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Apuntes
UN REINO
EN LA PALABRA DE RAMON PALOMARES
El sacrificio y los regalos
La presencia
del poeta Ramón Palomares en la recién celebrada III Feria Internacional
del Libro Universitario en Mérida llenó de júbilo a los allí reunidos.
Escuchar sus poemas en esa geografía fue para Miguel Márquez una
suerte de conjuro contra "la apretada seriedad, los cuerpos enjutos,
la violencia sorda que en esa tierra hace del amor algo como ajeno
a la ternura y se expresa más a gusto en la solidaridad o el compromiso"

Foto: Enrique
Hernández D'Jesús
La poesía de Ramón Palomares "proporciona
hogar y holganza, casa y abrigo"
"No puede sorprendernos que Palomares,
debajo del ala izquierda del ángel Gabriel,
escuche aves y flores, como escucha siempre
a la gente de Escuque, porque la tarea del poeta,
poema a poema, es esa: la de escuchar al otro
y la de escuchar cómo el otro y lo otro (llámese
Escuque o Absoluto) resuenan en él"
Patricia Guzmán
Encontrar la fuente, el doloroso abismo, la dicha contundente, el
espíritu abierto, el espíritu recién inaugurado
por una sensación, por una emoción distinta, que cava,
que hunde sus palmeras y nos mueve, nos conmueve y vemos algo que
nos pertenecía y habíamos olvidado o jamás
habíamos visto entre tanto afán, o habíamos
escuchado así como quien no se detiene en lo que escucha
y de pronto esas voces adquieren un nombre, un cuerpo, un retumbar,
unas imágenes, unas historias.
Ah buena la
escalada, la sonoridad entrañable que nos hace del mundo
lugar para que sea de veras nuestro, acompañante, apropiado
a esa inquietud que no sabíamos resolver en su equívoca
presencia y que ahora, gracias a esta atracción, a esta revelación,
se convierte en intimidad abierta, playa sola que a solas canta,
en sentido palpable, en silencio paciente, en demorada inscripción
que zigzaguea sobre las olas, dejando al misterio que nos anima
en la pulpa del día y nos lleva, listos, entusiastas como
el que más, a la forma que la linterna busca, a la liturgia
de un orden que nos reclama.
El mundo se
hace de verdad un universo, se escapa dúctil de los encierros
y comienza a palpar, con la profundidad que lo táctil es
capaz de asir entre los dedos, el maderamen de una sintaxis
que amplifica lo que a su paso encuentra.
Escribir el
nombre de Ramón Palomares es dejar constancia del
reino que me ha regalado. Un reino al que accedo desde una memoria
nutrida de historias familiares, de mucha montaña difícil,
complejísima. Al escuchar sus poemas, no digo al leerlos,
porque siempre son voces las que aquí se levantan sobre la
soledad de los páramos, me vienen las señales de tanto
amor extraño que los andinos llevan a cuestas como parte
de un equipaje incómodo, y que en sus versos se resuelve
de una manera tan diáfana como para conjurar la apretada
seriedad, los cuerpos enjutos, la violencia sorda que en esa tierra
hace del amor algo como ajeno a la ternura y se expresa más
a gusto en la solidaridad o el compromiso.
En sus poemas,
ese afecto se enciende y alumbra, proporciona hogar y holganza,
casa y abrigo; por eso, la historia menuda, rica del paisaje, las
anotaciones que intentan detener el paso en bloque de la muerte,
las pupilas absortas que fijan la abundancia, las elegías
para que aquellos dones encariñados con los seres que fueron
se mantengan, si no intactos, al menos con la vivacidad plena del
recuerdo (oral) más vivo, aun en la húmeda liviandad
de la tristeza. De allí que el exterminio, las distancias
salvajes, los cantos fúnebres, hablen en primera persona;
pero, asimismo, lo animado tiene don de habla, propagación
apresurada de la lengua, y el poeta es toda atención a los
elementos que lo rodean: gavilanes, culebras, pájaros, ríos,
gentes, y es como si estuviésemos continuamente en presencia
de un coro que se delata y nos relata, que asiste, desde una atmósfera
previa, al nacimiento de todo intento de palabra, con su orquestación
de la voz colectiva, y además, con los senderos por donde
la voz se hace trazo y huella, imagen y tanteo. La intensidad logra
alcanzar muchos momentos imborrables: "Andaba el sol muy alto
como un gallo / brillando, brillando / y caminando sobre nosotros".
