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Libros, Lecturas y Lectores
ERNESTO
SABATO
Resistencia,
esperanza demencial

Foto: Archivo
Sábato notaría un documento con
la muerte
Ernesto
Sábato roza los noventa años y ha decidido no
rendirse. Su frase de alguna vez, que cuando le llegara la muerte
tendrían que obligarlo con la fuerza pública a irse
con ella, ha cambiado a una aceptación que ha pactado la
rebeldía final, el testamento postrero en el que nos conmina
a que nunca es tarde para cambiar esta destartalada sociedad, este
descompuesto mundo que cada día fabrica más islas
dentro de cada uno de nosotros. Ernesto Sábato ha
notariado un documento con la muerte, como aquel Max von Sydow de
El séptimo sello, a no terminar de marcharse mientras
no finalice de componer sus alegatos, que no son otros que invitarnos
a darnos cuenta de que la existencia es más preciada de lo
que normalmente sostenemos. Este libelo de demanda a la condición
humana, a sus líderes, a eso tan cursilonamente pedante que
se llama los constructores de la sociedad (que debiera las más
de las veces sustituirse por los destructores de la sociedad) está
contenido en su último libro La resistencia (Seix Barral,
Buenos Aires, 2000) y enteramente dedicado a urgirnos, a implorarnos,
que no sigamos en el loco despropósito de desentendernos.
Que el mundo
fue y será una porquería ya lo sé, como
compuso Enrique Santos Discepolo en Cambalache, no es una
sentencia definitiva, un determinismo insalvable que nos condene
a patear la misma piedra una y otra vez. Para el escritor la cuestión
de los valores equivocados, de los falsos ídolos a quienes
la humanidad les enciende cirios día a día, es la
piedra de tranca para ese añorado entendimiento puesto a
un lado. El hombre ha renunciado a la tradición, al amor,
a la cortesía, refugiándose en el materialismo más
cruel. Al parecer el único placer que encuentra la gente
es comprar, se dice en el texto, sin mencionar por otro lado a los
condenados de la Tierra, aquellos para quienes la prosperidad no
es ni siquiera una ilusión sino un cuento mentido y desganado.
Que, así,
el hombre mantenga lo que de niño prometió, grita
Sábato recordando el verso de Hölderlin.
Cuántas veces miramos hacia atrás y contemplamos un
puñado de promesas incumplidas, de torceduras del destino,
de lo que pudo ser y nunca fue. Sábato nos invita
a regresar la vista sobre los propósitos que una vez nos
hicimos, no para lamentar lo transcurrido sino para un futuro que
se prometa menos pasos en falso. La gran pretensión de Sábato,
en síntesis, es que la historia del futuro no sea inexorablemente
negadora y cegadora como la que venimos construyendo. Que este desportillado
orbe y la sociedad sí tienen redención y tan sólo
requerimos esfuerzos para mirarnos mutuamente en el espejo de los
demás.
Sábato
desconfía de la globalización y del capitalismo salvaje.
Habría que apostillar que lo hace de sus efectos perniciosos.
En efecto, la globalización puede convertirse en el pez grande
devorando al pequeño si el pequeño no defiende su
especificidad cultural. Y las reglas del capitalismo para evitar
la distorsión deben tener en cuenta algo esencial que la
diplomacia siempre ha asumido como su espina dorsal: la reciprocidad.
Concebir la globalización y el capitalismo como un espacio
exclusivo donde los países poderosos nos reciten nuestra
cartilla de obligaciones y (limitados) derechos, genera un mundo
dispar, asimétrico, ultimadamente inaceptable y desdichadamente
unilateral. Si vamos a ser globales, la equidad tendría que
ser la tabla de medición planetaria. De qué sirven
todas las declaraciones sobre el libre comercio a la hora que los
países subdesarrollados no pueden exportar sus productos
por el muro de acero arancelario y protector con que el mundo desarrollado
los ha cercado. Qué decir de la polución infecto-contagiosa
que el grupo de los siete le vomita al mundo entero. Si asistimos
a la fiesta global, que no haya invitados de segunda ni internados
en el patio trasero. Entendiendo esas contradicciones y la posibilidad
de curarlas significa que el mundo puede dejar de ser aquella porquería.
La convicción
de Sábato es la vuelta al humanismo: un humanismo
que desvirtúe el individualismo poco solidario que impera
en las sociedades y ciudades masificadas de nuestra contemporaneidad.
Para desarrollar su libelo Sábato lo divide en cinco
cartas y un epílogo: "lo pequeño y lo grande"
(Tengo una esperanza demencial de que algo grande pueda consagrarnos
a cuidar afanosamente la tierra en la que vivimos); "los antiguos
valores" (En otra época aún se mantenían
valores que hacían del nacimiento, el amor, la adolescencia,
la muerte, un ceremonial bello y profundo); "entre el bien
y el mal" (Entre lo que deseamos vivir y el intrascendente
ajetreo en que sucede la mayor parte de la vida, se abre una cuña
en el alma que separa al hombre de la felicidad como al exiliado
de su tierra); "los valores de la comunidad" (Esta
crisis no es la crisis del sistema capitalista, como muchos imaginan:
es la crisis de toda una concepción del mundo y de la vida
basada en la idolatría de la técnica y en la explotación
del hombre); "la resistencia" (Detesto la resignación
que pregonan los conformistas) y el epílogo "la
decisión y la muerte" (Creo que lo esencial de la
vida es la fidelidad a lo que uno cree su destino, que se revela
en esos momentos decisivos, esos cruces de camino que son difíciles
de soportar pero que nos abren a las grandes opciones).
Hay una inmensa
gratitud que nos deja la lectura de esta buena batalla de vida convertida
en libro. En primer lugar las gracias por la no resignación.
Hasta el último momento el autor demuestra que su lucha (y
por consiguiente toda lucha) es del tamaño de su esperanza.
Decir que todos deberíamos visitar sus páginas es
cándidamente creer que los libros pueden cambiar algo. Pero
aun así, confirmando la simpática engañifa,
quienes decidan encarar sus líneas podrán salir convencidos
de que no está del todo mal creer que la bandera de los ideales
aún puede ser enarbolada en este planeta donde todo parece
que da lo mismo. Y quizás al menos propondrá un lúcido
momento de reflexión sobre el hombre y su destino. Este libro
no está hecho para conformistas ni para buenas conciencias:
su invitación a resistir los haría bostezar en su
muerte cotidiana que rezongan con debilidad. Recomendar su lectura
podría parecerme un deber y probablemente una aspiración:
más que eso lo creo un ejercicio de optimismo.
Karl
Krispin. Ensayista
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