Creación

DAVID GONZALEZ LOBO PERSIGUE DEVELAR LOS SECRETOS DE LA NATURALEZA

Todavía encuentro un gran misterio en la luz

La luz que clama diáfana en estos poemas inéditos que hoy ofrece al lector
David González Lobo es aquella en la que florece la vida y la muerte,
la que acaricia a las piedras y a los árboles en los que el poeta venezolano, residenciado
en Sevilla, renace con la huella de su voz: los sauces que una tarde
vio en Mérida, frente a su ventana, "como si los estuviera inventando",
el árbol cuyo espacio "forma al cielo, el cielo
del que sale el árbol"


Historia de la fotografía en España. Publio López Mondéjar. Lunwerg Editores, S.A., 1997
F. Gómez. Tapia y árbol. 1962

 

He visto las flores en el momento en
que se estaban abriendo, las he visto
llegar a su esplendor y las he visto
morir y al viento dispersar sus cenizas;
al campo desierto he visto y las aguas
inundándolo hasta las copas de los
árboles -las barcas podrían haberlo
surcado-; y lo que no he visto lo
puedo soñar.
He sentido miles de cambios posibles
en mis sentimientos y en los de
muchos hombres y en otros los he
imaginado; pero todavía encuentro un
gran misterio en la luz, en la que
florece el nacimiento de la vida y de la
muerte; y siempre todo ha sido igual y
distinto: una repetición de lo diferente.

 

Y el tren avanza. En el último piso del
portal siete de la calle Clavel -tiene
el balcón hacia un antiguo cortijo-
están colgando cuidadosamente unas
bragas verdes. La ropa íntima
o el árbol amarillo debajo de su casa
o de sus casas, ¿qué es lo que toca
el pensamiento?
Estira el poliéster. No quiere arrugas.
Con el encaje basta. Cae un grano de
sal en Oratorio 4, Pisa, que el viento
dispersa. Se elevan suaves las olas del
Adriático en primavera, las sombrillas y
las tumbonas turquesa alineadas
simétricamente, la curva de aquel brazo,
de aquella mano de seda escarlata, tan
sonora sobre los muslos, tan hielo en la
arena de la playa, los remolinos de
hojarasca, un símil que también abraza
las calles de Lucca en otoño, el chorro
caliente y firme de un muchacho
orinando entre la maleza húmeda y casi
tropical de una costa italiana, el placer
del silencio en el Puerto de Santa María,
al ver otra vez el cielo, al prolongarlo.
El tren avanza. Postales, fotos, cartas,
el tacto casi transparente, el eco
de la voz, de las voces, mientras
cae la cáscara de una semilla que
sobresalta a un hombre, una mancha
hermosamente amarilla o una mancha,
el pincel o el óxido, una mancha simplemente. Un
árbol amarillo, un árbol rojo, un árbol deshojado, un árbol
esquelético, un mismo árbol, otro árbol.
Y la sombra. El árbol y la sombra.
El árbol. La sombra.

 

Tan sólo el espacio del árbol que forma
al cielo, el cielo del que sale el árbol.

***

 

Anoche apareció, de pronto, en el
silencio, huidiza y resbalosa,
la pequeña raíz. Su boca es una hoja
transparente. Ciertas tardes
es una paloma violeta que tiñe con
tanta lentitud el horizonte que llega
a parecer que se duerme en las copas de
los árboles.

***


Cuando sea una piedra y el agua resbale
sobre mí hacia la llanura, cubra los
esteros en los que apenas sobresalgan
las copas de los árboles más altos y a
los fósiles de flores que tendré donde
una vez sentí cintura los vaya
cubriendo el lago, mi voz, que será un
árbol de estrellas, habrá grabado en
sus sueños la caligrafía de la hierba
elevándose y cayendo, las formas de
los sentimientos como un cuadro de
nubes, la perplejidad alucinada de mi
madre ante la realidad, la soberbia de
mi padre llorando contra su propio
muro, una tarde magnífica cuando el
sol era una naranja reflejada sobre la
pared de un castillo de Praga, un río de
risa que nació en el puente de Triana,
los sauces que vi una tarde en Mérida,
frente a mi ventana, como si yo los
estuviera inventando, el Ebro
impetuoso salpicando la hierba, el
Atlántico en el puerto de Santa María
lleno de bañistas y como si estuviera
desierto, y algunas sensaciones del
pasado que enfrían cada día su cuerpo
hasta ser historia definitivamente.

 

Mientras el autobús avanza, desde
Mairena del Aljarafe hacia Sevilla,
frente a unos edificios desconchados,
bajo las sombras de la noche y la luz
tenue de unas farolas, unos muchachos
fuman parsimoniosamente y se miran
los cuerpos, el promontorio de unas
islas; con sus cartas rojas de
navegación de nuevo nace la geografía,
la idea del círculo, la mar, el agua
espesa de los pantanos, el movimiento
de las lianas, la miel de las frutas.
En un noveno, una mujer rubia que
pareciera haber cumplido treintaicuatro
se desabotona, rápida, su blusa marrón
y es como si buscase un bosque de
pinos y eucaliptos y aquella fragancia
neta del Mediterráneo en Barcelona,
una caja de palisandro, un armario,
fotografías bajo la nieve. "¿Esto es la
mar o un espejo?", se pregunta y se
cubre el rostro, como si acaso pudiera.
Mientras el autobús avanza desde
Mairena del Aljarafe hacia Sevilla, yo
miro y es como si dejase atrás otro
cesto de frutas (maduras) en la
carretera, un riachuelo subterráneo, un
rocío, un vapor, una pincelada de vaho.
Las siluetas van perdiéndose en la
distancia.

***

 

Al fondo el fondo blanco; y en el giro
donde los tonos vuelven al blanco,
pausas.
Un gavilán baja raudo en picada
imantado por la presa; un torbellino
con pico negro y brillante.

N° 61 Aņo III
Caracas, sábado 01 de julio de 2000
 
 
IAN HAMILTON Y MICHAEL HOFMANN (I/II)
Dos poetas ingleses contemporá-
neos

(Alejandro Oliveros)
 

Reseña
LA POETICA DE GABRIEL ARMAND
Versos del reverso

(Matilde Daviu)

Creación
DAVID GONZALEZ LOBO SUEÑA CON DEVELAR LOS SECRETOS DE LA NATURALEZA
Todavía encuentro un gran misterio en la luz
(poemas)
Apuntes
UN REINO EN LA PALABRA DE RAMON PALOMARES
El sacrificio y los regalos
(Miguel Márquez)

Crónica
LA FILU:
Cultura de ágora

(Gonzalo Ramírez Quintero)

 
Reconocimiento
Palabras para un premio
(Alejandro Rossi)
 
Libros, Lecturas y lectores
UNA NOVELA DE STEPHEN MITCHELL
Encuentros con el arcángel

(César Seco)
 
 

 

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