Creación

LILA ZEMBORAIN SE FIJA EN LO QUE FUE Y GENERA EL CALCO DE LO AUSENTE

La mirada interior es periférica

Las imágenes bullen en la obra poética de Lila Zemborain, aun cuando
se desplaza en medio de versos breves como los que trazara en sus primeros libros
publicados en su país, Argentina. Y es que viene de un linaje atravesado
de pasillos donde "Los personajes que se aparecen no hablan", ni la amenazan.
"Sólo miran" y fundan la tradición familiar de "esconder los ojos"
y jamás "mostrar la causa de la vergüenza". Mas sería en vano tanto esfuerzo
si no fuese por la poesía que se deja impregnar por "lo que está debajo"
cuando el calco se rompe sobre las páginas que Zemborain sujeta, dueña del ímpetu
que ahora le reclaman los Guardianes del secreto


Foto: Archivo

Guardianes del secreto
(Selección)

Conjunción de los giros de la luna alrededor de la tierra y de
la tierra alrededor del sol, de manera que la luna, la tierra y el sol
se alinean, y la tierra proyecta su sombra sobre la luna, que se hace
visible porque recibe el reflejo de la luz del sol.

Con el espejo de la cómoda y un espejo de mano logro tres
reflejos sucesivos de mí misma. En el último veo una cara de hombre,
con una sonrisa diabólica. Empiezan las palpitaciones.

Hay una virgen sobre la mesa de luz que se transforma en buda
y el buda que es virgen está dentro de mi cabeza, más bien es mi cabeza. Hay una espada y una conjuración que repito cada vez que golpeo la espada para vencer al demonio. Una frase grandilocuente, al estilo de las novelas de caballería, o de índole religiosa exorcista. ¡Arrodíllate ante mí! o ¡La potencia creadora de Dios! Hay truenos, relámpagos, luchas cuerpo a cuerpo.

Son las apariciones en el lugar mismo en el que duermo:
el hombre al pie de la cama con la sonrisa enigmática, la señora
del pañuelo blanco, el perro, el chico atrasado con anteojos,
la hermana de Jorge, etc.

Imaginar cosas en la oscuridad, cuando estoy semidormida y veo poco es muy factible porque cualquier objeto al no tener una forma definida puede ser cualquier cosa. Pero con los lentes de contacto abro mis ojos a la noche y todo tiene una dimensión y un límite preciso. Cada cosa tiene su lugar y es inconfundible.

La estatua de la virgen se come el juego de té de mi tía
abuela, las tacitas, los platos, y sobre todo la lecherita. Los traga
como si no fueran de porcelana floreada.


Nuevos seres en el cuarto. Un viejo, casi como un duende, un hombre muy bajito vestido de verde, con sombrero verde, pelo blanco. Desde que llegué tuve dos encuentros. La negrita con trenzas, de unos ocho años, y ahora este duende. Es muy seguido ahora. Yo creía que en esta casa estaba más protegida, pero no es así. Los personajes que se aparecen no hablan, ni me amenazan. Sólo miran. En febrero estoy muy perceptiva. Toda mi vida me ha pasado.

La tradición familiar es esconder los ojos. No mostrar la causa de la
vergüenza: la mirada confundida del otro que no sabe dónde mirar. Por ejemplo: si la persona me mira el izquierdo y yo sólo puedo mirarlo con el derecho.

La mirada interior es periférica, incluye los costados y no se fija en
nada; es la mirada desde el fondo del ojo. La mirada a la distancia se
ubica bien afuera del ojo, tiene un objetivo definido, es específica.

El me mira muy de cerca. El verde ocupa casi todo el ojo y el color
es tan intenso como hechizante. En los ojos flota una serenidad
muy seductora, un erotismo controlado. Una mirada cautivante,
diría Corín Tellado.

¿Volver a una imagen anterior o ir condensando varias imágenes en una línea que dispara el transcurso del tiempo? Una cara, un rictus, una actitud, fijarse en lo que fue, generar el calco. Claro que a veces el calco se rompe y sólo queda lo que está debajo.

Proyección invertida es la visión. ¿Qué pasa en ese punto medio en
donde se condensan el anverso y el reverso de la imagen?

N° 20 Aņo IV
Caracas, sábado 17 de febrero de 2001
 
 
 

Anotaciones
La revolución de papel
(Ana Nuño)

 
 
 
 

 

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