Libros, Lecturas y Lectores

Criaturas verbales de Milagros Socorro

Los textos que construye Milagros Socorro en las Criaturas verbales (libro de crónicas
a ser publicado por Angria Ediciones en fecha próxima) son para
Ana Teresa Torres "el trazado mínimo de una autobiografía". Una escritura hecha "desde el cuerpo, desde su historia íntima, desde su identidad de género", que la emparienta con Ida Gramcko, Miyó Vestrini y Elisa Lerner, tanto por el desparpajo para decir como
por la agudeza para leer un país


Foto: Eduardo Gamondes
Milagros Socorro traza "su genealogía femenina en la geografía de su rostro"

Me preguntaba cómo definir el tema de este libro, intentando cercar algunos límites que lo presentaran al lector, y, persistentemente, la autora misma se imponía antes que cualquier otra consideración. ¿Cuándo conocí a Milagros?, trataba de recordar. El paso de una casi tímida escritora novel en algún evento literario, la llamada acuciante de una periodista que solicitaba un artículo, la voz desenfadada de una entrevistadora, la conversación rápida y de matizado humor en alguna reunión, todas ellas eran imágenes que intentaba poner en orden sin éxito. Milagros Socorro tiene una presencia indiscutible y no requiere de introducciones, me dije, pero como suelo ser fiel a mis intuiciones, volví a las Criaturas verbales desde otra perspectiva, la de ella misma. En estos textos, pensé, Milagros se acerca a muchas orillas pero escribe el trazado mínimo de una autobiografía; quizá mémoire sea un término más exacto. Y en el desorden de recuerdos, llegó un intercambio de libros que hicimos tiempo atrás: Carolyn Heilbrun contra Judith Barrington, pienso. ¿Por qué Milagros estaba interesada en el tema de la mémoire autobiográfica? ¿Por qué supuso que yo lo estaba? Aquí viene el nudo a enlazarse, la tela de araña que, a falta de mejores canales, une a los escritores de este país, encuentra un punto de contacto y teje otra celda. Ahora me toca a mí aproximarme a la criatura verbal que es. Porque sin duda, quien conozca a Milagros Socorro, sabrá que en la oralidad cotidiana no deja de escribir. Pero pasemos al libro.

"El periodismo como género literario" fueron notas leídas para algún foro en el que probablemente se esperaban teorías y expansiones discursivas, mas he aquí que Socorro decide hablar de sí. Y no contenta con su elección, circunscribe el tema a su cara. Elige trazar su genealogía femenina en la geografía de su rostro, en las marcas de la piel, la conformación de las facciones que remiten a la historia de mujeres de distintas procedencias y que reúnen, entre todas, lo que podríamos llamar el perfil de una cierta identidad, si no fuera porque la palabreja puede ser esquiva. Digamos, más bien, que la escritora se construye y como andamio utiliza las cualidades atribuidas a las mujeres de las que desciende. Concluye ella -no yo- que "el periodismo es la opción bastarda de la escritura… mil veces conversa, otras tantas mestiza… bajo cierta mirada, hermosa; otras más, amulatada". Sobre todo me gustaría subrayar esta afirmación: "Mi cara es, pues, el género". Quiere decirse, o en todo caso, superpongo, que construye su escritura desde el cuerpo, desde su historia íntima, desde su identidad de género, y que desde allí mira, nos mira.

En cuanto a su mirada, no deja de ser Milagros Socorro una observadora perspicaz -bastaría leer, por ejemplo, "Enrique Palacios, un niño modelo" o "Escenas del Cafetal"- pero no nos llamemos a engaño. No resbalan sus ojos por el exterior de los personajes que, por oficio y vocación, debe entrevistar y registrar para la prensa; no trata de describir para nosotros sus lectores. Por el contrario, lo que hace con ellos es inscribirlos dentro de sí, dentro de lo que explica como "las muchas sangres vertidas en el texto". Las criaturas verbales, lo sabrán o no, dejan su sangre en la escritura de Milagros. Ella los mira y los compone desde adentro, desde su propia pasión aguerrida. Lo que tuviesen de vivos se transmuta en palabra y los diez minutos de gloria que desea todo entrevistado lo dejarán convertido en alguien que no cree, o ni siquiera quiere, ser; de todos modos, deberá aceptar que las razones de su notoriedad han quedado en cenizas y que ha alcanzado el honroso pero sospechoso lugar de la ficción. Ha pasado de "entrevistable" a pretexto literario.

¿Cuál es la verdadera diferencia con la composición de personajes de novela? ¿Qué novelista no aceptará que en sus páginas se reconocen todavía las huellas de muchas sangres? En algunos casos -los protagonistas de "Sopa de sangre en el desayuno", o de "Batallar en Carabobo", por citar dos ejemplos- trepamos por las vías de personajes que ni siquiera responden a un nombre. La mirada de Socorro los absorbe y los devuelve en pedazos de ficción. No sabremos si los vio o los supuso, si transitan por un cuento o por la calle. Se limita a demostrar que son altamente ficcionables y que a partir de un encuentro circunstancial, cualquier vida es un relato. Comenzando por la suya.

