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Reconocimiento
Palabras
para un premio
Sorprendido gratamente
por el Premio Nacional de Lingüística y Literatura 1999, que le
otorgasen en México, Alejandro Rossi ofrece un discurso que trasluce
su profundo respeto por el reconocimiento que brinda el Estado mexicano
a las artes y las ciencias. Para él -llegado a ese país a principios
de 1951- un Premio Nacional crea la ilusión de que algo se ha hecho,
y ello rebaja -dice- "la sensación de nadería que nunca me ha dejado"

Foto: Vasco Szinetar
Ejercer la libertad es entrar en la región
de la creatividad, señala Rossi
Señoras y señores:
Lo primero que debo hacer es agradecer que me hayan concedido el
Premio Nacional. Y declaro de inmediato, de la manera más
llana, que estoy encantado. Imagino que todos los premiados comparten
esta alegría. Yo lo acepto con profunda gratitud, lo acepto
con plena conciencia de lo que vale y no haré ni melosos
aspavientos de falsa humildad ni ridículos cacareos acerca
de los dioses que, siempre distraídos en sus eternidades,
al fin me han hecho justicia. No, no, les aseguro que no es así.
El asunto es más serio y más amplio. Se trata de que
el Estado y el Gobierno piensan que determinadas actividades son
dignas de estímulo. Los premios individuales serían
el eslabón final de una larga serie de apoyos. En efecto,
conceder premios sin haber colaborado en la creación de condiciones
propicias para cultivar esas habilidades y disciplinas, sería
un simulacro. Sabemos que no es el caso. Es necesario reconocer
-aunque algunos tuerzan la boca- que el Estado ha sido el más
importante promotor de las artes y las ciencias en México.
La presencia en estos campos de las fuerzas económicas privadas
-indispensable en una cultura balanceada y democrática- es
relativamente reciente. Recibo, pues, este premio después
de haberme beneficiado de una serie de facilidades cuyo origen está
en la decisión cultural del Estado mexicano. Llegué
a México en edad universitaria y en la Universidad Nacional
Autónoma de México me he quedado la vida entera. Ha
sido el ancla y el refugio, un territorio -hoy malamente expropiado-
que me lo dio todo: los maestros, los amigos y el trabajo. Honor
a ella. Pero también hay otras instituciones: El Colegio
de México -Alfonso Reyes, uno de nuestros magos, tuvo
la cortesía de concederme una beca- y ahora, en estos años
mayores, el famoso Colegio Nacional me abrió la casa de Donceles.
No debo, pues, quejarme, si acaso sorprenderme de que el muchacho
que llegó a México a principios de 1951, sin conocer
a nadie, esté hoy aquí. Un Premio Nacional crea la
ilusión de que algo hicimos y tal vez sea este el regalo
mayor, pues rebaja un poco la sensación de nadería
que nunca me ha dejado.
No olvido al
Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, una invención
que ha resultado utilísima para la vida literaria de México.
Fue una apuesta audaz: una suerte de mecenazgo responsable ejercido
con impecable respeto artístico y sin una pizca de intervencionismo
en nuestras actividades. La variedad política de todos nosotros
y la diversidad de nuestras conductas públicas es la mejor
prueba de ello. Suponer lo contrario me parece injusto con los artistas
y también con los funcionarios culturales. Juzgar una imposibilidad
el trato honesto y libre con el Estado es, en el momento actual,
un fanatismo injustificable. La literatura mexicana, nadie lo negará,
ha gozado, en esta última década, de una envidiable
vitalidad y, por cierto, no es nada apática en la crítica
social o política. El proyecto de apoyo hubiese podido, es
verdad, salir mal, lo cual simplemente habla de la falibilidad de
los actos humanos, no de una objeción de principio. Las cosas
han salido notablemente bien y esto es insoportable para algunos
observadores que, con fea arrogancia, nos califican casi de siervos
del Poder. México es, para ellos, un enigma incomprensible,
cuyas soluciones, si las hay, lejos de alegrarlos los indignan.
La reacción clásica del dogmático cuando la
realidad no lo obedece.
El escritor,
sin embargo, debe estar alerta. No sólo ante los peligros
de un autoritarismo descarnado. Pienso, más bien, en otro
asunto: en que un escritor, si algo importa, nos presenta una versión
del mundo que, por definición, es singular y única,
lo cual no es lo mismo, por supuesto, que un inaccesible lenguaje
privado. La vida pública y política, en cambio, está
obligada -a riesgo de ser el sueño de un demente- a moverse
entre coincidencias y unanimidades. Son dos maneras distintas de
comportarse con el mundo y reflejan, me parece, diferencias más
radicales y permanentes que las oposiciones y luchas ideológicas.
