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En
un reciente viaje al norte de España una de las vivencias inolvidables
que tuve la constituyó, sin duda, San Sebastián y esto, entre otras
cosas1, gracias a Chillida. Eduardo Chillida es algo más
que un escultor o un artista plástico, es un creador y probablemente
un hombre feliz, que además pareciera hacer feliz a los demás, y
esto ya es mucho decir. No lo conozco personalmente pero la relación
que ha establecido con su obra en los espacios que ha creado o seleccionado
para mostrarla, las fotos que he visto de él y su familia y en ellas
su mirada y la alegría que parece respirar entre los más allegados,
los comentarios de sus amigos, sus pensamientos y las palabras que,
por ejemplo, eligió al aceptar la silla en la Real Academia de Bellas
Artes de San Fernando, son ya indicios de que mi afirmación no es
descabellada. En esa oportunidad, a título de discurso, no quiso
afirmar sino interrogarse interrogando sobre el arte, sobre la vida,
sobre el espacio. Casi a la manera socrática, como en un diálogo
que al preguntar al otro se pregunta a sí mismo, enunció unas breves
reflexiones tales como:
… ¿Existen límites para el espíritu? (…) ¿No será el arte la
consecuencia de una necesidad, hermosa y difícil, que nos conduce
a tratar de hacer lo que no sabemos hacer? ¿No será esta necesidad
prueba de que el hombre no se considera terminado? ¿No será el paso
decisivo para un artista el estar con frecuencia desorientado? (…)
¿Cual es la diferencia fundamental entre arte y ciencia? Copérnico
demuestra que Ptolomeo estaba equivocado. Einstein
hace lo propio con Galileo. Lo que yo me pregunto desde el
arte es lo siguiente: ¿Por qué Goya con su obra no demuestra
ni necesita demostrar que Velázquez estaba equivocado? (…)
¿Por qué la experiencia se orienta hacia el conocimiento y la percepción
hacia el conocer? (…) ¿No es el límite el verdadero protagonista
del espacio como el presente, otro límite, es el protagonista del
tiempo? Yo no represento, pregunto (…) La tarde avanza lentamente,
y yo mirando quiero ver.
La tarde avanzó en la ladera del Monte Igueldo, en el extremo
occidental de la playa de La Concha, en la zona de Ondarreta en
donde Eduardo Chillida colocó El peine del viento,
esas majestuosas estructuras incrustadas en la roca que parecen
desafiar las olas del mar a la vez que abrazar su espuma. Hierros
que la erosión del mar y la intemperie modifican cada día y que
son dedos, son brazos, son manos, como la mayoría de sus obras;
manos que se aproximan y acarician el viento, penetrándolo, respetándolo,
porque lo profundo es el aire, como tantas veces ha expresado él.
Aire, como espacio sin límites, inasible, ajeno a todo tipo de dominio.
Por eso El peine del viento, porque peinar no implica resistencia.
Eran las diez de la noche y todavía el sol se resistía a esconderse,
seguramente porque ni siquiera él quería abandonar ese espacio visual
privilegiado de plenitud, de armonía, de luz, de forma y de sentido.
La relación que a través de El peine del viento Chillida
estableció con el entorno, en ese caso con la espuma de las olas,
con la roca y con el agua del mar, se traslada en el Chillida-Leku
a una extensión de veinte hectáreas que incluye, entre otras cosas,
el caserío de Zabalaga y un inmenso espacio abierto en donde sus
esculturas respiran junto a la tierra húmeda de la zona, los árboles,
los pájaros, la lluvia, la grama y el viento. Esta especie de capilla
abierta podría bien ser un lugar sagrado de comunión con la naturaleza
y el arte y de invitación al recogimiento. Allí las esculturas son
obras, son tótems, son cantos a la vida que reflejan la trayectoria
artística de este artista donostiarra tan unida a su posición existencial.
Esta visión se pone de relieve en la manera como junto con el arquitecto
Joaquín Montero vació y restauró el caserío de Zabalaga, manteniendo
apenas el exterior. Es decir, sacó todo y metió un espacio que sirve
como ámbito de exposición y como lugar para pensar y para sentir.
