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Reflexión
Preguntas finales para una
poesía bullente
Una vez recorridos
con devoción poco menos de doscientos años de escritura
venezolana
en El coro de las voces solitarias, Rafael Arráiz
Lucca se interroga sobre la identidad de nuestra poesía:
"¿No estamos en presencia de una poesía que en
su modernidad ya se advierten rasgos posmodernos, y que acusa un
grado de madurez tan fresco como inconcluso
en sus posibilidades exploratorias?", señala el autor
en capítulo que hoy es posible adelantar
gracias a la Editorial Sentido, encargada de la pronta publicación
de la obra

Gerbasi,
Liscano, Ramos Sucre
y Sánchez Peláez
Hemos
llegado al final de nuestro viaje. Tuve el impulso de calificarlo
de largo, pero recordé que doscientos años, un poco
menos, no constituyen un período cuya dilatación pueda
calificarse como tal, sobre todo si comparamos nuestra poesía
con tradiciones de otras naciones. Sin embargo, no podemos olvidar
que nuestra palabra poética pertenece a la tradición
de una lengua milenaria que en su devenir experimentó el
accidente, vaya accidente, del descubrimiento de América,
con lo que ha venido a complejizarse y a ramificarse con una feracidad
sólo comparable, precisamente, con la naturaleza americana.
De allí que la primera pregunta que se alza en esta disquisición
final es la atinente a lo propiamente hispanoamericano y, dentro
de ello, lo particularmente venezolano. ¿Puede hablarse de
una sensibilidad propiamente hispanoamericana y, en consecuencia,
de una lengua que la expresa? Sí, ya desde la insurgencia
del modernismo se viene advirtiendo una sensibilidad hispanoamericana
característica; de allí que también pueda hablarse,
hoy en día, de una tradición, sin olvidar que esta
no excluye el universalismo que ha caracterizado a lo hispanoamericano
desde, precisamente, los tiempos del modernismo. De modo que eso
que podemos llamar "la sensibilidad hispanoamericana"
encuentra cuerpo en más de un siglo de singularidad, desde
que el modernismo le dio estatura.
¿Pero
acaso antes del Modernismo no se prefiguraba lo propiamente hispanoamericano?
Sí, pero ocurre que no había alcanzado su punto de
levadura, su florecimiento, aunque ya se advertían rasgos
modernistas en la poesía precursora de Pérez Bonalde,
como bien lo señaló Martí, no se manifestaba
propiamente una lengua, por más que se avanzaba hacia ello.
Lo hispanoamericano como patrimonio telúrico ya estaba presente
en la poesía de Bello, y lo estuvo en la de sus sucesores,
pero el florecimiento de una lengua propiamente hispanoamericana
sólo comienza a advertirse con el Modernismo, como ya lo
hemos señalado. Esto, conviene aclararlo, no implica que
la iniciación de una tradición hispanoamericana ocurriera,
también, con el Modernismo. En verdad, una tradición
comienza a tejerse desde antes de sus momentos de cristalización,
de inflexión positiva, de allí que toda la poesía
anterior al Modernismo explique la insurgencia de éste. No
hay manera de pensar en un florecimiento si éste no sienta
sus bases en sus antecesores; así lo reconocieron Martí
y Darío al celebrar el romanticismo hispanoamericano
en su vertiente inteligente. Además, si en una tradición
puede celebrarse la excelsitud, también hay que advertir
que los abismos por los que se ha precipitado también forman
parte, y cómo, de la experiencia que va fortaleciendo un
carácter, una historia. De modo que la tradición poética
hispanoamericana comienza a tejerse en las voces indígenas,
que luego se entrelazan violentamente con la voz hispana, en trescientos
años de conquista y colonización, y que luego encuentra
otro punto de inflexión principal en la creación de
repúblicas independientes en busca de su identidad nacional.
Esta historia, conviene recordarlo, parte de aquí, de la
confluencia entre el nacimiento de la República y los poemas
fundacionales de Bello, pero no olvida que el sustrato de
estos doscientos años posteriores está en los siglos
anteriores: los de la Colonia y los precolombinos. Vale decir: los
de la cultura precolombina y los de la cultura judeo-cristiana,
occidental.
Dado que un
corpus poético se teje, fundamentalmente, sobre la base de
un sistema de vasos comunicantes, es imposible pensar en la poesía
venezolana aislada, ya que es evidente que forma parte de un tejido
más amplio, en el que intervienen todas las literaturas nacionales
de ese vasto territorio poético que es Hispanoamérica,
así como recibe la influencia de poesías de otras
lenguas, de diversos tiempos y de distintas manifestaciones artísticas.