El destino de un escritor es caminar más o menos solo y su
trabajo es en su cuarto (o en un café, si le gusta mirarse
en el espejo), no en los pasillos o en las cenas bravas donde se
trama la política, menos aún en las plazas multitudinarias.
Que piense la política, que la observe, pero que no se acerque
demasiado a ese juego necesario y fascinante. Horacio, creo
que con toda prudencia, se negó a ser secretario de Augusto
y así, paradójicamente, inmortalizó al emperador
y a su época. Es más fácil decirle que no a
un gobierno enemigo que a uno amigo.
En estas fechas,
no me es posible hablar en público y soslayar el tema de
la Universidad Nacional Autónoma de México. Hay una
gran perplejidad ante la situación de la Universidad: un
problema que al comienzo parecía relativamente menor, se
ha convertido en una gran catástrofe. Estamos frente a una
comunidad académica dividida y, en su conjunto, peligrosamente
estupefacta. Hay, en efecto, una gran confusión entre política
y vida académica. Las indispensables jerarquías académicas
suelen confundirse con una política elitista o derechista;
cualquier intento de afinación académica se interpreta
como una exclusión y una injusticia social. La imaginación
universitaria está paralizada entre la vocación social
y las exigencias académicas. No hay convicciones compartidas
sobre este difícil dilema. Como tampoco hay convicciones
compartidas en relación al gobierno interno de la UNAM. Algunos
pensamos que es quizá posible ampliar una participación
graduada, pero también están los que anhelan una comunidad
de iguales, una extraña cocción de comunismo primitivo
y temblores religiosos. Estos problemas, estoy convencido, se han
enconado por el exagerado tamaño de la Universidad y por
la falta de homogeneidad en su población. Varias universidades,
legítimas todas pero de propósitos distintos, conviven
en una sola. No me cabe la menor duda de que la Universidad reclama
una nueva y original distribución de sus partes. Más
aún: debemos volver a pensar los conceptos básicos
de la Universidad. La urgencia de un cambio no debe ser causa de
angustia. No es tiempo de lloriqueos ni de rasgarse las vestiduras
como si la Universidad fuese una diosa mancillada. Tampoco es el
momento de abismarse en reflexiones melancólicas sobre la
condición humana. Me parece, por el contrario, que es una
tarea formidable y que para los universitarios es una oportunidad
histórica extraordinaria, no una cruz que deban cargar entre
suspiros y lamentos. Hay que estar a la altura.
Lo apremiante
es encontrar una zona de pensamiento que nos permita razonar en
común sobre la Universidad. No es fácil, es problema
muy complicado. El pensamiento, lo sabemos, está contaminado
de historia, aunque también es verdad que pensar es ser consciente
de esos condicionamientos: pensar es intentar que no nos devoren
las pasiones políticas, las hipotecas ideológicas
o las estrategias de los bandos y partidos. Hay que buscar esa zona
de luz.
Nos conviene
ser optimistas, si por ello entendemos no una complacencia interior
o la confianza boba en un destino benéfico. El optimismo
es la decisión de hacer algo. Optimismo es creer que podemos
alterar las circunstancias. Es creer en el tiempo histórico,
es aceptar la dimensión de futuro. Hay riesgo, claro, hay
incertidumbre, pero esa es la índole de las empresas que
se proponen inventar la realidad, la artística, la social,
la teórica. Crear algo es una aventura por esencia desamparada,
sin garantías. Cuando nos decidimos, se abre el espacio de
la libertad. La libertad es la que nos permite romper con los destinos
heredados. Ejercerla es entrar en el territorio del desamparo, la
región de la creatividad.
Hace años,
hace muchos años, en una casa de la Ciudad de México,
Rómulo Gallegos me preguntó si conocía
yo algún escritor nuevo que él debiera leer. Le respondí,
sin titubear, que sí: había un nuevo libro, El
Llano en llamas y su autor era Juan Rulfo. Lo apuntó
en una libreta y murmuró: "mañana se lo pido
a Orfila". Es un ejemplo de literatura en movimiento, de tradiciones
que se encuentran, de diseminación de la palabra. De eso
se trata: diseminar la palabra. Eso es la literatura, semillas para
un himno.
Muchas gracias a todos.
Alejandro
Rossi. Escritor venezolano-mexicano
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N°
61 Año III
Caracas, sábado 01 de julio de 2000
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