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Luego
de los ataques terroristas cometidos el pasado 11 de septiembre,
la delgada línea con que dibujábamos las fronteras de la crueldad
humana se ha hecho difusa. Estos ataques eluden nuestros intentos
de clasificarlos en alguna de las categorías con que pensamos la
crueldad humana. A riesgo de ser tildado de maniqueo, me parece
que éstos constituyen una expresión inédita, a causa de sus masivas
consecuencias y sus difusos orígenes, de una enigmática categoría
de actos que el filósofo Emmanuel Kant bautizó como mal radical.
En lo que sigue, exploro el desarrollo que ha hecho de este concepto
la filósofa Hannah Arendt.
En La condición humana (1958), Arendt escribió lo
siguiente sobre el mal radical: "Constituye un elemento estructural
muy significativo en los seres humanos el que los hombres son incapaces
de perdonar lo que no pueden castigar y de castigar lo que muestra
ser imperdonable. Esto es lo que verdaderamente distingue lo que
desde Kant llamamos ‘mal radical’ y sobre cuya naturaleza
conocemos tan poco". Esta reflexión la formuló Arendt en
una sección del libro dedicada al perdón. Según Arendt, el
perdón es un agente capaz de engendrar libertad; diluir el resentimiento
que deja la crueldad en las víctimas o en sus allegados; y preparar
el terreno para el amor. La venganza y el perdón serían conceptos
antagónicos puesto que en tanto que la primera prolongaría la conexión
con la acción, la segunda la liberaría. "El acto de perdonar es
la única reacción (…) no condicionada por el acto que la provocó
y por tanto, liberadora de sus consecuencias, tanto para el que
perdona como para el perdonado" (Arendt).
Por tanto, cuando se perdona no se clama por venganza y viceversa.
El cierre del silogismo parece claro. Si el mal radical no puede
aspirar al perdón, tampoco puede aspirar a que la sanción justa
destruya el resentimiento, disuelva las consecuencias de la acción
y abra las puertas hacia la reconciliación. Reconocer la existencia
del mal radical pareciera entonces que nos obligaría a decir que
existen actos de maldad acerca de los cuales no es posible hablar
de justicia. Clasificar los actos terroristas del 11-S como una
expresión de mal radical podría conducirnos a la peligrosa conclusión
de que no hay ley que pueda determinar una pena que sancione proporcional
y justamente a quienes los perpetraron. Lo que no implica que Arendt
recomendara implícitamente la venganza.
En principio porque no habría manera de ejecutar tal venganza
si es cierto, como lo sugiere Arendt, que "los actos de mal
radical nos desposeen de todo poder". Esto se puede interpretar
de diversas maneras. Una de ellas es pensar que los actos que Arendt
define como mal radical merman hasta su agotamiento condiciones
de posibilidad del poder tales como la dignidad, la voluntad y la
esperanza. Por ello, a los que sufren el mal radical se les hace
imposible ejercer el poder y, en consecuencia, la venganza. Ante
la incapacidad de ejercer el poder, sólo quedan como alternativas
la perplejidad, la sorpresa ante el horror y la solidaridad.
II
En Sobre la Revolución (1962), Arendt vuelve a tratar
el tema del mal radical. Lo define esta vez como "un mal más allá
del vicio". Sugiere con esto que quien perpetra el acto no tiene
que ser vicioso; está más allá del vicio. Me recuerda esto ese comentario
que alguien hace sobre Hannibal Lecter, en El silencio de los
inocentes, quien era capaz de comerse el hígado de alguien sin
que el pulso se le alterase en lo más mínimo. Es difícil imaginar
un ejemplo más apropiado para describir el sosiego con que quien
encarna el mal absoluto comete un acto idem. En Sobre la revolución,
Arendt introduce además el concepto de bien absoluto; un bien
con autonomía comparable a la del mal radical que está más allá
de la virtud. El problema es que ni el mal radical ni el bien absoluto
pueden ser incorporados duraderamente en las instituciones. Y esto
los expulsa en cierto sentido del mundo (de las leyes, las instituciones,
la cultura). Sólo el corazón del hombre podría ser tocado por el
uno o el otro. Cuando esto ocurre las personas se convierten en
instrumento de maldad o bondad absoluta y esto las deja aisladas
moralmente de una humanidad cuyas leyes e instituciones jurídicas
se hicieron para premiar la virtud o castigar el vicio. "La ley,
que se mueve entre el crimen y la virtud, no puede reconocer lo
que está más allá de ella" (Arendt).
Basada en una lectura muy personal de Billy Bud, la novela
de Melville, Arendt sostiene que para combatir el
mal absoluto se requiere la violencia de un bien absoluto. Es posible
que ello sea cierto y que la única manera de combatir el mal radical
sea con un acto que emerja de un odio profundo de éste. Una suerte
de homeopatía de la maldad. Sin embargo, ejercer tal violencia acarreará
con certeza la perdición física y moral de quien encarna la bondad
absoluta y no sólo aquella de quien encarna el mal.
III
Se pueden derivar dos implicaciones de la reflexión de Arendt
sobre el mal radical. La primera es la idea de que la naturaleza
humana, amparada en una suerte de consenso tácito que le otorga
el colectivo, se comporta de manera maniquea. Se hace incapaz de
perdonar ciertos actos, específicamente aquellos que define como
mal radical, y descalifica a quienes los perpetraron como candidatos
a ser juzgados y eventualmente sancionados. Si bien la venganza
no sería una respuesta posible en una situación de absoluta carencia
de poder, la incapacidad de perdonar a quien perpetra el acto lo
perpetúa como enemigo y en consecuencia como antagonista. La forma
en que este antagonismo deriva en maniqueísmo la hemos podido observar
de varias maneras en días pasados. La eventual degeneración del
antagonismo en guerra es más fácil aún.
Una segunda implicación de la lectura de Arendt es la tesis
de que la justicia, las instituciones, y quizás la civilización,
sólo son eficaces para regular, con premios o sanciones, los casos
intermedios; aquellos que implican, por así decirlo, maldades viciosas
y bondades virtuosas. El drama metafísico que vivimos en la actualidad
sería que ni la justicia ni las instituciones ni el resto de nuestro
bagaje cultural nos han preparado para vivir la vida dentro un mundo
que se mueve sobre los límites y que a menudo los traspasa.
En La transparencia del mal, Baudrillard sostiene que vivimos
un mundo de fenómenos extremos y para adecuarnos a éste debemos
desarrollar una moral de los fenómenos extremos. Podría agregar
que debiéramos desarrollar también una justicia, unas instituciones
y una cultura de y para los límites. Así, por ejemplo, según Baudrillard,
atacar el terrorismo con derechos humanos, libertades democráticas
y ética pluralista, es ineficaz. Lo trágico es que la eficacia podría
crear mundos tanto o más abominables que aquel en el que el terrorismo
se enfrenta con armas quirúrgicas, alimentos para las víctimas civiles,
y medios globales. Una alternativa a abandonar la cirugía aséptica
de esta guerra moderna es cambiar el mundo. Trocar en amigo al enemigo,
en agonista al antagonista, en solidaridad el resentimiento. Creo
que de una manera u otra esta es la disyuntiva que se le plantea
actualmente a nuestro mundo.
Lorenzo
Dávalos. Investigador del IESA
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