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Con la llegada
del otoño Venezia recupera su intimidad. Los cielos blancos, el
acqua alta y la llovizna persistente, nos sumergen en una ciudad
que se repliega sobre sí misma. Con el verano todavía a las espaldas
y la neblina en el horizonte, vemos cómo la nueva estación comienza
a hacer su entrada. El día se hace más corto y la luz menos hiriente.
La niebla arropa a la Serenissima cubriéndola de un vaporoso manto
blanco mientras la cadencia repetida de las sirenas señalan que
es necesario escucharlas para ver. Sin prisa, Venezia se viste de
invierno. Los primeros fríos vacían la plaza, y en la soledad otoñal
de la ciudad dormida, las campanas de San Marco dan la medianoche.
Una mirada me acompaña. Los ojos son los del muchacho triste de
Lorenzo Lotto.
En la Gallerie dell’Accademia de Venezia el joven de Lotto interrumpe
su lectura. Algo le hace levantar la mirada del libro que tiene
entre las manos. Sus ojos están dirigidos a nosotros, pero no nos
ven. Desde un lugar de Venezia, un joven de tez pálida parece recordar
los tiempos en que la rosa florecía. Lorenzo Lotto, quien
fuera llamado por uno de sus contemporáneos "la flor más rara del
Renacimiento", nos ve desde los ojos de este muchacho. De la rosa,
queda el recuerdo de su belleza. En el presente, los pétalos ocupan
el primer plano del cuadro.
Hay quienes consideran a Lorenzo Lotto uno de los pintores
más complejos del Renacimiento. Su vida solitaria, melancólica y
en permanente mudanza contribuyó con esa complejidad. Así, él le
imprime a su pintura la extrañeza que ofrece mirar el mundo desde
una sostenida errancia y una prolongada soledad. Si en vida nadie
dijo una palabra que lo enalteciera, después de su muerte, sólo
el silencio y la ingratitud hablaron de él. Olvido e indiferencia
lo acompañaron por más de trescientos años. Y es a Bernard Berenson
a quien le debemos el descubrimiento del pintor veneciano. La palabra
es la justa. En su monografía sobre Lotto, publicada en 1895,
Berenson nos descubrió el arte de este pintor que pareciera
no haber existido nunca.
Lorenzo Lotto nació en Venezia alrededor de 1480. Es aproximadamente
tres años menor que Giorgione y alrededor de diez años mayor
que Tiziano. Pero mientras estos dos llegaron a la Serenissima
para encontrar en ella acogida y residencia, del veneciano sabemos
que para 1498 se encontraba ya en Treviso. Bergamo, Ancona, Recanati
y Roma son algunas de las ciudades en las que vive. En 1525 y en
1540 regresa a su ciudad natal. Y en ambas oportunidades, la abandona
con un profundo desencanto. La primera vez prolongó su estadía por
siete años; en la segunda, sólo un par de ellos fueron necesarios
para emprender la huida y la renuncia que tanto conocía. Dicen que
era difícil relacionarse con él, sin duda ha debido serlo. Tanto,
que encuentra desahogo y compañía en una especie de diario que escribe
entre 1538 y 1553. El Libro di spese diverse es un documento
que no sólo nos revela sus modestos gastos y precarios ingresos,
ante todo y sobre todo, en estas páginas retrata su época y encuentra
en este cuaderno el lienzo más fino sobre el cual dejar testimonio
de su vida y alma atormentada. Muere en Loreto, según dicen, a finales
de 1556 o a principios de 1557. Lorenzo Lotto abandona esta
vida de la misma forma como llegó a ella. Nace y muere en fecha
imprecisa. No será un día determinado del año que llevaremos flores
a su lápida.
Los retratos de Lorenzo Lotto han sido comparados reiteradamente
con los de Tiziano. A pesar de la contemporaneidad, de tener
conocidos comunes como Aretino y haberse topado eventualmente
en Venezia, no es fácil encontrar puntos de referencia para establecer
esa afinidad. Lotto retrata personajes que no pertenecen
al poder y a la nobleza de los retratados por Tiziano. Y
mientras Tiziano pinta la arrogancia y la satisfacción personal
de los poderosos, Lotto retrata las inseguridades y el desconcierto
del hombre. Los personajes de Lotto no hacen la historia;
ellos tienen suficiente con la suya propia.
Dicen que el joven de la Accademia de Venezia fue pintado en 1527.
De él desconocemos casi todo. Principalmente su nombre. Algunos
estudiosos afirman conocer la identidad del muchacho. Hay quienes
aseguran que se llamaba Alessandro Cittolini. Otros sostienen que
se trata de Vincenzo Frizier, joven gobernador del hospital de San
Giovanni y Paolo en Venezia, pero también se declara que era uno
de los Rovere de Treviso pues allí se encontró el retrato en 1920.
