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EUGENIO MONTALE
La ocasión del poema
Eugenio Montale
(Génova 1896-Milán 1981) encuentra cómo vencer el olvido que sobrevive
a la muerte: escribe a lo largo de diez años sus últimos poemas
dedicados a una joven amiga, a quien encarga publicarlos de manera
póstuma en distintas entregas anuales. Una suerte de testamento
que, a juicio de Rafael Castillo Zapata, pretende vengarse "del
antes y de lo ignoto": mensajes que ponen en evidencia "un modo
de entender el poema y la actividad del poeta", ya desarrollado
desde muy temprano por el autor

Eugenio
Montale
Un epitafio
calculado
Quizás haya sido el deseo de "vencer la nada de lo que
sobrevive" lo que impulsó a Eugenio Montale a
construir, con la ligereza de una travesura, la exacta dimensión
bien calculada de su posteridad, jugándole a la muerte una
broma irónica que todavía nos hace sonreír.
"En el más allá me quiero divertir", dice
este poeta que en la recta final de su existencia escribe serenamente
un testamento y lanza esa botella al mar de la vida para que derive
en la memoria de los hombres; una forma sin duda astuta de vengarse,
como él dice, "del antes y de lo ignoto". Así
fue como fraguó lentamente su plan con la complicidad de
Annalisa Cima, esa luminosa presencia solidaria, semejante y
cómplice, sin cuya constante compañía los últimos
años del poeta hubieran sido ciertamente más solitarios,
más taciturnos, menos diurnos. Y fue a ella a quien, con
cierta parsimonia, dedicó este testamento a plazos, este
legado de pequeños poemas cuya publicación póstuma
volvió a mostrarnos, a sus lectores, la fuerza invencible
de su palabra, la energía serena que mantiene con aliento
al poeta sesentón en la cresta de un envidiable regocijo
crepuscular, oteando sin desesperarse la declinación del
arco de sus días. Y es esa destinación pensada de
los poemas lo que da al conjunto su carácter de conversación
vesperal un tanto melancólica, atemperada siempre por una
ironía sabiamente dosificada: escritos al vaivén de
las ocasiones y, por eso, entonces, literalmente ocasionales,
constituyen, de este modo, el diálogo lúcido y emocionado
de un anciano que se afirma en el presente pasajero sin otra arma
que el diálogo constante con una interlocutora aureolada
por la luz de la juventud y de la inteligencia compartida.
Una
figura en el marco de la puerta
En efecto, Annalisa Cima es, a lo largo del Diario póstumo,
66 poemas y otros (Barcelona, La Rosa Cúbica, 1999),
la presencia portadora de una razón para la perseverancia
del poeta, fuente de ánimo y de gana para el que está
llamado a flaquear en medio de los altibajos de una solitaria senectud
atenazada por la lucidez; su apelación constante a lo largo
del libro (los poemas están dirigidos a ella, como postales,
y en este sentido se organizan en función de una correspondencia,
siendo epistolares acaso sólo por eso; pero, al mismo tiempo,
están diseñados en nombre de ella, a partir de ella,
como emanaciones de una gratitud que quiere manifestarse como regalo,
como recompensa) muestra a un poeta consciente de lo irreparable
de la edad: "Tu edad me asusta, / te defiende y me acusa";
"Es el saberte igual / en un tiempo distinto lo que tal vez
/ me entristece
", y que, no obstante, por eso mismo,
aprecia en todo su valor el esplendor de la juventud encarnada en
Annalisa: "Un espacio de años nos separa,/ mas veloz
un gesto tuyo / anula la distancia".; juventud que se aprecia
como un don inmerecido (o que se cree no merecer), y que adquiere
siempre el carácter de una epifanía, de una aparición
dichosa: "En la puerta se perfila / una aérea figura.
/ Héte aquí con el girasol / de tus aureolas. / Ninguna
presencia podrá / turbar esta alegría / que nos traes
otra vez". Alegría, por su parte, que no es sólo
el producto de la contemplación de ese "encanto / regenerador
que detiene el tiempo" y permite al "viejo vate"
y a su amiga ser "un hoy / ni aniquilado ni vacío"
en cuyo espacio brilla "el disipado color del prodigio",
sino, además, el producto de la constatación de una
semejanza anímica, de una complicidad intelectual que llena
el lugar de la esposa muerta, de la hija no tenida, tanto como el
de la discípula heredera, poeta ella a su vez: "Una
ligera brisa / entre resplandores de luz levanta / nubes de arena
y espuma. Y / lo que sale a flote ex abrupto / es que yo
soy la musa y tú el cantor. / Agradable noticia, sentirse
al mismo tiempo / maestro e inspirador. / El vate ha muerto, viva
el extintor".
El vicio
de ser poeta
Poemas ocasionales, poemas de ocasión, los
mensajes que Montale fue escribiendo para Annalisa Cima
a lo largo de diez años de gozosa complicidad (1969-1979)
-con la expresa disposición de que fueran publicados gradualmente,
después de muerto el autor, en grupos escogidos- ponen en
evidencia la continuidad de una poética, de un modo de entender
el poema y la actividad del poeta, que el autor de Las ocasiones,
desde muy temprano, desarrolló, afinó, pulió,
liberó de excrecencias. En efecto, cuando Montale
le dice a su interlocutora que "Ser poeta no es un mérito.
/ Es sólo un vicio de carácter. / Un peso que se lleva
/ con temor", no está sino reafirmando lo que ya había
dicho hacía tiempo en entrevistas y reflexiones diversas
(por ejemplo en su famosa entrevista imaginaria de 1946):
"La poesía, por lo demás, es una de las tantas
positividades posibles de la vida. No creo que un poeta esté
por encima de otro hombre que verdaderamente exista, que sea alguien".
(De la poesía, Valencia, Pre-Textos, 1995). Este sentimiento
de sobriedad, de desapego cauteloso frente a la tarea de la poesía
y la figura del poeta es lo que explica la serenidad con la que
Montale afrontó la escritura de su obra y el modo
peculiar en que ésta fue fraguándose, sin rebuscamientos,
sin alardes, con una sencillez que no contradicen ni siquiera las
primeras apuestas consideradas herméticas por algunos: "yo
no voy en busca de la poesía, espero que ella me visite",
escribió, no sin juvenil petulancia; pero este esperar el
advenimiento, esta paciencia para cazar la ocasión del
poema, en que el poema se da ya maduro después de una
larga, inesperada e impredecible elaboración interior, es
una clave del modo montaliano, fuente incalculable de visiones:
"Halla quien puede, cuando el fruto está maduro",
respondió a unos incordiantes milaneses en 1960, queriéndoles
decir, de otro modo, que él "comenzaba a escribir en
un punto ya avanzado de maduración", por lo que bien
podía darse el lujo de escribir sin esbozar antes, de escribir
sin corregir después: "escribía en pedacitos
de papel, a veces hasta en billetes de tranvía. Pero apuntes
no. Nacían ya partes enteras". Así, enteros,
de un golpe, como iluminaciones, parecen haber surgido los poemas
dedicados a Annalisa Cima, "escritos a lápiz
o repasados con pluma sobre tarjetas, en pedazos de papel de color
azul o en postales ilustradas con vistas de Forte dei Mari (donde
el poeta pasaba los veranos)", y por eso tienen la frescura,
el tono distendido del hallazgo repentino; la simplicidad de lo
repentinamente revelado, de lo ocasionado más allá
de la propia voluntad del poeta: epigramáticos, íntimos,
domésticos.
Rafael
Castillo Zapata. Ensayista y poeta
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N°
58 Año III
Caracas, sábado 10 de junio de 2000
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