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Apuntes
Una calzada en el desasosiego
Palabras que
seducen a la vez que laceran y sacuden la conciencia, las de Juan
Calzadilla descubren para Miguel Márquez "aquello que
no queremos ver pero que forma parte de nosotros". Es así
que Notario al garete (Ediciones Poesía, 2000) deja escuchar
una voz "nacida desde la violencia, a la que encarna, a la
que es devota, a la que cabal y psíquicamente expresa",
y crea una "plural y concentrada meditación que nos
aguza con argumentos puntuales,
con sarcasmos, con humor negrísimo"

Foto: Anabell
Guerrero
Calzadilla
"sobre, en y desde, la ciudad infame"
Calzadilla
ha optado más bien
por enajenarse (en el sentido literal
del término): ser lo otro, ser en el otro,
ser esa otredad que llamamos ciudad
Antonio López Ortega
Juan Calzadilla
es un caso difícil. Digo dificultad no por lo poco tratable,
que lo es en mucho, sino por el trabajo que exige, por la laboriosa,
paradójica y concisa interpelación que su lectura
pone en marcha. Me gustaría, por ejemplo, escribir lo que
sobre su poesía digo con una sucesión cercenada de
puntos, de caídas repentinas en las frases, de ruegos y ruidos
entrecortados. El puñal, en su escritura, no es un invitado
metafórico más. Agarra cancha, se acomoda en el diván
luminoso del margen, en la extravagancia sugestiva de los difuntos,
de los infinitos ecos del subsuelo, en esa incómoda franja
de la inteligencia que pule y hiere, que no le deja a la tranquilidad
un noble recuerdo entre los álamos, entre los poemas. Quiero
decir: su poesía me cuesta y me seduce. Costo por lo que
tiene de anti, de contra, de negativa, de batracio. Me vuelvo a
explicar: no quiero para mí, para la manera en que me relaciono
con los versos, lo que él entiende, ni lo que concentran
sus palabras en la noche del espíritu. Pero sus palabras,
con su argumentación incisiva, irónica, y lacerante,
resultan, como los diálogos indispensables, compañeras
resonantes en el descenso al infierno real, el de la conciencia.
Una exaltada sacudida interior me descubre con sus libros en la
mano como un ajuste de cuentas con aquello que no queremos ver pero
que forma parte de nosotros, a manera de sombra inevitable, de sobra
en el legado abundantoso que queremos regalar y ahora resulta penoso,
de desperdicio insistente en la aureola, sí, la aureola todavía
y pese a todo, de los poemas.
Digo, pienso,
escribo: estos garabatos de un sobreviviente poco agradecido me
dan rabia porque muerden en la creída consistencia de un
mundo que parecía, al menos para nosotros, tan líricos
y encantados y como encantadores, de piedra. Su poesía cala
en la desintegración, jamás en la coordinación
anatómica de la vida vivida como razón emblemática
de la sabiduría, de la poderosa constitución de un
cuerpo, de una manera asumida, integralmente, con lo alto y con
lo bajo. En su poesía el relativismo es perverso, goza de
la desposesión y, miríada de mariposas impedidas,
de la ausencia y del concentrado énfasis. Su descreimiento
es progresión de multitudes sin cordón umbilical,
variopinta dispersión de morbosidades. Morboso, por lo que
tiene de obstinado, de insistente latido, de arruinada fiesta. Hace
reír y lamentar. No sabemos jamás dónde está.
Una mirada que nos mira y se mira y se repite infatigable y angustiantemente,
para quien lo lee, ante los espejos que lo imantan y donde se siente
al parecer, su poesía, tan bien.
Añicos
y pulsaciones, restos e intensidad, polvo pensante que se reparte
en diminutas porosidades, en trozos, en pedazos, en pólipos.
Cada vez, cada voz, cada palabra, hunde su miseria y su distancia
como por arte refinado de la herida, como burla. Esta poesía,
esta jauría, nacida desde la violencia, a la que encarna,
a la que es devota, a la que cabal y psíquicamente expresa,
sabe más y sabe menos de lo que se propone, pero está
allí, con su extraviada precipitación de los vocablos,
con la dislocada paciencia para desarmar el rompecabezas, para minuciosamente
construir un festín residual, emborronado y preciso.
Es consistente
el poeta; le encanta la interrogación que hace con su presencia
una figura filosa, aguda, punzante. Y además, revólver
en mano, sonríe. Arma su lanceolado laboratorio frente a
los ojos enfebrecidos; ante la densa oscuridad, él, sus páginas,
para oponerse a la atención memoriosa e ingenua, y acabar
de un trancazo con la seguidilla de la inspirada confianza, de la
retahíla bienhechora, a la que creíamos tan nuestra.
Escepticismo,
pienso, distancia. No cree en nada, al parecer, pero sentencia desde
la observación escatológica (de éskhatos,
último, relativo a los muertos), desde una mirada estrábica,
siempre con un ojo en el submundo, y hace del tiempo una metáfora
muda y ensordecedora. Su contención abruma, carcome, pero
es intenso su pliego, su despliegue de refractantes identidades
que traman su razonado abismo.
Callo y leo,
me demoro en los ángeles rasgados y regados por el piso de
mis más queridas anunciaciones, en los ángeles rotos,
de brutal cerámica, de bruto escalofrío. Creo que
pocos, como él, han logrado a la ciudad como sujeto, como
parlamento esquizofrénico. Al leerlo entramos en conciencia
del sol ciego, del epitafio proyectado, de la impureza perfecta
de las palabras y de la muchas veces complicada y tan poco atractiva
condición de los poetas. Aquí la vanidad se ve, escudriñada
y sacudida, por un ojo implacable. Aquí el grito, el disparo,
la parábola; razones para boquear y no sentir orgullo, sino
una propia, sustantiva confianza en la desesperación ascética,
en la rebelión exacta.
Esta
última y prolongada estación de Calzadilla
sobre, en y desde, la ciudad infame, y vuelta deslegitimación
radical del poema, crueldad sin asidero, aforismo preciso, me parece
uno de los homicidios o suicidios -no lo sé- más significativos
de la poesía actual venezolana. Una poesía que invalida
lo que a su paso encuentra como entendido y resabido corazón,
y crea, desde la insomne sospecha y la duda como Ariadna rigurosa,
una como anónima, plural y concentrada meditación
que nos aguza con argumentos puntuales, con sarcasmos, con humor
negrísimo. Sus poemas dan fe de la ausencia ontológica,
y muestran, tripas de par en par del desasosiego, esa falta de sujeto
y de crítica de la razón poética que en el
jardín de nuestras letras, donde hay tanta rosa jactanciosa,
poco, y aquí de manera magnífica, prolifera.
Esta actualidad
de su registro ha sido recibida y celebrada, leída en países
como Colombia y Argentina, donde goza de una audiencia de buenos
lectores cada vez mayor, cuestión que nos lleva a especular
que en los contextos donde la violencia y la dureza de la vida cotidiana
son tan contundentes, sus palabras pudieran leerse a modo de una
respuesta que dialoga de tú a tú con esas poderosas
fuerzas. En todo caso, lo cierto es que esta edición de Notario
al garete (Universidad de Carabobo, 2000) confirma la vigencia
y la validez de una obra que trasciende el mapa geográfico
de la pequeña Venecia, y consolida, asimismo, la lectura
que hacemos en el país de uno de nuestros vates que insiste
en no dejar liso y quieto el muro de cristal de las buenas maneras.
Miguel
Márquez. Poeta y ensayista
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N°
67 Aņo III
Caracas, sábado 12 de agosto de 2000
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