Ensayo

EL POEMA EN PROSA

Un discurso monstruoso

Las ambigüedad que envuelve al poema en prosa no es excusa para que haya sido abandonado por la crítica. He allí que Gustavo Valle se proponga rescatarlo y acompañarlo en su búsqueda de autonomía, en su intento de "construir un espacio de leyes propias donde poder situarse y desde el cual erigirse". Un espacio que le confiera un nombre, que lo vincule con sus lectores sin que deba pasar antes por la "fatigosa exégesis de su identificación genérica", y donde sea recibido al igual que el relato o el verso


Ramos Sucre: sentenciado por escribir poesía en prosa


El poema en prosa sigue siendo motivo de dudas, incomodidades, malentendidos. Su naturaleza ambidiestra, polimorfa, lo hace sospechoso y parece ocultarse tras una telaraña de ambigüedades e inexactitudes. Pese a ser practicado con frecuencia en la tradición hispanoamericana (Julián del Casal, Darío, Ramos Sucre, Vallejo…) la crítica no le ha sido generosa y pocos libros se han escrito sobre el tema. En Venezuela Salvador Tenreiro ha sido quien mejor ha meditado sobre esto, y Julio Miranda publicó una breve pero necesaria antología. Pero si revisamos nuestra historia literaria advertiremos que mayor ha sido la atención crítica prestada a otras formas (en apariencia más extrañas y revulsivas) como el haikú o el caligrama, que la prestada al ejercicio del poema en prosa. Es así que el equipaje creativo que lleva un orientalizado José Juan Tablada a la Venezuela de 1920, es recibido con gran entusiasmo a diferencia de la incomprensión y cierta indolencia con que diez años más tarde (1929) se recibieron los poemas en prosa de José Antonio Ramos Sucre.

A principios de siglo, en una Italia todavía devota de los fastos del modernismo D'Annun-ziano, brota una generación de escritores y poetas que propondrá una nueva forma de comunicación estética, anunciando en parte la oleada "hermética" de Montale y Ungaretti. Ese grupo, capitaneado por Giacomo Papini (y donde destaca el desdichado y genial Dino Campana), se dio a escribir poemas en prosa bajo una denominación bastante acertada. Con los fragmenti lirici -que les valió la denominación de fragmentistas a sus practicantes-, el grupo de Papini quería atajar, con la respiración de la prosa y el auxilio de "técnicas pictóricas", algo así como el fotograma de una ilusión: recortar la secuencia de un continuum poético y ofrecer al lector una "situación" paralela a la realidad, pero profundamente verosímil por el aprovechamiento de los mecanismos narrativos, argumentales, y por el concurso, en muchos casos, de personajes. En este sentido, los fragmenti lirici (ya antes lo había hecho Bertrand, y sobre todo Baudelaire) venían a llenar un espacio de intercambio prácticamente virgen. Es decir, se declara, mediante esta escritura, una "contaminación" entre lugares discursivos considerados exclusivos y puros, y se establece así un paso importante hacia la modernidad literaria. Si consideramos que todos los movimientos de vanguardia y de rebeldía frente a la norma en curso se caracterizan casi siempre por una interconexión discursiva y un trasvase generoso de elementos diversos (toda vanguardia cuestiona todo género), entonces la llegada del poema en prosa vendrá a ocupar un privilegiado puesto pionero en estos movimientos de saludable desobediencia.

El poema en prosa o los fragmenti lirici continúan siendo hoy en día profundamente indóciles, rebeldes y llevan consigo el germen de un desafío todavía vigente: la integración de verso y prosa. ¿Integración? Quizás sería mejor decir conflicto, tensión, cuestionamiento. Cuestionamiento de los alcances y límites del discurso, interrogación acerca de la naturaleza de la prosa, del verso (y en consecuencia de la poesía misma) a partir de la integración de ambos, a partir de su confusión. Confusión que derivará en la creación de un engendro, de un monstruo discursivo, toda vez que ha nacido del mestizaje, de las transfusiones. Y como sucede con todo monstruo, con todo lo diferente y extraño, el poema en prosa será inicialmente incomprendido, rechazado en tanto poema, y sospecho que incluso envidiado por su carácter fundamentalmente libre, por su apuesta decidida a la individualidad. Primera paradoja: Nacido del mestizaje, el poema en prosa busca, sin embargo, su autonomía, reniega de sus orígenes bipolares e intenta construir un espacio de leyes propias donde poder situarse y desde el cual erigirse.

De algo ha servido la profusa discusión acerca de la naturaleza del poema en pro-sa: no para dar una respuesta sino para multiplicar las preguntas. Sin duda, su pa-riente más cercano es el ensayo (género centáurico, según Alfonso Reyes, es decir, también monstruoso). El ensayo intenta un puente, una vía libre entre orillas, en apariencia, paralelas. Entre la ciencia y el arte (el binomio es de Reyes) el ensayo echa un puente colgante, trémulo, riesgoso, donde el viandante debe pisar levemente para evitar el desplome de la precaria estructura. Y como en el fondo no se dirige a ninguno de los dos lugares, ¿a ningún lugar?, entonces el viandante decidirá saltar y confundirse con las aguas diversas. Algo parecido ocurre con el poema en prosa. Sólo que aquí la imagen del puente no es la más acertada. El poema en prosa es monstruoso no por ser centáurico sino por ser ubicuo. Es decir, no alberga en sí dos naturalezas sino que ocupa, simultáneamente, dos lugares distintos. Su icono no será el bifronte Jano, por ejemplo, ni la moneda de dos caras. Su imagen más acertada será la de un espejo: esa superficie bruñida donde toda unidad se duplica y altera, donde un mismo cuerpo ocupa siempre dos lugares distintos.

