ROMAN
GUBERN, "EL MAC LUHAN O EL ECO ESPAÑOL"
Cine
y pensamiento
Cuando Román
Gubern se permite descorrer el telón de su vida y no sólo
el de su extensa, reconocida y premiada bibliografía, pareciera
que se está ante la proyección de un filme cuyos
primeros fotogramas, en blanco y negro, muestran el rostro de
un niño burgués que padece
de "cinefilia", esa fuga imaginaria frente a la España
de la posguerra. Pero lo que inicialmente
fuese evasión sería luego y hasta hoy entrega absoluta
al séptimo arte, indagación
en la imagen mediática y en el impacto de las nuevas tecnologías:
"Me interesa
profundamente el avance del mundo y el hombre, pero también
me interesa
lo que en verdad el hombre es", confía el autor de
El eros electrónico

Foto: Angela Bonadies
Gubern confirma que "se están creando
nuevos dialectos audiovisuales"
Román
Gubern, (Barcelona, 1934), es uno de los intelectuales españoles
de más prestigio. Investigador en Estados Unidos, catedrático
de universidad, guionista, ensayista, director del Instituto Cervantes
en Roma, autor de más de treinta libros y poseedor de galardones
nacionales e internacionales, se le ha llamado "el Mac Luhan
o el Eco español". Con pocos meses de diferencia,
a comienzos del pasado año, publicó dos obras de
carácter distinto y de amplio reconocimiento crítico,
Proyector de luna (Anagrama, Barcelona, 1999) y El eros
electrónico (Taurus, Madrid, 2000). En esta entrevista
perfila algo de su personalidad y de sus opiniones sobre la cultura
del momento.
Raquel
Luzárraga: ¿Cómo se genera su interés
por el cine?
Román Gubern: Lo explico detalladamente en mis Memorias.
Mi generación es la generación de la posguerra,
en una España muy sórdida, incluso para un niño
burgués como yo, sin problemas económicos en casa.
Pero aunque vivía en el paseo de Gracia, veía el
mundo de la posguerra en la calle. Y el cine se convirtió
en la fuga imaginaria, en la ventana abierta por la que podías
viajar a Bagdad, Alaska o Tahití. De este modo, la cinefilia
comenzó como reacción autodefensiva y evasiva, pero
ir mucho al cine permitió a mi generación adquirir
un capital cinéfilo que luego, con la adquisición
de una actitud reflexiva, nos resultó muy útil.
En la biblioteca de mi abuelo habían dos volúmenes
de Historia del cine, que se publicaron en el 48, y aquel libro
me descubrió que el cine tenía otra historia, que
había un cine expresionista alemán, un cine surrealista,
un cine soviético revolucionario y a mí me interesó.
Acabé el bachillerato muy precozmente, a los dieciséis
años, y empecé la carrera de Derecho. En la universidad
me ofrecieron dirigir el cineclub del Seu y yo acepté con
gran temeridad, pues era casi un analfabeto en la materia. Por
entonces hice un viaje a Suiza y en Ginebra compré una
Historia del cine de Georges Sadoul que, aunque
limitada, aumentó un poco mi cultura cinematográfica.
Dirigí el cineclub del Seu de la Universidad de Barcelona
durante dos años, hasta que dimití por los conflictos
políticos que se producían en la universidad, en
los que yo participaba. Ese fue mi primer acercamiento. Luego,
en el año 58, me fui a París a trabajar en la Unesco
y allí existía la Asociación Cinematográfica
Francesa, donde se podía ver a los clásicos y a
los autores prohibidos, Buñuel, los rusos y tantos
más. En París asistí también al nacimiento
de la nueva cinematografía francesa, la de Truffaut,
la nouvelle vague, etcétera, que culminó
en el Festival de Cannes del año 59. A la vuelta dirigí
un cortometraje, un documental, lo cual me encarriló definitivamente
al cine.
-¿Siguió
estudios de cine? ¿Ha ejercido alguna vez como abogado?
-Cuando volví a España desde París, me matriculé
en la Escuela de Cine oficial de Madrid, donde habían estudiado
Bardem y Berlanga, y Carlos Saura, y en la cual era muy difícil
ingresar; se presentaban cien y entraban doce. Yo pasé
el examen de ingreso, pero me resultaba muy difícil seguir
los estudios porque la escuela estaba en Madrid y yo no tenía
dinero para vivir allí; por otra parte, era la única
escuela de cine que había. De manera que abandoné
los estudios en el primer curso porque no tenía medios
para subsistir. No ejercí de abogado. Mi padre, que también
era abogado, y mi abuelo murieron en cuatro días consecutivos
y yo tuve que empezar a trabajar en una gestoría de un
tío. Necesitaba trabajar pues mi familia era una familia
burguesa, de banqueros, pero venida a menos. Estábamos
directamente emparentados con la Banca Garriga Nogués,
que hizo bancarrota y cerró en el año 52 o 53. De
hecho, acabé la carrera pagándome yo mismo los estudios.
