Libros, Lecturas y Lectores

"EL COMBATE" DE EDNODIO QUINTERO

Una poética del vértigo

La oposición de mundos que se suceden: día-noche, sueño-vigilia, son parte
de El combate (Monte Avila Editores, 1999) de Ednodio Quintero, o de lo que Gregory Zambrano llama "la poética del vértigo". En estos catorce relatos vuelven a aparecer
la soledad, el sueño y el erotismo, obsesiones que desde siempre han acompañado
su escritura. El narrador postula así una forma de decir que "nos lleva por una
serie de pasadizos secretos" donde nos reconciliamos con "la certeza de la vigilia"


Fotos: Jorge Santos
Ednodio Quintero: escribir como conjuro o exorcismo

El combate, publicado recientemente por Monte Avila Editores Latinoamericana, reúne catorce relatos que sintetizan las grandes obsesiones que han permanecido como constantes en la narrativa de Ednodio Quintero: el sueño, el erotismo, la metaliteratura, el bestiario, el poder, la soledad; todo un minimalismo que lo ha convertido en maestro del relato breve en nuestro país. Este volumen reedita el conjunto que con el mismo título publicó la Universidad Nacional Autónoma de México en 1995, estructurado en dos partes, la primera, o Libro uno, contiene los relatos "Sobreviviendo", "El silencio", "El combate", "La caída", "Orfeo", "En la taberna" y "Caza", y la segunda, titulada Libro dos, también está integrada por siete relatos: "Laura y las colinas", "Amanecer en la terraza", "Rosa Mística", "Laura y el arlequín", "Las furias", "Sombras en el agua" y "Carta de relación". Precede el volumen una introducción, "Kaïkousé", que a manera de prólogo se muestra como un ars narrativa del autor, donde se pone de manifiesto no sólo una práctica de escritura sustentada ya por varios títulos, entre cuentos y novelas, sino el conjunto de recurrencias textuales que acercan la simbiosis vital a la creación artística; no casualmente, en la edición de El combate de 1995, este texto se titula "Fragmentos de una autobiografía. Ars narrativa". En él puede leerse: "¿Debo confesarles que para mí, vida es sinónimo de escritura?".

Al titular esta nota como una poética del vértigo estamos postulando una forma de decir (de escribir) que tiene un ritmo acelerado, una pulsión que sacude de manera frontal todos los sentidos y nos lleva por una serie de pasadizos secretos o, mejor, por un interminable laberinto donde finalmente encontramos un acto de reconciliación con la certeza de la vigilia. La oposición de esos mundos que por naturaleza se suceden: día-noche, sueño-vigilia, tiende a la confusión intencional de los espacios donde las significaciones se enriquecen. Vértigo como movimiento acelerado y como superposición de planos en rápida sucesión.

Leyendo los relatos de El combate no puedo dejar de recordar Los sueños de Akira Kurosawa, especialmente el "Sueño de los escaladores de la nieve", en el que la respiración agitada de los personajes se refleja en la del espectador; así en relatos como "El combate", "Caza" o "Las furias", donde se confunde la lectura con el ritmo agitado de la narración que, trasmutado al espectador-lector, nos deja la sensación de estar viviendo una especie de asfixia simultánea.
También la narrativa pura; es decir, el acto de la narración por la narración misma, se hace presente en varios de los relatos, con una gran economía de recursos, que ponen en el tapete de la narrativa breve venezolana el nombre de Ednodio Quintero como uno de sus más consecuentes cultores.

Claves para la lectura
"Yo había enflaquecido", "Yo había perdido toda esperanza…" La presencia de ese yo enfático en algunos de sus relatos, "también en su ars narrativa: 'Yo nací en un lugar agreste de la alta montaña'", nos mueve hacia los hilos de una de sus más singulares aventuras narrativas, como es el caso de "El rey de las ratas", donde la inevitable e inocultable presencia de Ramos Sucre sirve como puente no sólo con una tradición fantasmagórica, alucinada y sufriente del yo lírico que se expresa en la narración, sino también con sus propias y consecuentes obsesiones. Podríamos advertir que existe una especie de obsesivo circular en sus relatos, que muestran diversas maneras de ver y de asumir ficcionalmente mundos a veces disímiles entre sí, como los de las historias escritas y conocidas en la tradición literaria, y el propio imaginario que se desprende de ficciones alucinantes y paradójicas.

Y qué es lo que hace la literatura sino conciliar, o por lo menos poner en diálogo, mundos aparentemente lejanos pero que se intercomunican a través de sus trazas culturales. La historia sirve como soporte a ese contacto de lenguajes donde confluyen (como una especie de fuerza fluvial) grandes mitos de la tradición occidental; así Helena de Troya u Orfeo, redivivos y redimensionados en un lenguaje que nos habla de los nuevos problemas y las nuevas obsesiones de los tiempos posmodernos. Hay bastante humor, bastante risa como para no pensar en el lenguaje que vuelve a sí mismo de manera autorreflexiva. En ese camino hacia su ars narrativa, Quintero establece el pacto con el lector al confesar explícitamente sus padres tutelares, para dar continuidad a las interrogantes de por qué y cómo la literatura se ve a sí misma ante un espejo, escarba con sus propias uñas y descubre el palimpsesto que engendra su nueva naturaleza.

Conciencia de la escritura y autorreflexividad
En los distintos relatos se juega al develamiento de las claves de la escritura, la alusión explícita al artificio verbal que da cuenta del ordenamiento o disposición de los elementos narrativos mediante estructuras dadas (forma epistolar, diario, pensamiento "en voz alta", etcétera) y un marcado entrecruzamiento de autores y obras, códigos culturales que proponen una lectura dentro de una tradición occidental, explícita la más de las veces, y en franco diálogo con las propuestas del narrador en el sentido de crear puentes para la búsqueda de significaciones, en muchos casos construidas sobre la base del humor, la ironía y los juegos paródicos.