El cuerpo de la poesía, como sabemos, no es puro, es fruto
de tantas influencias como puertas están abiertas hacia la
pluralidad de las conciencias. No me anima, obviamente, la idea
de reducir la poesía hispanoamericana a un sistema de vínculos
entre islas nacionales porque evidentemente no es así, ya
que la lengua conoce diversas formas de diálogo y de relación
que ignoran las fronteras nacionales, como creo haber dicho antes,
pero tampoco se nos puede escapar que apelar a los linderos de las
literaturas nacionales nos ayuda a encontrar unos parámetros
de estudio, una estrategia de acercamiento, una focalización
que nos salva de la vastedad inapresable, aunque estos parámetros
no sean los únicos, ni sean las únicas estrategias
de acercamiento y estudio de los fenómenos literarios. Es,
como insisto en recordar, una estrategia más, que en el caso
de este ensayo se matiza, además, con el subtítulo
que lo acota: "una historia" señala que estoy lejos
de cualquier pretensión autoritaria sobre los hechos, simplemente
he escrito una historia de la poesía venezolana, que invita
a que surjan otras, que se ofrece como una historia interpretativa
y crítica, para el cultivo de la disidencia y el acuerdo.
No he asumido esta empresa con ánimo canónico, sería
inútil, ya sabemos que lo característico de todo cuerpo
vivo es su movimiento perpetuo, y difícilmente puede alguien
fijarle límites a lo que avisa un horizonte en eterna formación.
Ninguna poesía de las naciones hispanoamericanas presenta
rasgos que no se manifiestan en las otras como para hacer de ella
una isla; sin embargo, en algunas pueden observarse características
que se acentúan más que otras, con lo que en sus semejanzas
pueden advertirse matices que dibujan un perfil. En tal sentido,
creo haber precisado algunos rasgos en nuestra poesía que
la acercan a otras o que la distinguen, pero en ningún caso
mi afán ha estado dominado por el anhelo de hallar una singularidad,
obsesivamente, sino por la búsqueda del esclarecimiento de
los vínculos, de los diálogos, de las relaciones:
todo aquello que en nuestra poesía apunta hacia la formación
de un sistema en permanente relación con el afuera, y cuya
trama interior es caliente y dialogante: un cuerpo vivo, un cuerpo
que acusa una metamorfosis permanente.
El corpus de
nuestra poesía integra un tejido hispanoamericano que, como
vimos, se materializa en menos de dos siglos de efervescencia y,
en esa trama continental, la poesía venezolana ha tenido
momentos de diversa índole. Si con la poesía de Bello
aportamos a lo hispanoamericano su primera fuente definitoria, y
en el caso venezolano su roca fundacional, no siempre nuestro aporte
al tejido ha sido principal. Largos años de romanticismo
secundario, cuando no de neoclasicismo retórico, tuvieron
que pasar para que la poesía de Pérez Bonalde
surgiese y fuese tenida como un valor continental. Luego, el Modernismo
contó con cultores de valía, pero en un momento en
el que los fundadores hispanoamericanos de este movimiento ya habían
cerrado el círculo, es el caso de Arvelo Larriva,
no así la situación de los narradores modernistas
venezolanos que sí hicieron sus aportes en el momento preciso.
La vanguardia nuestra fue, también, tardía en relación
con otras insurgencias continentales, y también moroso fue
el descubrimiento de Ramos Sucre como uno de los poetas fundamentales
de la lengua.
Circunstancias
históricas que no es el momento de ventilar hicieron de Venezuela
un país al margen de muchos acontecimientos poéticos
(y de diversa naturaleza) decisivos durante las primeras tres décadas
del siglo XX, por más que el aporte de la Generación
del 18 haya sido fundamental, y en ella se inscriban los nombres
y las obras de Ramos Sucre, de Paz Castillo y Enriqueta
Arvelo Larriva. El tejido de nuestra poesía se enriquece
notablemente a partir de la aparición del grupo Viernes,
y en particular de la poesía de Gerbasi, que luego
encuentra continuidad, en su modernidad, en la obra de Sánchez
Peláez, en aportes de Liscano, y en la obra de
la llamada generación de los años sesenta, momento
en el que la poesía venezolana no sólo sintoniza con
su tiempo histórico sino que comienza a caminar hacia la
riqueza de los años posteriores.
Lo anterior,
como apretado resumen, y los capítulos que anteceden a esta
mínima reflexión final, nos llevan a afirmar que la
poesía venezolana forma un corpus, que integra una tradición
que se resuelve en una trama continental, que a su vez forma parte
del vasto y variopinto océano de la lengua española.
Si el terruño, el gentilicio y la comunidad histórica
son base del sentimiento de pertenencia a una patria, también
encontramos patria en la lengua común. ¿No estamos
-a diferencia del primer capítulo de esta historia, cuando
no hallábamos signos de un sistema, de un corpus poético
colonial- en presencia de una poesía viva, bullente, que
comienza a reconocerse en un vasto campo de relaciones y que, sin
embargo, algo la matiza y la individualiza? ¿No estamos en
presencia de una poesía que en su modernidad ya se advierten
rasgos posmodernos, y que acusa un grado de madurez tan fresco como
inconcluso en sus posibilidades exploratorias? ¿No es evidente
que la combinatoria de nuestra poesía está lejos de
haber agotado sus alternativas y, por el contrario, avanza hacia
zonas tórridas donde es mucha la siembra y el cultivo que
espera por nosotros?
(Capítulo
del libro El coro de las voces solitarias / Editorial Sentido,
2000).
Rafael
Arráiz Lucca. Ensayista y poeta
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