Chillida a veces escribe máximas filosóficas que él titula
aromas y que se sitúan en la misma tónica que los interrogantes
pronunciados en su investidura como académico. Estas máximas, al
igual que sus interrogantes, son como guías en la lectura de sus
obras, en ese saber mirar al que invita cuando dice: "Se ve bien
teniendo el ojo lleno de lo que se mira; por eso al mirar las formas
nos culminan y se convierten en altares y poemas. Así, desde el
espacio con su hermano el tiempo, bajo la gravedad insistente, sintiendo
la materia como un espacio más lento, nos preguntamos con asombro
sobre todo aquello que no sabemos y admiramos".
Hace dos años cuando visité por primera vez el museo Guggenheim
en Bilbao tuve la suerte de ver en él la mayor retrospectiva que
se ha hecho de Chillida. Nunca olvidaré la manera cómo la
simplicidad de su obra interactuaba con el desafío que representa
la estructura aerodinámica del museo a la vez que dialogaba con
la sinuosidad monumental de la obra de Richard Serra en la
primera planta. Muchas de las obras de Chillida allí expuestas las
vi de nuevo en el interior del caserío de Zabalaga. Ya entonces
pude apreciar la continuidad de su trayectoria artística. Pude ver
cómo las líneas de sus dibujos más tempranos están posteriormente
presentes en muchas de sus esculturas. Allí pude observar también
cómo su reflexión sobre el concepto de límite le condujo en un momento
dado a la lectura de San Juan de la Cruz y a la forma cómo
el místico español expresó la trasgresión de los límites y la comunión
con lo divino. El estaba en ese momento realizando una investigación
sobre la línea vertical y los poemas del místico español representaron
una manera de profundizar y comprender la implicación del anhelo
ascendente.
Al caminar por el verdor del gran espacio central en donde se muestran
las esculturas en el Chillida-Leku sentí como una sensación de paz
en el aire. Y, más todavía, al entrar en otro espacio rectangular
más pequeño limitado por árboles frondosos de gran altura y una
gran escultura en el centro; me pareció entonces haber llegado a
un lugar de retiro y meditación ideado especialmente para eso, más
que a un espacio de exposición de una obra de arte. Allí el silencio
y el vacío adquieren un significado especial. Al entrar en ese recinto,
que es abierto y cerrado a la vez, creí empezar a comprender de
qué se trata todo aquello, empezar a entender el porqué de la importancia
del aire que respiran los espacios limitados por la línea, el porqué
de la necesidad de sacar la materia para crear un espacio. Y entonces
la importancia del vacío como espacio útil y pleno de energía me
pareció que cobraba sentido, a la manera como lo muestra el budismo
y las filosofías orientales.
Muchos de sus dibujos y esculturas adquieren su fuerza precisamente
en la relación que se establece con el entorno de la línea y de
la forma, como si en la búsqueda de la verdad la sinuosidad de la
línea curva sugiriera emociones y sutilezas que la agresividad de
la línea recta oculta.
El óxido de las esculturas expuestas a las inclemencias del tiempo
es otro de los elementos que la naturaleza aporta a la estética
de la obra. Tanto los hierros oxidados de El peine del viento
como los de otras de sus esculturas, se presentan como yermos de
sueño surgidos de la intensidad de una música propia que crea texturas
y delinea el espacio a manera de comunión y diálogo entre la luz,
la lluvia y el aire. Esculturas y estructuras que hacen que nos
preguntemos como lo hace Chillida:
¿Qué hay detrás de la mar y de mi mirarla? / ¿Qué hay detrás
de la mar y de mi oírla? / No vi el viento / vi moverse las nubes
/ no vi el tiempo / vi caerse las hojas (…) Los ojos para mirar
/ los ojos para reír / los ojos para llorar / ¿valdrán también para
ver?
Y la respuesta la podría dar Rafael Cadenas cuando dice:
La única doctrina de los ojos es ver.
Nota
1 Otra experiencia inolvidable la constituyó la visita a Miramon,
el Parque Tecnológico de San Sebastián, situado muy cerca del Chillida-Leku.
Ideado y dirigido por Manuel Cendoya y construido por Joaquín
Montero.
María
Ramírez Ribes. Ensayista
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