ARTES VISUALES

EDUARDO CHILLIDA, DESAFIANTE FRENTE AL MAR

El sueño bajo el yunque y el viento que se peina

"El peine del viento que levantara en hierro el artista vasco Eduardo Chillida e incrustara sobre las rocas de la playa de La Concha en San Sebastián, pierde peso y gana aire mientras día a día el óxido aumenta su belleza, sugiere María Ramírez Ribes para referir el carácter de dicha obra, a mas de la trayectoria del también catedrático que todo interroga: "Los ojos para mirar / los ojos para reír / los ojos para llorar / ¿valdrán también para ver?"


El peine del viento,
imagen emblemática de San Sebastián
Atmosphères, No. 49 / Junio, 2001

 

En un reciente viaje al norte de España una de las vivencias inolvidables que tuve la constituyó, sin duda, San Sebastián y esto, entre otras cosas1, gracias a Chillida. Eduardo Chillida es algo más que un escultor o un artista plástico, es un creador y probablemente un hombre feliz, que además pareciera hacer feliz a los demás, y esto ya es mucho decir. No lo conozco personalmente pero la relación que ha establecido con su obra en los espacios que ha creado o seleccionado para mostrarla, las fotos que he visto de él y su familia y en ellas su mirada y la alegría que parece respirar entre los más allegados, los comentarios de sus amigos, sus pensamientos y las palabras que, por ejemplo, eligió al aceptar la silla en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, son ya indicios de que mi afirmación no es descabellada. En esa oportunidad, a título de discurso, no quiso afirmar sino interrogarse interrogando sobre el arte, sobre la vida, sobre el espacio. Casi a la manera socrática, como en un diálogo que al preguntar al otro se pregunta a sí mismo, enunció unas breves reflexiones tales como:

… ¿Existen límites para el espíritu? (…) ¿No será el arte la consecuencia de una necesidad, hermosa y difícil, que nos conduce a tratar de hacer lo que no sabemos hacer? ¿No será esta necesidad prueba de que el hombre no se considera terminado? ¿No será el paso decisivo para un artista el estar con frecuencia desorientado? (…) ¿Cual es la diferencia fundamental entre arte y ciencia? Copérnico demuestra que Ptolomeo estaba equivocado. Einstein hace lo propio con Galileo. Lo que yo me pregunto desde el arte es lo siguiente: ¿Por qué Goya con su obra no demuestra ni necesita demostrar que Velázquez estaba equivocado? (…) ¿Por qué la experiencia se orienta hacia el conocimiento y la percepción hacia el conocer? (…) ¿No es el límite el verdadero protagonista del espacio como el presente, otro límite, es el protagonista del tiempo? Yo no represento, pregunto (…) La tarde avanza lentamente, y yo mirando quiero ver.

La tarde avanzó en la ladera del Monte Igueldo, en el extremo occidental de la playa de La Concha, en la zona de Ondarreta en donde Eduardo Chillida colocó El peine del viento, esas majestuosas estructuras incrustadas en la roca que parecen desafiar las olas del mar a la vez que abrazar su espuma. Hierros que la erosión del mar y la intemperie modifican cada día y que son dedos, son brazos, son manos, como la mayoría de sus obras; manos que se aproximan y acarician el viento, penetrándolo, respetándolo, porque lo profundo es el aire, como tantas veces ha expresado él. Aire, como espacio sin límites, inasible, ajeno a todo tipo de dominio. Por eso El peine del viento, porque peinar no implica resistencia. Eran las diez de la noche y todavía el sol se resistía a esconderse, seguramente porque ni siquiera él quería abandonar ese espacio visual privilegiado de plenitud, de armonía, de luz, de forma y de sentido.

La relación que a través de El peine del viento Chillida estableció con el entorno, en ese caso con la espuma de las olas, con la roca y con el agua del mar, se traslada en el Chillida-Leku a una extensión de veinte hectáreas que incluye, entre otras cosas, el caserío de Zabalaga y un inmenso espacio abierto en donde sus esculturas respiran junto a la tierra húmeda de la zona, los árboles, los pájaros, la lluvia, la grama y el viento. Esta especie de capilla abierta podría bien ser un lugar sagrado de comunión con la naturaleza y el arte y de invitación al recogimiento. Allí las esculturas son obras, son tótems, son cantos a la vida que reflejan la trayectoria artística de este artista donostiarra tan unida a su posición existencial. Esta visión se pone de relieve en la manera como junto con el arquitecto Joaquín Montero vació y restauró el caserío de Zabalaga, manteniendo apenas el exterior. Es decir, sacó todo y metió un espacio que sirve como ámbito de exposición y como lugar para pensar y para sentir.

