REFLEXIÓN

MANHATTAN, 11 DE SEPTIEMBRE

Dilemas del mal radical

Frente a los ataques terroristas del pasado 11 de septiembre en Nueva York, Lorenzo Dávalos se pregunta: ¿es posible hablar de justicia en todo acto de maldad? Para responder a ello explora en el desarrollo que hiciera Hannah Arendt de una "enigmática categoría de actos" a la que Kant bautizara como mal radical. Un mal que no puede aspirar al perdón ni a una sanción justa que erradique el resentimiento. "Si bien la venganza no sería una respuesta". Sólo quedan como alternativas —señala Dávalos— "la perplejidad, la sorpresa ante el horror y la solidaridad"


World Trade Center
Foto AP / Chao Soi Cheong

 

Luego de los ataques terroristas cometidos el pasado 11 de septiembre, la delgada línea con que dibujábamos las fronteras de la crueldad humana se ha hecho difusa. Estos ataques eluden nuestros intentos de clasificarlos en alguna de las categorías con que pensamos la crueldad humana. A riesgo de ser tildado de maniqueo, me parece que éstos constituyen una expresión inédita, a causa de sus masivas consecuencias y sus difusos orígenes, de una enigmática categoría de actos que el filósofo Emmanuel Kant bautizó como mal radical. En lo que sigue, exploro el desarrollo que ha hecho de este concepto la filósofa Hannah Arendt.

En La condición humana (1958), Arendt escribió lo siguiente sobre el mal radical: "Constituye un elemento estructural muy significativo en los seres humanos el que los hombres son incapaces de perdonar lo que no pueden castigar y de castigar lo que muestra ser imperdonable. Esto es lo que verdaderamente distingue lo que desde Kant llamamos ‘mal radical’ y sobre cuya naturaleza conocemos tan poco". Esta reflexión la formuló Arendt en una sección del libro dedicada al perdón. Según Arendt, el perdón es un agente capaz de engendrar libertad; diluir el resentimiento que deja la crueldad en las víctimas o en sus allegados; y preparar el terreno para el amor. La venganza y el perdón serían conceptos antagónicos puesto que en tanto que la primera prolongaría la conexión con la acción, la segunda la liberaría. "El acto de perdonar es la única reacción (…) no condicionada por el acto que la provocó y por tanto, liberadora de sus consecuencias, tanto para el que perdona como para el perdonado" (Arendt).

Por tanto, cuando se perdona no se clama por venganza y viceversa. El cierre del silogismo parece claro. Si el mal radical no puede aspirar al perdón, tampoco puede aspirar a que la sanción justa destruya el resentimiento, disuelva las consecuencias de la acción y abra las puertas hacia la reconciliación. Reconocer la existencia del mal radical pareciera entonces que nos obligaría a decir que existen actos de maldad acerca de los cuales no es posible hablar de justicia. Clasificar los actos terroristas del 11-S como una expresión de mal radical podría conducirnos a la peligrosa conclusión de que no hay ley que pueda determinar una pena que sancione proporcional y justamente a quienes los perpetraron. Lo que no implica que Arendt recomendara implícitamente la venganza.

En principio porque no habría manera de ejecutar tal venganza si es cierto, como lo sugiere Arendt, que "los actos de mal radical nos desposeen de todo poder". Esto se puede interpretar de diversas maneras. Una de ellas es pensar que los actos que Arendt define como mal radical merman hasta su agotamiento condiciones de posibilidad del poder tales como la dignidad, la voluntad y la esperanza. Por ello, a los que sufren el mal radical se les hace imposible ejercer el poder y, en consecuencia, la venganza. Ante la incapacidad de ejercer el poder, sólo quedan como alternativas la perplejidad, la sorpresa ante el horror y la solidaridad.

