
Aquí no hay violencia política.
—¿Tendrá fin la guerra en Colombia?
—Yo creo que sí, pero no puedo hacer una predicción, no me
atrevo a decir cuándo, porque no veo clara una propuesta política
del Gobierno a las guerrillas, ni éstas dicen claramente qué
exigen para sentarse a negociar. En este momento no hay propuestas
formales concretas. Pero da la impresión, por los métodos
que se han seguido, particularmente en el último gobierno,
tan confusos, tan desorientadores, que estamos muy lejos de
una solución.
—Usted se refirió en su ponencia a la ideología bolivariana.
—Dije que en la cultura política colombiana, los héroes son
muy débiles, nosotros no hemos puesto héroes en ningún nicho.
El más grande se lo hemos hecho a Bolívar, pero lo
que quiero enfatizar es que es muy modesto al lado de los
extraordinarios nichos que le han construido a Bolívar
en este país. Para nosotros es problemático que nuestro principal
héroe sea Bolívar, porque nació en Caracas, claro que
murió en Santa Marta y en un exilio venezolano, aquí no lo
querían y pasó la parte más brillante de su vida política
en la Nueva Granada. Pero en últimas, no sólo nació y se crió
sino que fue un producto muy claro de los mantuanos de Venezuela.
—¿Se puede hablar de ideología bolivariana?
—Hay un ideario de Bolívar que hace parte de unos principios
de patria, de nación, de ciudadanía, de república, que son
generales y que en nuestras tierras fueron muy pioneras: dentro
de eso yo ubicaría a Bolívar. A través de la elocuencia
bolivariana es posible que de vez en cuando, y cíclicamente,
haya la tentación de la gente del poder de utilizar eso, descontextualizarlo
y construir una determinada ideología.
—¿Cómo ve la figura del presidente Chávez?
—Es muy difícil para mí opinar sobre el presidente Chávez.
Creo que es un populista, en el sentido de los populistas
de los años cuarenta: es muy nacionalista y quiere construir
un Estado sobre una línea de fuerte apoyo popular y redistribución
de la riqueza. Lo que yo creo es que ese proyecto es francamente
anacrónico y desfasado, eso está mandado a recoger, no hay
la viabilidad económica ni fiscal para sostenerlo. Hay muchas
experiencias amargas en América Latina de que ese nacionalismo
puede convertirse en un pequeño monstruo autoritario y que
esa manipulación de símbolos no lleva finalmente a nada. No
creo, además, que ese proyecto se vea favorecido por el contexto
de la globalización, del fuerte nexo de Venezuela con el mundo
a través del petróleo, ni mucho menos por las necesidades
y aspiraciones de la sofisticada clase media venezolana. Por
otro lado, sí veo que la partidocracia colapsó, se creó un
vacío, eso estaba muy claro: las denuncias sistemáticas de
corrupción, el vacío de representación, la alta tasa de abstención
electoral; en fin, se produjo un desencanto muy fuerte, que
se expresó en el Caracazo y el esquema comenzó a hacer agua.
Vamos a ver si este gobierno logra hacer una transición de
ese colapso hacia un régimen más ordenado… o, lo que podría
ser terrible, profundizar la crisis, creando problemas de
autoridad, orden y progreso. Las expectativas sobre este gobierno
fueron muy altas y, pese a que el presidente Chávez ha venido
ganando una serie de elecciones, siempre hay que tener en
cuenta ese grupo, minoritario pero significativo, de electores
que no lo han apoyado.
—Colombia tiene grandes narradores. ¿Cree usted que cuando
la imaginación de una comunidad está seducida por el relato
ficcional, la Historia puede abrirse camino en esa veta?
—Puede ser. Tengo la impresión de que ahora la Historia, en
muchas escuelas, es poco narrativa, pesada; a veces los académicos
incurrimos en el error de escribir sólo para nosotros mismos,
con una jerga de iniciados. La narrativa de ficción no tiene
prestigio en la disciplina histórica, por ser un arte, y para
mucha gente la Historia es una especie de ciencia, entonces
el arte y la ciencia como que no van. Pero yo no soy de esa
escuela, yo creo muchísimo en el lenguaje, creo que un historiador
debe cuidar mucho el lenguaje, porque ésa es la manera de
comunicar y, como a mí sí me interesa un público amplio, muy
raras veces escribo para mis colegas.
Milagros
Socorro. Periodista
|