Entonces me marché a París porque estaba cansado
de un trabajo frustrante y aburrido, que no me gustaba y que,
además, suponía dependencia de un tío mío.
-Ha hablado
del cine como refugio de la fantasía, pero el cine supuso
bastante más que una evasión para los intelectuales
de su generación.
-En efecto. Para mi generación, el cine fue inicialmente
evasión, sí, pero después comenzamos a racionalizar
a través de unas lecturas, dispersas y muy escasas, que
nos podían iluminar un poco. Eran los años cincuenta,
el libro de cabecera de Castellet y los Goytisolo,
que éramos todos amigos, era un libro francés, que
no estaba traducido en esa época y que se llama L'age
du roman américaine (La edad de la novela americana),
que realizaba un estudio muy interesante sobre el paralelismo
entre el cine y la novela; la vecindad, proximidad e interacción
entre ambos. Fue un libro fundamental para toda esta generación
de los cincuenta. Aparte de la evasión, los primeros intereses
culturales que sentimos respecto del cine provinieron de tres
fuentes. La primera, la del cine negro americano. Estábamos
acostumbrados a ver las típicas películas de comedia
y aventuras americanas, que acababan con final feliz y un beso.
De pronto, el cine negro americano, que desconocíamos que
existía, como también sus autores, Dashiell Hammett
o Raymond Chandler, se nos reveló distinto del otro.
Era un cine pesimista, que daba una visión de las pasiones
ocultas de la vida, la ambición, la corrupción,
y que no presentaba, generalmente, final feliz. Descubrimos, así,
que el cine negro americano daba una visión distinta de
la sociedad del ser humano, era una especie de antropología
crítica que a mí me interesó mucho. En segundo
lugar, la fuente del neorrealismo italiano, que llegó poco
y mal, con cuentagotas, a España porque la censura no lo
dejaba llegar y porque los distribuidores lo consideraron poco
comercial. En la progresía que formábamos empezábamos
a ser marxistas intuitivos, porque éramos críticos
con el régimen y de izquierdas en el siglo. El único
Marx que podíamos leer era una edición crítica
de un cura francés, que para refutar a Marx reproducía
párrafos de su obra. El neorrealismo italiano, aunque llegó
poco y mal, y censurado, era claramente un cine de denuncia social,
de protesta, antihollywoodiano, y constituyó la gran revelación
del cine de posguerra. Esas películas nos gustaban, aunque
yo era más sensible a ellas intelectualmente que emotivamente;
nunca me enamoré del neorrealismo italiano. En tercer lugar,
nos llegaron las películas mexicanas, del indio Fernández,
Emilio Fernández, que eran un cine indigenista, un
cine populista indigenista, con una estética plástica
muy lograda, que nos deslumbró porque era un cine autoral.
A mí el concepto de cine de autor, de autoría, que
entonces no se conocía, me llegó con las películas
del indio Fernández, que tenían un sello
personal, eran vigorosas, hablaban del mundo de los indígenas
y los oprimidos, etcétera. Estos fueron los tres afluentes
de mi cinefilia culta, a principios de los años cincuenta.
-En España
en aquella época no se hacía cine de autor. Era
un cine costumbrista o propagandista de ínfima calidad.
¿Había algún otro motivo, además de
la represión franquista, que produjera el desfase existente
entre nuestro cine español y ese otro neorrealista, o el
cine europeo?
-El cine español en Cataluña era ampliamente repudiable.
No sé si ocurriría lo mismo en Andalucía
o en general para las clases populares. Era un cine falso, que
el poder imponía con subvenciones, con cuotas de pantalla
que obligaban a ver películas españolas; en definitiva,
era el cine impuesto por los vencedores. Nos parecía falso,
de cartón piedra, de personajes arquetípicos, curas,
monjas, gitanos, horroroso. Lo primero interesante en el cine
español vino con las películas de Juan Antonio
Bardem, Muerte de un ciclista, concretamente, y después
Calle Mayor, que lo confirmó como director. El interés
del cine de Bardem radicaba en que, por una parte, eran películas
en las que había por primera vez voluntad de estilo y,
después, en que verdaderamente poseían un fondo
progresista, de crítica. Después aparece Berlanga
con su Mister Marshall, etcétera. Ahora hay un fenómeno
reivindicativo del cine de los cuarenta por parte de jóvenes
historiadores de cine que no padecieron el franquismo, pues se
han descubierto algunas películas de algunos ex combatientes,
en las que se habla y se confronta entre líneas, pero no
creo que sean relevantes para la historia del cine.
