Libros, Lecturas y Lectores

ADOLFO CASTAÑON

Un amateur en el país de Montaigne

Acaso para legitimar las voces del amateur -"bastante desprestigiado", en palabras
de Cecilia Rodríguez-, Adolfo Castañón penetra el mundo del "más grande de los aficionados": Michel de Montaigne. La reciente reedición del libro de Castañón, Por el país de Montaigne,
es una invitación a recorrer los espacios, el castillo y la torre donde el ensayista francés
pasase gran parte de su vida, y una manera de "andar por sus comarcas
tratando de emular sus zigzagueantes pasos"


Foto: Esso Alvarez
Adolfo Castañón va al encuentro de Montaigne

En estos días en que vivimos rodeados de expertos y especialistas cuyas parcelas del saber parecen ser cada vez más diminutas y aisladas, el aficionado y el amateur han pasado a un plano bastante desprestigiado. Un aficionado se ha transformado en alguien que apenas puede barruntar un tema, no sin una cierta candidez, y al cual el experto mira con el rabillo del ojo criticando su osadía de traspasar las cercas del conocimiento y entrar en territorios que no le pertenecen.

Este desenfadado transgresor se atreve además a jugar con sus propias reglas, a saltarse los protocolos del saber y a entrar por la puerta que le signe el placer y el gusto. La arbitrariedad, el capricho, la anarquía, y sobre todo los desórdenes propios de la pasión, cifran su escritura. Es dentro de estos anárquicos territorios del conocimiento y de la escritura en donde podemos ubicar la reciente reedición del libro de Adolfo Castañón Por el país de Montaigne (Paidós, 2000), edición que forma parte de una novedosa colección creada por la editorial Paidós, en un intento por recoger y legitimar las hedónicas voces del amateur.

Montaigne es, sin duda, el más grande de los aficionados, un prodigioso amateur, así que no resulta tan desatinado esto de andar por sus comarcas tratando de emular sus zigzagueantes pasos. Por el país de Montaigne es un libro que olvida la línea recta y que recurre a une serie de textos breves y aleatorios cuyo sentido sólo se nos devela al mirarlos en su conjunto. Retazos y fragmentos que funcionan como versos de un gran poema o como piezas de un rompecabezas inconcluso.

Por el país de Montaigne es un título que hace referencia tanto a un lugar geográfico, la provincia francesa, como a una metáfora, la obra del ensayista como un lugar por el que se puede transitar. Castañón comienza por describirnos -con minuciosidad fotográfica- los paisajes de Burdeos, sus verdes campiñas, la textura de sus vinos y sus tabernas, en un recorrido que lo conduce hacia el castillo y la torre donde Montaigne pasó gran parte de su vida. Podemos conocer el número exacto de peldaños que separan los pisos de la torre, la orientación de las ventanas, el paisaje que se observa desde ellas, la manera como penetra la luz, el eco que se produce en ciertos espacios. El estudio de Montaigne, colocado en el tercer piso de la torre, es descrito con tal minuciosidad que logra hacernos sentir que hemos violado la intimidad del cuarto de un amigo, el cual obviamente no esperaba visita y que ya no tarda en volver. Lo más interesante de este voyeurismo intelectual es la descripción exacta de una serie de citas que Montaigne mandó a tallar en las columnas del techo de la torre y que Castañón reproduce fielmente.

Hasta aquí el libro no sería más que una sabrosa descripción de los espacios del personaje, una manera de satisfacer nuestra curiosidad por los ámbitos privados de aquellos con los que nos hemos relacionado únicamente a través de las palabras. Sin embargo, la torre de Montaigne, sus vigas llenas de citas, sus bibliotecas circulares, el orden de sus libros, no son más que la manera oblicua de ir al encuentro del ensayista. Esas vigas de madera que funcionan como un gran mapa intertextual nos hacen recordar esas piezas que atesoran los coleccionistas y que develan en su heteróclito conjunto la identidad del que las posee.

Acaso los libros que leemos, las citas que atesoramos y que construyen su propio texto, personal e íntimo, ¿no dicen de nosotros más de lo que en realidad estaríamos dispuestos a confesar? Hacer el intento de meternos en la torre de otro y de fisgonear por su ventana ¿no es una manera válida de tratar de entender la dirección de esa mirada? Castañón busca leer los lugares como textos que pueden ser descifrados, espacios plagados de sentidos que sólo se develan si sabemos leer entrelíneas o, para ser más exactos, entre vigas.

Es posible imaginar el mundo del siglo XVI a través de los ojos de Montaigne, pero también es posible imaginar a Montaigne a través de los objetos de su mundo. Diálogo circular, de ida y vuelta, la escritura nos da cuenta de la realidad y a su vez la realidad nos da cuenta de las palabras. El ensayista encerrado en su torre, rodeado literalmente de libros y de textos tallados en las vigas del techo (su cielo de madera y de palabras), es una buena manera de entender el diálogo que Montaigne establece con la literatura y el mundo. La torre de libros como ese eje central, esa columna vertebral a través de la cual se divisa y se aprehende aquello que nos rodea. Los libros como las paredes del sujeto que observa, esos huesos que le dan al mismo tiempo estructura y movimiento, contención y libertad.

¿Lectura de amateur? Sin duda, sólo un amante tiene la osadía y el desatino de transgredir los espacios de la intimidad para ponerse los ojos del otro y acomodarse sus zapatos. ¿Lectura cándida y subjetiva?, afortunadamente sí. Por el país de Montaigne es un libro que surge de un viejo y añejado diálogo al cual Castañón nos extiende una cordial invitación: volver a Montaigne, hacer de sus ensayos una vértebra de nuestras propias torres y ofrecerles la madera de una de nuestras vigas. Tal vez este diálogo nos permita encontrar un mínimo balance, retomar una vieja práctica olvidada, una antigua sabiduría montañista: "cómo caer de pie en un mundo que está de cabeza".

Cecilia Rodríguez. Ensayista

N° 19 Año IV
Caracas, sábado 10 de febrero de 2001
 
 
 
 
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(Julio Ortega)
 
Libros, Lecturas y Lectores
Adolfo Castañón
Un amateur en el país de Montaigne
(Cecilia Rodríguez)
 
 

 

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