Una intensidad que nace desde la agonía y el cántico,
desde la amorosa cercanía que no conoce el pecado, pues todo
remite a todo, no hay separación entre los animales y los
hombres, y así un gallo puede ser el sol que le dice: "Mi
amigo que has venido de tan abajo / vamos a beber / y cayó
dulce del cielo, cayó leche hasta la boca del sol".
En la poesía
de Palomares hay también alguien que habla desde un
lugar muy cercano a la mirada de un niño, que entabla relaciones
de encantamiento con las cayenas, las hojas, los caballos, los árboles,
los rayos del cielo; tierra cercana donde el lecho limpio del sueño
tiende sus sábanas más delicadas y las convierte en
alfombras, donde el encapotamiento del cielo presagia la oscura
fuerza que surge desde el centro mismo de la tierra como animal
hermano, fidedigno, donde la voz más queda se alía
con la impronunciable figuración de lo más sagrado
y cercano al corazón. También, desde la voz coral,
polifónica, habla una heredad, ancestralmente femenina, que
tiene una manera de ver y de sentenciar que no le cuesta como esfuerzo,
y donde pone la palabra, pone la amenaza latente del subsuelo, el
hirviente zoológico donde lo infernal está tan cerca
como las cascabeles. Es una voz que habla desde los mitos, desde
esa placenta milenaria, y le da cuerpo afantasmado y terrible a
los seres olorosos a azufre que abundan por todas partes, y hacen
daño, y hacen daño, y hacen daño. La inocencia
y lo terrible se dan la mano, leche y aguardiente, flores y asesinos,
elegías y cuchillos, baile y cantos fúnebres, la transparencia
arrebatada de lo real y el embrujamiento que confunde y conduce
a lo fatal.
Adiós
a Escuque no debería ser un libro, en el sentido que
acostumbramos darle. Me hallo mejor entendiéndolo como depurada
derivación del alma hacia la página, en una infrecuente,
enigmática dolencia, donde no interviene la voluntad. Obra
creada desde una prodigiosa calidad existencial y nunca desde un
proyecto, una idea, alguna evolución. Están allí,
los poemas, en una desnuda e indestructible palpitación de
la vida sentida, pasada por los filtros de mucha maceración,
de muchas gentes. El que habla aquí, desde la ingrimitud
del temblor y el desamparo, desde la pesadumbre asordinada que se
interroga, desde el diminutivo confundido que impregna de tristeza
absoluta a las asoleadas y sudorosas tardes de los seres queridos,
desde la entereza del diálogo y el sudario y la amabilidad,
desde la recia y conmovedora soledad de un solo de clarinete en
la oscura, quieta, salvaje noche, el que habla aquí es un
mortal ajusticiado por las frondas esponjosas del espíritu,
a él reveladas, a él dedicadas, al poeta, a su fuete,
a su destino.
Vuelvo de continuo
a Eufrasio, a Polimnia, al Sietecito, al Dr. Angel, casi siempre
con el alma bien templada, y le doy de beber al viejo diablo estas
pócimas que me preparan para un mundo mucho más hondo
y resonante, más digno, más pleno y dolorosamente
humano, y salgo convencido y agradecido por el grado de conciencia
de la vida y el poema que esta escritura me convoca. Porque sólo
así, visto como destino y como apuesta por aquello que surge
desde las cabeceras de un río que viene de tan lejos, y al
que le damos nuestra voz; por esa entrega, la más humilde,
la más radical, que no le da sosiego a la vanidad y donde
es duro ser poeta, sólo así, decía, podemos
entender al sacrificio y los regalos.
Miguel
Márquez. Poeta y Ensayista
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N°
61 Año III
Caracas, sábado 01 de julio de 2000
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