Chillida a veces escribe máximas filosóficas que él titula aromas y que se sitúan en la misma tónica que los interrogantes pronunciados en su investidura como académico. Estas máximas, al igual que sus interrogantes, son como guías en la lectura de sus obras, en ese saber mirar al que invita cuando dice: "Se ve bien teniendo el ojo lleno de lo que se mira; por eso al mirar las formas nos culminan y se convierten en altares y poemas. Así, desde el espacio con su hermano el tiempo, bajo la gravedad insistente, sintiendo la materia como un espacio más lento, nos preguntamos con asombro sobre todo aquello que no sabemos y admiramos".

Hace dos años cuando visité por primera vez el museo Guggenheim en Bilbao tuve la suerte de ver en él la mayor retrospectiva que se ha hecho de Chillida. Nunca olvidaré la manera cómo la simplicidad de su obra interactuaba con el desafío que representa la estructura aerodinámica del museo a la vez que dialogaba con la sinuosidad monumental de la obra de Richard Serra en la primera planta. Muchas de las obras de Chillida allí expuestas las vi de nuevo en el interior del caserío de Zabalaga. Ya entonces pude apreciar la continuidad de su trayectoria artística. Pude ver cómo las líneas de sus dibujos más tempranos están posteriormente presentes en muchas de sus esculturas. Allí pude observar también cómo su reflexión sobre el concepto de límite le condujo en un momento dado a la lectura de San Juan de la Cruz y a la forma cómo el místico español expresó la trasgresión de los límites y la comunión con lo divino. El estaba en ese momento realizando una investigación sobre la línea vertical y los poemas del místico español representaron una manera de profundizar y comprender la implicación del anhelo ascendente.

Al caminar por el verdor del gran espacio central en donde se muestran las esculturas en el Chillida-Leku sentí como una sensación de paz en el aire. Y, más todavía, al entrar en otro espacio rectangular más pequeño limitado por árboles frondosos de gran altura y una gran escultura en el centro; me pareció entonces haber llegado a un lugar de retiro y meditación ideado especialmente para eso, más que a un espacio de exposición de una obra de arte. Allí el silencio y el vacío adquieren un significado especial. Al entrar en ese recinto, que es abierto y cerrado a la vez, creí empezar a comprender de qué se trata todo aquello, empezar a entender el porqué de la importancia del aire que respiran los espacios limitados por la línea, el porqué de la necesidad de sacar la materia para crear un espacio. Y entonces la importancia del vacío como espacio útil y pleno de energía me pareció que cobraba sentido, a la manera como lo muestra el budismo y las filosofías orientales.

Muchos de sus dibujos y esculturas adquieren su fuerza precisamente en la relación que se establece con el entorno de la línea y de la forma, como si en la búsqueda de la verdad la sinuosidad de la línea curva sugiriera emociones y sutilezas que la agresividad de la línea recta oculta.

El óxido de las esculturas expuestas a las inclemencias del tiempo es otro de los elementos que la naturaleza aporta a la estética de la obra. Tanto los hierros oxidados de El peine del viento como los de otras de sus esculturas, se presentan como yermos de sueño surgidos de la intensidad de una música propia que crea texturas y delinea el espacio a manera de comunión y diálogo entre la luz, la lluvia y el aire. Esculturas y estructuras que hacen que nos preguntemos como lo hace Chillida:

¿Qué hay detrás de la mar y de mi mirarla? / ¿Qué hay detrás de la mar y de mi oírla? / No vi el viento / vi moverse las nubes / no vi el tiempo / vi caerse las hojas (…) Los ojos para mirar / los ojos para reír / los ojos para llorar / ¿valdrán también para ver?
Y la respuesta la podría dar Rafael Cadenas cuando dice:

La única doctrina de los ojos es ver.

Nota
1 Otra experiencia inolvidable la constituyó la visita a Miramon, el Parque Tecnológico de San Sebastián, situado muy cerca del Chillida-Leku.
Ideado y dirigido por Manuel Cendoya y construido por Joaquín Montero.

 

María Ramírez Ribes. Ensayista



 
Nº6 Año V
Caracas, sabado10 de noviembre de 2001
 
 
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Diamela Eltit, a partir del cuerpo y sus diferencias

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Retorna a lo más íngrimo de la palabra

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(Poemas)
 
 
Artes Visuales
Eduardo Chillida, desafiante frente al mar

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Manhattan, 11 de septiembre

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