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Libros,
Lecturas y Lectores
UNA NOVELA DE
STEPHEN MITCHELL
Encuentros
con el arcángel
Para Stephen
Mitchell no es difícil despertar el interés del lector:
su libro
En contra de los ángeles suscitó polémica
en Norteamérica. Ahora, Encuentros
con el arcángel, novela que, a juicio de César
Seco, "viene a ser algo así como la contraparte"
del anterior, "va de mano en mano". No es para menos:
relato provocador, desmitificador, que "habla
de reencarnación y de muchas palabras suprimidas en
la Biblia", apunta Seco
Circula
un libro desmitificador -dicen que va de mano en mano y debe ser
por lo que tiene de provocador. La experiencia de la manifestación
del espíritu en el hombre, eso tan caro a la mística
de todos los tiempos, eso que la New Age ha pretendido usar
como mera información esotérica, en este libro alcanza
el acto puro de la creación artística y, a la vez,
el acto crítico del despertar de la conciencia.
El libro en
cuestión (novela-relato poético-discernimiento espiritual),
viene a ser algo así como la contraparte de otro (En contra
de los ángeles) escrito anteriormente por el mismo autor
y que suscitara polémica en Norteamérica: "fue
alabado por la gente equivocada y condenado por la Iglesia católica",
dice de entrada. El autor, habiendo previamente vivido la extradimensional
experiencia del encuentro con el arcángel Gabriel, se anima
a ficcionarla en la figura de un profesor universitario, como el
iniciado que en verdad es, indagando en los pormenores que lo han
hecho ir en dirección de tal hecho, iluminador en todo caso,
de reconocerse como un hombre muchas veces extraviado y, otras,
atento: ha estado dando vueltas alrededor de un todo que lo rebasa,
pero a cuya verdad nunca ha renunciado y al que el ángel
se le aparece.
Pero, ¡vaya!,
no hay mensaje, no es un ángel demagogo u oportunista: "Simplemente
aparecemos como el reflejo de la conciencia de una persona"
-en el diálogo lo dice el arcángel. La escala en el
tiempo nos hace atisbar a Abraham, a Job, pero igualmente a David,
el maestro elegido: "La experiencia de Dios puede ser algo
extático. Pero también puede ser devastadora. Nunca
se sabe". Otra vez el hombre interrogado por Dios: "No
puedes ver el rostro de Dios sin morir. ¿Estas preparado
para morir?". Se accede por un camino que nos es dado a cada
quien recorrer. El camino divinamente guiado, en verdad, lo es también
humanamente trazado, y es el que Stephen Mitchell, elige
en su libro -subtitulado además, irónicamente, Una
comedia del espíritu.
Sabemos así
que el punto de partida del relato de Mitchell es ubicable,
dado por éste al lector. No obstante, en las páginas
que siguen a la inicial ya no sabemos a dónde nos conducirá,
porque de alguna manera al lector (mejor si ha tenido una experiencia
similar) se le dará la opción de hacer su propio recorrido.
Porque en este libro, como en la realidad, los límites sólo
están para crearlos y destruirlos.
¿A qué súbito convoca pues el aparecer de un
ángel? Nos preguntamos cuando ya hemos andado en sus páginas.
Ningún razonamiento lógico nos lo va a decir y quizás
lo más justo sea reconocer al ángel -esa alada figura
que representó con un lirio en la mano la pintura del Renacimiento,
que una vez creímos asexuados, pero también la secreta
posibilidad oculta que sea nuestra propia manifestación en
otro plano- como bien lo hace Mitchell al presentarnos al arcángel
al inicio. Sólo que, por igual, éste, el narrador
y nosotros mismos (como lectores) nos iremos transfigurando en la
escritura, y como le ocurre al personaje principal, es posible que
terminemos sorprendidos no por la belleza del ángel sino
por su desnudez: no es hombre, no es mujer, es un ángel y
será lo que tú quieras. Se trata en realidad de una
comprensión del espíritu más elevada, sin reducciones,
que permite preguntarnos: "¿Qué significa despertar
de los terribles sueños de la mente del bien y del mal? ¿Cómo
es una persona cuya evolución le ha llevado más allá
de todos los cielos?". ¿En verdad, el ángel es
sólo ese algo que en la conciencia sucede y que apenas si
la contemplación, festiva y dolorosa a la vez, retiene y
luego desaloja?
