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Guardianes
del secreto
(Selección)
Conjunción
de los giros de la luna alrededor de la tierra y de
la tierra alrededor del sol, de manera que la luna, la tierra
y el sol
se alinean, y la tierra proyecta su sombra sobre la luna,
que se hace
visible porque recibe el reflejo de la luz del sol.
Con el
espejo de la cómoda y un espejo de mano logro tres
reflejos sucesivos de mí misma. En el último
veo una cara de hombre,
con una sonrisa diabólica. Empiezan las palpitaciones.
Hay una
virgen sobre la mesa de luz que se transforma en buda
y el buda que es virgen está dentro de mi cabeza, más
bien es mi cabeza. Hay una espada y una conjuración
que repito cada vez que golpeo la espada para vencer al demonio.
Una frase grandilocuente, al estilo de las novelas de caballería,
o de índole religiosa exorcista. ¡Arrodíllate
ante mí! o ¡La potencia creadora de Dios! Hay
truenos, relámpagos, luchas cuerpo a cuerpo.
Son las
apariciones en el lugar mismo en el que duermo:
el hombre al pie de la cama con la sonrisa enigmática,
la señora
del pañuelo blanco, el perro, el chico atrasado con
anteojos,
la hermana de Jorge, etc.
Imaginar
cosas en la oscuridad, cuando estoy semidormida y veo poco
es muy factible porque cualquier objeto al no tener una forma
definida puede ser cualquier cosa. Pero con los lentes de
contacto abro mis ojos a la noche y todo tiene una dimensión
y un límite preciso. Cada cosa tiene su lugar y es
inconfundible.
La estatua
de la virgen se come el juego de té de mi tía
abuela, las tacitas, los platos, y sobre todo la lecherita.
Los traga
como si no fueran de porcelana floreada.
Nuevos seres en el cuarto. Un viejo, casi como un duende,
un hombre muy bajito vestido de verde, con sombrero verde,
pelo blanco. Desde que llegué tuve dos encuentros.
La negrita con trenzas, de unos ocho años, y ahora
este duende. Es muy seguido ahora. Yo creía que en
esta casa estaba más protegida, pero no es así.
Los personajes que se aparecen no hablan, ni me amenazan.
Sólo miran. En febrero estoy muy perceptiva. Toda mi
vida me ha pasado.
La tradición
familiar es esconder los ojos. No mostrar la causa de la
vergüenza: la mirada confundida del otro que no sabe
dónde mirar. Por ejemplo: si la persona me mira el
izquierdo y yo sólo puedo mirarlo con el derecho.
La mirada
interior es periférica, incluye los costados y no se
fija en
nada; es la mirada desde el fondo del ojo. La mirada a la
distancia se
ubica bien afuera del ojo, tiene un objetivo definido, es
específica.
El me
mira muy de cerca. El verde ocupa casi todo el ojo y el color
es tan intenso como hechizante. En los ojos flota una serenidad
muy seductora, un erotismo controlado. Una mirada cautivante,
diría Corín Tellado.
¿Volver
a una imagen anterior o ir condensando varias imágenes
en una línea que dispara el transcurso del tiempo?
Una cara, un rictus, una actitud, fijarse en lo que fue, generar
el calco. Claro que a veces el calco se rompe y sólo
queda lo que está debajo.
Proyección
invertida es la visión. ¿Qué pasa en
ese punto medio en
donde se condensan el anverso y el reverso de la imagen?
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