Sigamos, pues, con la lectura que anuncié al principio: el trazado de una mémoire. "El eco de la Sierra" es una de mis favoritas en el conjunto, pero si la autora quería que leyera una crónica regional está perdida, yo leo allí a una niña en el trance de contar su historia, su pequeña historia como lo son todas, su novela familiar, que continúa en "El mapa del tesoro". Escrita para celebrar algún aniversario de la Biblioteca Nacional, es un bildungsroman en diminuto. "Tenía entonces doce años y ya sabía lo que quería hacer en la vida: salir de mi pueblo y escribir como Charlotte Brontë, en ese orden". No me digan que no es la primera frase de una novela autobiográfica. Y es que Milagros Socorro tiene una gran elegancia de fraseo. Escuchen esto: "Estoy en el piso veinte del Hotel Habana Libre. He venido sola, a contemplar la ciudad a través de un vidrio, a salvo de los vientos, en silencio". Quería hacernos creer que "Postal de La Habana" era una inocente crónica de viaje, cuando es una manera de decirnos, de otro modo: He venido sola, desde la Sierra de Perijá, a decirles que no seré la hija de un vicario, pero eso no me hace menos escritora.

"Homenaje a Renato" es el complemento a una nostalgia seca y algo fúrica por una adolescencia en los confines de la frontera que cambió gustosa por el malestar de la ciudad. Un paseo por la memoria musical de varias generaciones. Una suerte de mirada compasiva por el país en su decepcionante pasado, que también encontramos en "El nuevo ideal nacional sonaba a guaracha", y que indica a todas luces su capacidad de dejarse penetrar por algo que, a falta de mejor expresión, llamaré el sentimiento nacional. Milagros Socorro, nacida en 1961, logra una crónica social de actualidad de los años cincuenta, demostrando así que tiene buen oído no sólo para la "salsa".

Pero, donde asume el género en todos los sentidos que la palabra contiene, es en "La venus del Cafetal", una de las joyas coleccionables. No sé si nos habla de lo difícil que es "aspirar a ser cuerpo y a ser libre" -para recordar a Silda Cordoliani-, de lo tortuoso que es subir el bulevar Raúl Leoni a trote y en licra, o de lo casi imposible que es ser clase media con la frente en alto y a ritmo de pulsaciones; probablemente es todo eso junto, y algo que sospecho se me escapa en la ascensión de una mujer corredora. Porque, sin duda, Socorro quiere que sepamos cuál ha sido su construcción como mujer. "Siempre quise ser un objeto sexual", aparentemente irónico relato de las múltiples obligaciones de una profesional contemporánea, no es ni más ni menos que un homenaje a la madre, que mientras le peinaba las "greñas irredentas" en Machiques, un pueblo en el que se veía muy mal la televisión, le inoculó un germen de libertad del que no pareciera poder recuperarse, y que probablemente tenga también que ver con un regalo que le hizo: Mujercitas. Esa novela de Louise M. Alcott se las trae. Leí en una biografía de Simone de Beauvoir que fue el libro fundamental de su infancia. Y ya es tiempo, puesto que de tradiciones hablamos, de comentar la que podría ser en parte la genealogía literaria de la autora.

De una manera de poner sobre la mesa temas de actualidad pero que se han colado entre las rendijas de lo aparatoso, saco el nombre de Ida Gramcko. De un tono de desparpajo para hablar de lo que a cualquiera le daría vergüenza, me viene obligadamente Miyó Vestrini. Y de esa capacidad privilegiada de leer un país en los mínimos signos de lo que parece la banal aventura de una tierra sin más leyenda que sus misses, su petróleo, y de cuando en cuando, sus revoluciones, Milagros Socorro refrenda con todas las de la ley a Elisa Lerner.

Celebro comprobar que de todas esas sangres vertidas en su escritura, surge un género que la autora define como "opción bastarda" y yo preferiría calificar de escritura.

Ana Teresa Torres. Escritora

N° 2 Aņo IV
Caracas, sábado 14 de octubre de 2000
 
 

José Saramago escribe
sin vendajes

(María Ramírez Ribes)

 
Ensayo
Aproximación al aburrimiento
(Teódulo López Meléndez)

Reflexión
Preguntas finales para una poesía bullente
(Rafael Arráiz Lucca)

 

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Criaturas verbales
de Milagros Socorro

(Ana Teresa Torres)

 

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Carlos F. Duarte, investigador persistente
Aportes documentales

(Juan Carlos Palenzuela)

 
 

 

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