-¿Qué
es el cine hoy? ¿Continúa habiendo un cine de evasión,
como el de Spielberg y el comercial americano, frente a un cine
de autoría, como el que se realiza en el Tercer Mundo y
entra con fuerza, las películas iraníes, por ejemplo?
-No, eso ha cambiado mucho. Pere Gimferrer tiene una teoría,
que yo suscribo, que dice que los amores cinéfilos se extienden
hasta los treinta y cinco años de cada persona. El cine
preferido por cada persona es el que vio hasta los treinta y cinco
años, que es el que está en sintonía con
su maduración emotiva, su imaginaría más
plástica, su intersticio emocional. Y es cierto; cuando
miro mis películas preferidas, la lista más larga
la forman aquellas que vi hasta los treinta y cinco años.
Por tanto, el concepto de autoría creo que es universal.
Es cierto que sigue habiendo un cine de sistema, comercial y de
consumo, el de Hollywood, del que Spielberg es el paradigma,
aunque hay también cine menos convencional, como el de
Woody Allen o algún otro. Pero el gran filón
que para mí es el más llamativo es, efectivamente,
la emergencia de los pequeños cines nacionales, que no
es un fenómeno nuevo, aparece ya en los años sesenta.
Las películas que más me han interesado últimamente
son las iraníes, y las chinas también. ¿Por
qué? Porque ofrecen una mirada distinta.
Aunque
siguen realizándose buenos filmes en Francia o Alemania,
en Europa, la mirada del mundo occidental ya nos es conocida.
Las películas que más me han excitado o fascinado
son las que proceden de China, de Irán o de Egipto, porque
muchas veces -no siempre- me proporcionan una mirada distinta
a la que estoy acostumbrado a tener cuando veo una película
británica, norteamericana o francesa.
-Esto nos remite a la emergencia de la literatura étnica
y al tópico inevitable de que Europa está en decadencia
y no tiene nada que ofrecer, y que sólo aportan los países
en que hay cambios, "pasan cosas". ¿No sería,
por tanto, más que una cuestión de mirada, un aspecto
de contenidos?
-Es cierto que la cultura occidental, por unir la europea de la
que hablas con la americana, es en buena parte una cultura del
dejà vu, aunque todavía surgen productos
y autores interesantes: Almodóvar, por citar un
caso cercano. Los contenidos no varían mucho si se observan
desde una perspectiva histórica. La aportación de
los otros países consiste en un plus añadido, el
de lo exótico, palabra kitsch que traduce el plus añadido
de la alteridad. Las películas que he citado, además
de las japonesas y algunas vietnamitas, desarrollan una percepción
nueva de la alteridad, del fenómeno del otro, cuestión
que puede originar catarsis en nuestro mundo y que siempre me
ha interesado. Creo que esa es la novedad.
-La "iconosfera"
de que habla, y que crea como término, en La era del
bisonte virtual, ¿qué tipo de cine puede acabar
produciendo?
-Lo
está produciendo ya. La película que en Alemania
ha alcanzado más éxito es Lola, corre, corre.
Y Lola, corre, corre es una muestra de la permeabilidad
entre los diferentes medios; porque el cine no vive del mito,
está en diálogo con la televisión, y con
la informática, y con la imagen digital, ese totum revolotum
que yo llamo la iconosfera, en que todos los medios interactúan
entre sí, generándose un proceso de intertextualidad
muy activo. Lola es una película que reutiliza los
estilemas del video musical, género que habitualmente no
es narrativo sino más bien de un tipo de impresionismo
audiovisual, con lo novedoso de contar una historia de persecución
y, sobre todo, de ofrecer tres opciones alternativas de la misma
historia, como los videojuegos informáticos. Se genera
así un fuerte proceso de hibridación de géneros,
hibridación mediática, entre cine, televisión,
infografía e imagen digital. En definitiva, se están
creando nuevos dialectos audiovisuales.
 |
| Foto:
Angela Bonadies |
-¿De
qué defectos adolecen estos nuevos dialectos? ¿Plantean
algún problema?
-Ocurren otras cosas. El uso de la imagen digital plantea un reto.
Ahora se puede hacer todo en cine. Antes no todo podía
realizarse, había trucajes y efectos especiales, pero eran
caros y complicados. En este momento no hay fronteras para la
imagen digital, un millón de marcianos pueden volar por
el cielo de Nueva York. Y sucede que cuando todo es posible ya
nada asombra. Es mi máxima para los estudiantes. Ha de
haber una cierta resistencia del medio para que algo sea creativo.