Cuando la propuesta va en el sentido de construir espacios atemporales, bien puede el lector encontrarse con aquellos que en los cuentos tradicionales daban forma imaginativa a una "lejana comarca", que bien puede relacionarse con los mundos alimentados por la herencia de los cuentos infantiles, pero esta vez cargados de elementos fantasmagóricos, no siempre encantatorios sino angustiosos, donde priva la confrontación, el cuerpo fragmentado, el incesto, la muerte. Son mundos caligrafiados en el borde de la pesadilla. Por esa razón el onirismo juega un papel importante en la construcción simbólica de la mayor parte de los relatos.

Allí están para corroborarlo Kafka y Poe, Borges y Ambrose Bierce, Camus, Cortázar y Marcel Schwob. En ellos fueron constantes las grandes obsesiones del hombre por tratar de expresar con palabras sus propias angustias, o bien como lo asume el mismo narrador cuando se cubre con el escudo de W. B. Yeats (¿o Robert Musil?) para decir: "Empezamos a vivir cuando concebimos la vida como tragedia". También William Blake es convocado a este acto de afirmación: "el que desea y no actúa engendra la peste". Escritura como acto de exudación, como despojo (¿actuación?); es decir, como conjuro o exorcismo, para ratificar que cada obra literaria inventa su tradición y la trasciende.

Gregory Zambrano. Poeta y ensayista



"HOMBRE AMERICANO A TODO COLOR"

Releer a Marta Traba



Foto: Enrique Hernández D'Jesús
Marta Traba se rebeló ante el poder cultural de turno

Un accidente de aviación costó la vida a Marta Traba en noviembre de 1983. Desde entonces, ha pasado un tiempo prudencial para volver a leer su obra, meditar de nuevo sus planteamientos, valorar, tomar, estimar o dejar aspectos de su legado escrito. Pasado el tiempo, ahora podemos saber bien lo que fueron sus visiones, sus textos oportunos, su sentido histórico, sus firmes nociones estéticas y sus frases, algunas caducas y otras aún vigentes. En todo ello pienso al leer Hombre americano a todo color, editado por el Museo de Arte Moderno de Bogotá, 187 páginas.

El libro está formado por ensayos publicados en diversos periódicos por Traba y reescritos por ella misma para una edición, según advierte una noticia en primera página, que debió aparecer en Caracas en 1975, la cual nunca llegó a realizarse. Aunque desconocemos por qué la autora no logró la publicación de su libro en 1975, cuando estaba residenciada en Caracas, no es difícil imaginar una de las causas: su valor crítico, la profundidad de su pensamiento, su nula complacencia con el poder cultural de turno, su ironía, su contexto americano, la transmisión de la emoción estética y la posibilidad -su voluntad- de transmitir la vivencia artística; es decir, su propia escritura, tan elegante, tan culta, con tanta carga teórica y a la vez polémica y comprensible.

Una parte importante de la vida y obra de Marta Traba tuvo lugar en Caracas a lo largo de los años setenta. Caben tres comentarios sobre su columna de prensa: 1- las primeras, publicadas entre 1972 y 1973, fueron reunidas en Mirar en Caracas (Monte Avila, 133 páginas, 1974); 2- la crítico se proponía mirar al artista latinoamericano y debatir a partir de su obra: la discusión será el signo de su escritura, y 3- tanto escribió y tanto polemizó, que en un momento dado decidió apartarse de la crítica: entendido por este gesto, no continuar con la presencia semanal, regular, de una columna cuya obligatoriedad le hacía sentir una tiranía insoportable.

Hombre americano a todo color lo conforman quince ensayos sobre artistas del continente, de signos figurativos, quienes, a la vista de pocos años, constituyen referencias extraordinarias: Cuevas (México), Abularach (Guatemala), Morales (Nicaragua), Caballero (Colombia), Szyszlo (Perú) principalmente, y los venezolanos Richter y Borges.

Hay capítulos que admiramos por el valor del discurso, por la categoría de su argumentación, aun cuando el sujeto escogido no llene las expectativas; tal es el caso del escultor venezolano Prada. Así mismo, resulta difícil comprender su entusiasmo por la obra del argentino Polesello, cuando se recuerda su animadversión por la de Soto, que tiene mayores méritos; así como es exagerada su comparación referencial entre Polesello y Gego, puesto que el sureño permanecerá en el truco de lo visual.

Marta Traba creía en "el destino de la pintura como testimonio sobrehumano", así como certificaba que en su momento -los setenta- la época había hecho de la banalidad su principal consigna. Esas dos observaciones, entre tantas otras que se pueden encontrar en el libro, sintetizan un debate controversial, un proyecto (¿inconcluso? -más bien: abierto-) de la cultura que vamos siendo.

Juan Carlos Palenzuela. Crítico de arte

N° 67 Aņo III
Caracas, sábado 12 de agosto de 2000
 
 
 

Creación
La fortaleza del río está en su hondura
(Elizabeth Schön. Poemas)

Preguntando a los poetas
El carpe diem de Rafael Castillo Zapata
(Adrana Gibbs)
Apuntes
Una calzada en el desasosiego
(Miguel Márquez)

Libros, Lecturas y Lectores
Una poética del vértigo
(Gregory Zambrano)

Releer a Marta Traba
(Juan Carlos Palenzuela)

 
 
 
 
 
 

 

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