Premios

Jurados y conjurados

En una "ceremonia de derrota" pareciera haberse convertido el Premio Cervantes en España:
no importa mucho quién gane -apunta Julio Ortega- lo malo es que pierdan todos.
La controversia nacida luego de la entrega del galardón del año 2000 al madrileño
Francisco Umbral anima al escritor peruano a abordar distintas creencias acerca
de la labor de los jurados en los concursos literarios:
"si uno acepta ser juez no puede ser no juez" -señala


Foto: AP
Francisco Umbral: "controvertido" Premio Cervantes 2000

Permítanme romper una lanza por la labor de los jurados en los concursos literarios. Contra el escepticismo general, me atrevo a decir que no todos los jurados hemos sido conjurados y, muchos menos, jueces sin juicio. La verdad, ser jurado es una tarea sólo en apariencia amena y, más bien, de pena. Nadie favorece del todo el veredicto de un jurado, y se aduce siempre otros premiables, otros méritos, otros juicios. Cualquier jurado es sospechoso de cualquier juicio.

Hay quienes creen que un jurado se define no por los premios que ha favorecido sino por los que ha perdido. Cuando me tocó responder al comité del Nobel que el premio a Borges era inobjetable, sabía que sus opiniones políticas, tan disparatadas que no debían tomarse en serio, le costarían el premio. Borges se había permitido decir que la democracia era un abuso de la estadística. Un poeta norteamericano que dedicó varios años a traducirlo, decidió renunciar a él. Tuvo que elegir, me dijo sin pestañear, entre el escritor y el hombre, y descartó a ambos.

Parecería que en el trance de juzgar algunos se descubren, revelados. En el Premio Juan Rulfo, de la Universidad de Guadalajara, un colega me confesó que le costaba muchísimo votar por otro. En el Premio Rómulo Gallegos, en Caracas, alguien me confió que no le gustaba ser jurado, que prefería ser candidato. En otro concurso, el premiado del año anterior nunca entendió que era parte interesada y que, como jurado, nos debía la discreción. Se diría que casi en todo jurado asoma un concursante, y el voto lo confirma o recusa. Cuando Nicanor Parra obtuvo el primero de los premios Rulfo, escribió un discurso versificado en el que citaba al jurado como ganador del juicio. El mejor premiado es el que adquiere esa ironía imparcial, y nos incluye en la comedia literaria del día. Por eso, hace bien García Márquez en no aceptar más premios luego del Nobel. Nada trivializa más a un escritor que el premio anual.

Pero lo insólito es que algunos jurados revelen su voto a los mismos interesados. De algunos concursos españoles recientes se sabe demasiado. Aunque la deliberación tiene un carácter provisional, especulativo, y nadie debería sentirse sancionado por el proceso.

Por lo demás, se equivocan quienes creen que en el controvertido Premio Cervantes, Víctor García de la Concha, el secretario del premio, debió dirimir un inicial empate de votos. Toda votación es una exploración de las intenciones, un ensayo de decisión, y ninguna es final hasta que se decide por consenso. Por ello mismo, Carlos Bousoño, que ahora se sabe quedó en segundo lugar, no creo que haya sido víctima de un procedimiento informal. Al final, ganó Francisco Umbral pero pudo haber ganado Bousoño. Como pudieron haberlo ganado Juan Goytisolo, Luis Goytisolo, Juan Marsé, Nicanor Parra, Juan Sánchez Peláez, Blanca Varela, Antonio Alatorre, Luis Rafael Sánchez, Ramón Xirau, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Tomás Segovia, Alejandro Rossi, Angel González, Alfredo Bryce Echenique, Antonio Benítez Rojo… El lector es libre de acrecentar esta lista. Porque si somos consecuentes, no podemos limitarnos a un par de nombres. Un premio serio tiene legitimidad porque lo merecen muchos más. De otro modo, sería otra arbitrariedad.

Me sorprende el poco juicio de los jurados que creen que juzgar dentro de un concurso es jurar en vano. Si los jurados, como ocurre, se ven obligados a dar excusas, a explicar el debate confidencial, y a confesar su voto, quiere decir que ignoran los protocolos. Son jurados vergonzantes, y se excusan maltratando concurso y concursante.

Por otro lado, hay que saber que el jurado tiene la libertad incluso de hacer sus propias reglas de juego para poner a prueba su juicio. Mientras no recuse las reglas estipuladas por el certamen, el jurado ensaya, regula, organiza las votaciones en series tentativas, con una contabilidad que va restando a los finalistas. Cuando dos o tres nombres se repiten, el ganador se impone naturalmente. Por eso, no me escandaliza que algunos jurados impusieran la regla de no abstención en este Cervantes. La verdad, si uno es jurado debe juzgar hasta el juicio final. Abstenerse cabe en juicios de otro orden, profesionales o promocionales, pero no en concursos literarios, donde si uno acepta ser juez no puede ser no juez. Yo mismo he favorecido una regla más delicada: sumarnos todos a la decisión mayoritaria para que el voto sea unánime, y el premio sin sombras. Prefiero esa claridad que los informes de minoría, más burocráticos que principistas, más políticos que generosos.

El problema con el último Premio Cervantes es de otro orden. La mayoría de los jurados han dejado de ser imparciales, y llevan su candidato a una batalla. Parecen jurados que militan en su juicio, el que ejercen contra los demás. Ya no es un concurso literario sino una toma de plaza, de tribuna y de tribuno. El premio se ha vuelto ofensivo: es un accidente del amor propio. Suma humillados y ofendidos, y hasta los premiados redundan en explicaciones.

Se impone, por todo esto, que el jurado del Cervantes, en una demostración de sano juicio, renuncie a sus funciones y sea relevado, al menos en parte, según una representación institucional.

Por ahora, todo indica que en el contrasentido de la vida literaria española, hecha de best-sellers fugaces, hasta el Premio Cervantes se ha convertido en una ceremonia de derrota. Al final, no importa mucho quién gane. Lo malo es que pierdan todos.

Julio Ortega. Escritor peruano

N° 19 Año IV
Caracas, sábado 10 de febrero de 2001
 
 
 
 
Premios
Jurados y conjurados
(Julio Ortega)
 
Libros, Lecturas y Lectores
Adolfo Castañón
Un amateur en el país de Montaigne
(Cecilia Rodríguez)
 
 

 

http://www.eud.com/verbigracia http://www.eud.com/verbigracia http://www.eud.com