El otro problema de la imagen digital es lo que Greimas
llama "la veredicción". Cuando vemos a Glenn
Ford darle una bofetada o un beso a Rita Hayworth, ha habido dos
cuerpos vivos, reales, con sus emociones, que han interactuado
físicamente, es algo que ha pasado de verdad. La imagen
fotoquímica es veridiccional, certifica que es cierto aquello
que ha pasado ante la cámara. Roland Barthes dedica
a eso su libro La cámara lúcida. Pero la imagen
digital no autentifica nada. Es todo como ficción. Cuando
Tom cae del piso ochenta perseguido por Jerry y se hace un chichón,
esto no es veridiccional, es dibujo animado. La imagen digital
tiene el estatuto del dibujo animado y, por consiguiente, la pregunta
es: ¿puede seguir emocionando algo que sabes que nunca
ocurrió? La diferencia radica en que Tom y Jerry divertirán
pero nunca emocionarán.
-¿Cómo
y cuál ha sido su trabajo en el cine? ¿Ha considerado
alguna vez la posibilidad de escribir ficción?
-He dirigido películas, he escrito guiones y he sido productor.
Pero ocurre que dirigir una película es dirigir un pequeño
ejército, con prisas, a voces; esto no va con mi carácter,
pues soy tímido y me encuentro más a gusto en mi
ambiente de trabajo, con mi papel y mi mesa, y tomando notas.
Cuando me adentro en la dinámica de organización
de un equipo colectivo, me siento incómodo; prefiero la
soledad de la investigación, la reflexión y la pluma,
y esto es literal porque escribo mucho con pluma y bolígrafo.
He considerado a veces escribir novela y mucha gente me ha preguntado
por qué no lo hacía. He escrito más de treinta
ensayos, infinidad de artículos y muchos guiones de cine
y televisión, pero no me he visto capaz de escribir novela
porque me he sentido mal equipado, por la falta de práctica,
entre otras cosas.
-Hablemos
de Proyector de luna, uno de los últimos libros
que publicara y que coincidió con la celebración
del centenario de Buñuel. Usted ha dicho que este libro
significaba de algún modo una asignatura pendiente suya.
-Yo me había ocupado mucho de la generación del
27 en una serie de artículos, especialmente en uno que
publiqué en el año ochenta en Francia, "L'avant-garde
cinématographique en Espagne", de modo que me
era un tema muy conocido. Pero es una asignatura pendiente por
una cuestión personal. Mi generación -yo nací
en el año 34, era un niño de la guerra- fue autodidacta.
Leímos y conocimos la cultura alternativa a la oficial,
a estos escritores, García Lorca, Alberti, de la
mano de editoriales argentinas o mexicanas que llegaban de forma
clandestina porque los autores estaban prohibidos en España.
La frase más clara para definirlo es que yo he sentido
nostalgia de algo que no he vivido, que era la cultura democrática
de la república que existía antes del franquismo.
En Proyector
de luna me sentí muy inseguro porque tenía que
lidiar con autores como Cernuda y Alberti, y experimenté
cierta angustia porque aunque he leído mucho no me considero
competente en literatura, porque no es mi especialidad. Había
leído ya antes a estos autores, Alberti, Cernuda, García
Lorca, Emilio Prados, pero tenía que analizar poemas
y nunca lo había hecho. La intertextualidad que se da en
el libro me produjo grandes inseguridades, no en el terreno del
cine, obviamente, sino en el de la literatura. Mas cuando empecé
a leer las primeras críticas de profesores y gente de literatura,
Luis Izquierdo o Joaquín Marco, por ejemplo,
todas fueron elogiosísimas, y me tranquilicé pensando
que no me había equivocado mucho.
-Su último
libro publicado es El eros electrónico. No es una
obra histórica, de recopilación y análisis,
como Proyector de luna, sino un ensayo en el sentido propio,
de aventura del pensamiento. ¿Qué es El eros
electrónico?
-Es algo que ya indica su nombre. La era de la electrónica,
de las nuevas tecnologías, además de otras características
de nuestra sociedad mediática y de consumo, afectan a la
percepción y a la vivencia de muchas cosas. El eros representa
uno de los instintos primarios del hombre, el de supervivencia.
En este libro hago una reflexión sobre la evolución
de este eros desde épocas primitivas, me refiero a conocimientos
antropológicos y descubrimientos científicos, y
reflexiono sobre todo ello. Me parece un tema a la vez importante
y sugestivo, y escasamente estudiado. Me interesa profundamente
el avance del mundo y el hombre, pero también me interesa
lo que en verdad el hombre es.
Raquel
Luzárraga. Escritora española