Otra diferencia: si el verdadero tema del ensayo es (como quería el gran Montaigne) el ensayista mismo, es decir, si la diana del polígono del discurso ensayístico es un Yo, en el poema en prosa el objeto del discurso se orienta hacia un otro, hacia un Tú. Es decir, cuando leemos "De los caníbales" de Montaigne estamos dialogando con Montaigne, pero cuando leemos los poemas de Lautreamont estamos dialogando con Maldoror. Maticemos: ¿con quién o qué dialogamos cuando leemos los poemas de Ramos Sucre? ¿Quién o qué es ese Yo siempre tan presente en su poesía?

Quizás sea útil detenernos en otro asunto: la denominación. Mientras el ensayo crea para sí un nombre propio o prestado (ensayo), el poema en prosa sólo intenta su denominación a partir de nombres "ajenos". Sería absurdo pensar en denominaciones similares para el ensayo: ¿arte en ciencia? ¿ciencia en arte? ¿rigor en ritmo? ¿arte en prosa? La preposición en ofrece inestimables pistas. El DRAE dice que se trata de una preposición de lugar, tiempo o modo. A saber, "Ifigenia en Aulide" o "Espérame en abril" o "mero en salsa verde". Así, "poema en prosa" no corresponde a un nombre propio sino a una descripción, una conceptualización. ¿Por qué no llamarlo linterna o puñal o rizoma, o inventarle una palabra que lo nombre y singularice? El poema en prosa parece necesitar una advertencia, un cartel que anuncie al lector: "lo que usted va a leer a continuación son poemas, sí, no lo dude, pero están escritos en prosa". El escritor de estos textos defiende, ante todo, la categoría prestigiosa de "poema" para su obra, y enfurece cuando el lector no percibe ese tono. En un principio la lucha fue reconocer al poema en prosa su identidad como poema. Hoy la lucha es reconocer su identidad singular, su verdadera diferencia, su polimorfismo, su condición multiversal. Segunda paradoja: poema en prosa: texto que se ofrece distinto, alternativo, pero cuya lectura se nos da bajo una orientación determinada. Por un lado, se abre a lo desconocido; por otro, teme a los equívocos.

Pero nada de esto es un reproche. Todo lo contrario. Las contradicciones profundas del poema en pro-sa, su falta, incluso, de denominación propia, le otorgan un ámbito próximo y entrañable. Nace de la duda, pero busca su afirmación. Se arroja al mestizaje, pero clama una identidad. Esta incertidumbre se hace trágica tanto para el texto como para el autor, y coloca a esta forma de escritura en una posición decididamente moderna, posibilitada para dialogar con el extravío que hoy nos sumerge a todos en un universo repleto de interrogantes. Casi tan moderno como la fotografía y el cine (¿contará con poco más de 150 años?), perturbador por ejercer una libertad plena, el poema en prosa sigue buscando, más allá de los es-pecialistas, un espacio de entendimiento y aceptación públicos, una vinculación más estrecha con sus lectores que no pase necesariamente por la fatigosa exégesis de su identificación genérica, sino que sea degustado y digerido con la misma fruición del verso o del cuento. Pero esta posibilidad es por ahora remota debido, entre otras cosas, a los prejuicios inducidos de los lectores y a las descabelladas estrategias de las editoriales poderosas. En algún sentido, esta situación marginal otorga al poema en prosa una libertad incluso mayor a la del poema en verso, que en muchos casos ha confundido su verdadera potencia comunicativa con la necesidad impúdica de "contactar" con la gente y ganar al gran público. Ya Ramos Sucre recetaba para estos casos una medicina extrema: "Nunca, en lo que se diga, haga o escriba, se debe llamar la atención".

Gustavo Valle. Ensayista y poeta

 

 

N° 58 Año III
Caracas, sábado 10 de junio de 2000
 
 
MIL CONCIERTOS Y UNA VIDA
Obertura a Florian Ebersberg

(Luna Benítez)
 

Ensayo
EL POEMA EN PROSA
Un discurso monstruoso

(Gustavo Valle)

Creación
SOPHIA DE MELLO OYE "LA PALABRA IMPERSONAL ALADA"
Y el nombre de este mundo en portugués
(poemas)
Apuntes
La inmensidad en Irazábal
(Juan Carlos Palenzuela)

Ultimo Sábado
EUGENIO MONTALE

La ocasión del poema
(Rafael Castillo Zapata)

 
Entrevista
"SALI HUYENDO DE BOLIVAR"

Frédérique Langue desenreda la madeja de nuestra Historia
(Diana Lichy)
 
Libros, Lecturas y Lectores
Prima lejana y la casa del relato
(Julio Ortega)
 
 

 

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