II
En Sobre la Revolución (1962), Arendt vuelve a tratar el tema del mal radical. Lo define esta vez como "un mal más allá del vicio". Sugiere con esto que quien perpetra el acto no tiene que ser vicioso; está más allá del vicio. Me recuerda esto ese comentario que alguien hace sobre Hannibal Lecter, en El silencio de los inocentes, quien era capaz de comerse el hígado de alguien sin que el pulso se le alterase en lo más mínimo. Es difícil imaginar un ejemplo más apropiado para describir el sosiego con que quien encarna el mal absoluto comete un acto idem. En Sobre la revolución, Arendt introduce además el concepto de bien absoluto; un bien con autonomía comparable a la del mal radical que está más allá de la virtud. El problema es que ni el mal radical ni el bien absoluto pueden ser incorporados duraderamente en las instituciones. Y esto los expulsa en cierto sentido del mundo (de las leyes, las instituciones, la cultura). Sólo el corazón del hombre podría ser tocado por el uno o el otro. Cuando esto ocurre las personas se convierten en instrumento de maldad o bondad absoluta y esto las deja aisladas moralmente de una humanidad cuyas leyes e instituciones jurídicas se hicieron para premiar la virtud o castigar el vicio. "La ley, que se mueve entre el crimen y la virtud, no puede reconocer lo que está más allá de ella" (Arendt).

Basada en una lectura muy personal de Billy Bud, la novela de Melville, Arendt sostiene que para combatir el mal absoluto se requiere la violencia de un bien absoluto. Es posible que ello sea cierto y que la única manera de combatir el mal radical sea con un acto que emerja de un odio profundo de éste. Una suerte de homeopatía de la maldad. Sin embargo, ejercer tal violencia acarreará con certeza la perdición física y moral de quien encarna la bondad absoluta y no sólo aquella de quien encarna el mal.

III
Se pueden derivar dos implicaciones de la reflexión de Arendt sobre el mal radical. La primera es la idea de que la naturaleza humana, amparada en una suerte de consenso tácito que le otorga el colectivo, se comporta de manera maniquea. Se hace incapaz de perdonar ciertos actos, específicamente aquellos que define como mal radical, y descalifica a quienes los perpetraron como candidatos a ser juzgados y eventualmente sancionados. Si bien la venganza no sería una respuesta posible en una situación de absoluta carencia de poder, la incapacidad de perdonar a quien perpetra el acto lo perpetúa como enemigo y en consecuencia como antagonista. La forma en que este antagonismo deriva en maniqueísmo la hemos podido observar de varias maneras en días pasados. La eventual degeneración del antagonismo en guerra es más fácil aún.

Una segunda implicación de la lectura de Arendt es la tesis de que la justicia, las instituciones, y quizás la civilización, sólo son eficaces para regular, con premios o sanciones, los casos intermedios; aquellos que implican, por así decirlo, maldades viciosas y bondades virtuosas. El drama metafísico que vivimos en la actualidad sería que ni la justicia ni las instituciones ni el resto de nuestro bagaje cultural nos han preparado para vivir la vida dentro un mundo que se mueve sobre los límites y que a menudo los traspasa.

En La transparencia del mal, Baudrillard sostiene que vivimos un mundo de fenómenos extremos y para adecuarnos a éste debemos desarrollar una moral de los fenómenos extremos. Podría agregar que debiéramos desarrollar también una justicia, unas instituciones y una cultura de y para los límites. Así, por ejemplo, según Baudrillard, atacar el terrorismo con derechos humanos, libertades democráticas y ética pluralista, es ineficaz. Lo trágico es que la eficacia podría crear mundos tanto o más abominables que aquel en el que el terrorismo se enfrenta con armas quirúrgicas, alimentos para las víctimas civiles, y medios globales. Una alternativa a abandonar la cirugía aséptica de esta guerra moderna es cambiar el mundo. Trocar en amigo al enemigo, en agonista al antagonista, en solidaridad el resentimiento. Creo que de una manera u otra esta es la disyuntiva que se le plantea actualmente a nuestro mundo.

 

Lorenzo Dávalos. Investigador del IESA



 
Nº6 Año V
Caracas, sabado10 de noviembre de 2001
 
 
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