La
utopía estética
en Mariano Picón-Salas
Insistir en
trazar su retrato bajo los lúgubres amaneceres de la política
nacional de inicios
del siglo XX, perfilar al vehemente joven desde el ángulo
de sus desvelos por la "Comprensión
de [su país] Venezuela", referir su autoexilio y su
voracidad intelectual, sería un ejercicio incompleto en
esta hora de conmemoración del centenario de su nacimiento.
Porque Mariano Picón-Salas
se erige de cuerpo entero cuando se hurga entre las páginas
de su narrativa, allí donde
Víctor Bravo palpa una "exaltación de lo imaginario
y de la reflexividad, de la vida como
formación y destrucción" que apunta, sí,
hacia una ética, pero antes, a una estética
"que tiene su primera expresión en la conciencia de
la escritura"

Foto: Archivo
Mariano
Picón-Salas, voz de resonancia continental
El
relato de ficción es, en la obra de Mariano Picón-Salas,
escena de la formación estética del hombre, en la
mejor tradición legada por el Romanticismo: el tiempo del
asombro de lo imaginario (la representación de la infancia
como el tiempo mágico de las revelaciones) y la travesía
para las formas de la reflexividad. El vivir alcanza aquí
su significación más que en la finalidad histórica,
en el devenir que, por el relato, se convierte en incisión,
letra, tatuaje, "mancha quemante", "cicatriz"
que "marca nuestro paso" y, por "la cera caliente
de la memoria", "lo desgarradamente individual"
que se convierte en imagen y destino.
Sin duda
que Viaje al amanecer (1943) y Regreso de tres mundos
(1959) se constituyen en una especie de díptico novelístico
que traza el arco de una novela de formación: el paso,
como decíamos, del tiempo del asombro al tiempo reflexivo,
y el acceso a los valores superiores de la cultura y el arte.
El relato regido por la utopía estética, esa que
desde Hölderlin o Mallarmé ve en la
experiencia estética la experiencia fundamental del hombre.
La infancia
es tiempo privilegiado del hombre, pues en su ámbito el
mundo se vive como revelación y con lámpara encendida
de lo imaginario. En Viaje al amanecer, por los caminos
de la memoria, el protagonista comienza su aprendizaje en el registro
narrativo del asombro. La infancia poblada de personajes, que
son convocados para satisfacer la apetencia de relatos, el íntimo
hilo del estremecimiento, en el horror convocado por los cuentos
de muertos y fantasmas, y sobre todo el cuento, como la neblina
de nuestros pueblos de montaña, propicia el acceso a una
de las más estremecedoras experiencias del hombre: la experiencia
de la irrealidad, acaso uno de los sentimientos consustanciales
con la infancia, y donde se alberga nuestro poder de transformarnos
y de transformar el mundo. Muchos sentidos confluyen en este tiempo
del hombre: los juegos, como aprendizaje y acceso a formas lúdicas
y profundas del saber; el descubrimiento de la amistad y de la
belleza; la convivencia de lo cotidiano y lo maravilloso; pero
también, al principio, como un atisbo, y después,
como una imantación arrolladora, la consciencia reflexiva,
que trae, paradojalmente, el deseo de salir de la infancia e iniciar
el viaje de la vida hacia otras vertientes y actitudes; y el paso
de un tipo de "historias", las contadas por Josefina
o el Mocho Rafael, a aquellas que se encuentran en los libros:
paso de la oralidad a la escritura, de la phoné a la graphía,
del asombro a la racionalidad. Así, después de haber
disfrutado las asombrosas historias de transformaciones del Mocho
Rafael, el narrador accede, inesperadamente, y en el sesgo de
una sabiduría del relato, a otro tiempo: "La explicación
mítica del Mocho Rafael ya no me satisfacía del
todo, y apliqué a sus cuentos e historias de magia una
crítica tempranamente racionalista". Se produce de
este modo el paso de una actitud a otra: de una sabiduría
del asombro a una percepción irónica e, incluso,
humorística, de la transfiguración del mundo por
lo imaginario. La reflexividad convierte la vida en un viaje cuyo
primer paso de vértigo es el de la niñez a la adolescencia,
donde se revela el animal dulce y feroz de la sexualidad, la belleza
y la perversidad del amor, vivido como una intensidad y como un
infierno, como una temporada en el infierno, y donde se produce
el cuestionamiento de los valores y la postulación de valores
superiores; y la vida, finalmente, como la persistencia de la
memoria, ese sedimento del tiempo en el ser que se resiste a entregarse,
pero que de pronto se revela ante el poder de lo imaginario y
de la reflexividad.