Los diversos intentos por conocer el nombre del personaje parecen
sólo haberle ofrecido discutidas identidades a quien la perdió hace
mucho tiempo. Lotto y algunos de sus retratados comparten
el olvido como destino. El joven de la Accademia perdió su nombre,
pero no su mirada. Y recordamos que Leonardo, el de Vinci,
apuntó que "el ojo es la ventana del alma". ¿Será por esto que se
intenta descubrir la identidad de ese rostro? ¿Acaso conocer el
nombre del muchacho sería la posibilidad de verlo a él sin vernos
en él? Una mirada vale más que cien palabras juntas. Así dicen.
Por los ojos nos llega el desconcierto. Tanto, que es difícil no
recordar cómo Malte Laurids Brigge entrenó su nueva visión. Para
aprehender lo que veía, el personaje de Rilke describió y
enumeró lo que tenía ante sí. La descripción hizo más amable y menos
extraño el miedo que lo sofocaba. "He visto. He visto…", dice Malte.
Y cómo no acordarse de las palabras de Panofsky cuando afirma
que toda lectura iconográfica comienza con la descripción de la
imagen. ¿Qué vemos? Esa es la pregunta que se nos deja en las manos.
La respuesta está en nuestros ojos. Toda lectura de imágenes comienza
por una mirada: la nuestra. Aprender a ver es contar de nuevo las
historias que siempre se han narrado. Siempre las mismas. Siempre
distintas. La diferencia entre ellas está en los ojos que ven; en
el alma de quien cuenta. Ver es entrar en las imágenes y salir de
ellas con las primeras palabras de un cuento que escuchamos en el
silencio de unos ojos sin brillo.
Todo rostro cuenta una historia. Y en el joven de la Accademia vemos
retratada la ausencia que se ha hecho presente en el recuerdo del
muchacho. A sus espaldas Lotto coloca la música y la poesía
que proceden del laúd. Atrás lo perdido, como perdida está Eurídice
para Orfeo. Atrás el azul y la claridad de un cielo que Lotto
pone en correspondencia con el chal que desordenadamente está sobre
la mesa. La luz y el verde de un paisaje de estación incierta contrastan
con la oscuridad interior en que se encuentra el muchacho. Desde
una habitación semioscura nos miran unos ojos tristes. En ellos
vemos la serenidad que llega después de la desesperación. Al frente,
el vacío de la inseguridad. Una inquieta tranquilidad se desprende
de esta mirada detenida en un momento del pasado. Acompañando este
instante, y en espera de ser observada, la lagartija levanta la
cabeza buscando la atención del joven que no se ha percatado de
su presencia. Ella es símbolo de transformación y de experiencias
de vida en las que cambiar de piel o dejar la piel es expresión
de su naturaleza. Muerte y renacimiento, metamorfosis y mudanza
son maneras distintas de aludir a ella; un alma en búsqueda de un
poco de luz. Una extraña relación se establece en este inquietante
triángulo de miradas. Mientras la lagartija mira al muchacho, él
mira hacia nosotros, y nosotros, detenemos la mirada sobre ambos.
Los retratos de Lotto poseen una riqueza simbólica que dicen
más del retratado que el mismo nombre que el tiempo se encargó de
olvidar.
Lorenzo Lotto entra en la habitación del muchacho interrumpiendo
su lectura. ¿Acaso entró sin ser anunciado? El joven levanta la
vista del libro, mientras, sus dedos continúan hojeando las páginas
del volumen abierto que tiene entre las manos. El retrato recuerda
esas fotos tomadas para marcar un momento de la vida: entre un antes
y un después, unos ojos que dejan entrever fragmentos sospechados
de experiencias vividas. Entre lo que queda a las espaldas y lo
que todavía no se ve con claridad, el retrato de una mirada y muchas
incertidumbres.
La palidez del joven contrasta con la oscuridad que lo viste y rodea.
Su rostro es tan blanco que parece de cera. Sin embargo, la expresividad
de las facciones nos aleja de la mascarilla funeraria que dio origen
al arte del retrato. En sus rasgos demacrados vemos la imagen de
una nostalgia que vive en el recuerdo del amante. En los pétalos,
la rosa que continúa viviendo después de muerta. "El decidido caer
de los pétalos / suena en el borde de la chimenea como un tímido
aplauso. / ¿Aplauden al tiempo, que tan tiernamente las mata? /…
/ Mira, las más encendidas se han ennegrecido, / y la palidez se
apoderó de las más pálidas. /" (Rilke).
La luz del retrato no entra por la ventana que está a las espaldas
del muchacho. Son los blancos los que le dan al cuadro una luminosidad
fría, casi espectral, que profundiza el melancólico misterio del
desconocido. Y es justamente en estos blancos que vemos el segundo
triángulo dentro de la obra. En la base, la diagonal que va de las
manos y los puños de la camisa blanca pasando por las páginas del
libro abierto, en el vértice, la palidez del rostro del joven. El
diálogo entre el libro y el rostro y la metáfora del rostro como
libro es uno de los motivos clásicos de la tradición literaria:
"Tu rostro, mi señor, es como un libro donde el hombre / puede leer
extrañas cosas" (Shakespeare). El muchacho que lee es el
mismo en el que nosotros leemos. En un lugar conocido de Venezia
veo en unos ojos que llevo muy dentro de mí.
Marina
Gasparini. Ensayista
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