El autor confiesa:
"Pensaba que estaba mucho más avanzado. Y resulta que,
después de veintidós años de aprendizaje zen,
descubro que todavía puedo tener visiones extraterrenas".
Y más adelante: "me di cuenta de que mi libro había
resultado un tanto excesivo, había manifestado un cierto
apego a una visión de la realidad que excluía a la
musa de lo arquetípico, o por lo menos la dejaba olvidada
como ceniza en una esquina del hogar". "El mundo es apariencia"
-decía el Buda. No poco de esto nutre el discernimiento de
Mitchell y es cuando aflora el hondo rigor constructivo que
mueve su narración. La propia disciplina zen, la tradición
judía, el cristianismo, lo sagrado y lo secular: Dios está
en todas partes y su centro es un blanco que se mueve. Tal relación
de complejidad y sencillez bien que se hace libre por el aliento
poético que anima a estas páginas. El autor va de
la mano del ingenio y, a lo increíble, convierte en profunda
reflexión a la que incesante aborda en una ilimitada red
de posibilidades, para que podamos advertir cada uno de los planos
desde donde la experiencia es sugerible. "La mente no se detiene".
Ya aquí la enseñanza zen ha desmontado todo logicismo
mecánico y el pan, el hallah judío, puede ser
la fe, o eso inescrutable, la verdad del espíritu.
No obstante,
este es un solo aspecto del alto nivel de dilucidación que
el autor nos tiene prometido en estas páginas. Es la palabra
de un escriba realmente perceptivo e indagador. Nada más
peligroso que poner palabras en la boca de un ángel y se
invoca para esto al ángel terrible de Rilke
y se reclama la inocencia del ángel de Blake. Se habla
de reencarnación y de muchas palabras suprimidas en
la Biblia, se particulariza la transformación. Pero
no, no es sólo esto. Mitchell se sinceriza en cuanto
a que todo, aparición y palabras del ángel, bien que
pueden parecer algo demasiado elaborado, demasiado inteligente,
y es entonces cuando recurre a lo sencillo, al diario vivir, ante
lo que acaso sólo deberíamos sonreír -con fino
humor nos transmite el placer que tanto la experiencia vivida como
la escritura de ésta le pudo proporcionar, y aceptarlo como
un hecho definitivo.
¿Quién
niega que las respuestas que hemos estado buscando desde niños
están adentro? Lo que el hombre busca en Dios está
en él. Asombro, repulsión, gracia. El bien estará
siempre donde esté el mal. Intensa es la vida para mostrárnoslo
-parece decirnos el autor- y sólo se compensa con el arrebato
que es ir tras la verdad sin ninguna sujeción religiosa o
dogma. Porque también la experiencia iluminadora es lo que
elegimos sea, y se va haciendo de nuestro más claro atisbo
instintivo como de la más oscura ignorancia o duda; de nuestra
más firme fe como de nuestro más recóndito
miedo: de nuestra más insegura certeza como de nuestro más
interno pálpito o súbito. Y es que el ángel
acaso en verdad sólo sea el ser mismo. Ese configurado con
nuestros rasgos, mirándonos detenido -¡una columna
de luz sí!, tal vez agradecido que le volvamos el rostro
y le miremos con los ojos lavados por el propio espíritu,
que no disocia.
Es entonces
cuando el final del relato ya no es dilucidable -si lo fuera, entonces
el libro nos parecería falso. "Pude oír un débil
sonido en la distancia, como el de una puerta que se cierra fácilmente".
Mitchell nos deja un guiño: en la apostilla dice que
ha seguido el eco de Un ange de Valéry, y al
nada sagrado comentado por Susuki. ¿Nos ha
hecho participar en un juego zen donde ha permutado los credos y
los supuestos con una lectura paralela al I Ching? Esto de
por sí debe valer otros comentarios sugeribles. Un exigente,
Bloom, ha saludado la aparición de este libro (Encuentros
con el arcángel, Stephen Mitchell, Seix Barral, Traducción:
Encarna Quijada, 1999).
César
Seco. Ensayista y poeta
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N°
61 Aņo III
Caracas, sábado 01 de julio de 2000
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