Si Viaje
al amanecer es, fundamentalmente, un ámbito de asombros,
Regreso de tres mundos abre la escena de la reflexividad
para que confluyan las recurrencias más importantes de
la obra de Picón-Salas. El horizonte será
el de los libros donde el narrador tomará conciencia de
su destino de escritor. El acceso a la biblioteca se plantea de
este modo como un acto de iniciación: "Y te doy la
llave de ese cuarto y encausarás tus desordenadas fantasías".
Desde esta condición de escritor, desde esta perspectiva
reflexiva se plantean las diversas recurrencias, así el
planteamiento de la universalidad como rasgo central de nuestra
cultura, señalando la paradoja del hombre que debe avanzar
hacia la universalidad como el camino para lo que le es más
entrañable. Así dirá por ejemplo: "Nunca
Rubén Darío fue más colonial y más
hispanoamericano, que cuando pretendía ser más parisiense
y cosmopolita". Cosmopolita y autóctono, el escritor
de nuestra cultura se moverá entre esos dos extremos a
primera vista contradictorios: expresar lo propio con los signos
de lo universal. "Pensé desde entonces -señala-
que la misión del escritor de América estaba en
la capacidad de expresar esa naturaleza y ese enigma de sangres
mestizas (que todavía no acaban de juntarse con amor) que
es la de nuestra progenie latinoamericana". Como Bolívar
y Miranda, como Andrés Bello y Rubén
Darío, el escritor quiere descubrir, "a través
del universalismo europeo, su propio destino nacional o continental".
De este modo se propone replantear la compleja relación
entre el aquí y el allá, entre América y
Europa, diálogo necesario y roto, conflicto fundamental
de nuestra cultura y que en novelas estelares de las últimas
décadas en el continente, de Rayuela a Terra
nostra, de El siglo de las luces a Oppiano Licario,
es replanteado incesantemente.
Pero la vida,
como se dice al principio de Regreso de tres mundos, no
es sólo proceso de formación, sino también
proceso de destrucción. En oposición a este díptico
autobiográfico, una novela como Los tratos de la noche
(1955) narra el drama de una vida no en su proceso de formación
sino de derrota, de destrucción. Alfonso Segovia, el protagonista,
es el personaje del desengaño y de la orfandad, que se
desprende del imaginario enfermizo y oscuro de la infancia (presentando
otro envés de este ámbito de la vida) para, con
las aristas de su desengaño, tropezar con la historia misma
del país. Crítica al gomecismo feroz e inhumano
y a una generación, la del 28, que cambió la heroicidad
por la lucha burocrática por el poder, Los tratos de
la noche nos enfrenta con la otra vertiente del complejo drama
del vivir: la vida como travesía de lo oscuro y lo irrelevante,
el acontecer como sucesión de fracasos, el tiempo como
destrucción. Si las dos autobiografías se plantean
la exaltación de los valores, del hombre superándose
a sí mismo, Los tratos de la noche nos plantea, a pesar
de su final optimista, la vida desgarrada por una memoria oscura,
en perpetuo derrumbe por las silenciosas aristas del desengaño.
La narrativa de Mariano Picón-Salas, exaltación
de lo imaginario y de la reflexividad, de la vida como formación
y destrucción, nos presenta, ciertamente, una ética
(el hombre superándose a sí mismo, en la conciencia
irónica de la búsqueda de valores superiores), y
una estética, que tiene su primera expresión en
la conciencia de la escritura.
Víctor
Bravo. Ensayista