Apuntes
De cómo narrar un cuento
Foto: Archivo
"Mis cuentos no pueden sino relatar ese horror que quiebra la existencia"
Existe cierto tipo de ficciones
mediante las cuales el autor
intenta liberarse de una obsesión
que no resulta clara ni para él mismo
Ernesto SábatoUno
Podríamos decir que hay una memoria inscrita en los cuerpos y otra atada al lenguaje, a sus estructuras, a las proporciones que organizan el pensamiento. Y luego, un poco antes de la anécdota, la memoria personal: el inventario de las huellas inscritas en nuestras zonas de sobrevivencia. Un narrador llena, desarrolla esas imágenes.
Me parece envidiable cuando un escritor dice: soy narrador y cuento los cuentos de mi padre, de mi tía, de mi abuela en La Habana, de mi nana en Cartagena. Es una suerte, pero no sé si un destino literario. Envidiable heredad, eso sí. En el caos urbano de donde procedo, las imágenes de la infancia recorren pasillos y ventanas, puertas de apartamento. Vivencias en el simulacro de la imagen y la frase hecha. Vivir la vida que representa la vida. El cine, los libros, la publicidad, el mercado. Aquí, en la información, en la velocidad, en la pasión de lo nuevo (o en su insignificancia, pues todo lo es y constantemente), el deseo disperso, la máquina de la historia fundiendo cámaras, pasando aceite, vuelta un asco. Aquí, en este mundo que me ha tocado vivir, la memoria activa trozos de contenidos atávicos diseminados en los estereotipos y la banalización creciente del sentido de la existencia. Esto dificulta la ejecución de las historias, su desarrollo.
Le escuché decir al escritor, con mucha convicción, y lo entiendo, que él quiere una historia verdadera, es decir: trama, nudo y desenlace. "Una historia que entienda mi mamá". Puede hacerlo, lo hacemos a diario, entre amigos, narrar nuestras hazañas, nuestros miedos. Entonces, yo estaba allí esperando el taxi y vino el tipo. Se me acerca y yo le digo que no, esta noche no. Porque qué diablos, yo también tengo derecho a decir no. No y punto. Y así vamos en el metro contándonos nuestras historias, nuestras vidas, los unos a los otros, nuestros anhelos, nuestras esperanzas. Los argumentos también forman parte de la historia, condensan y justifican los lugares, los gustos y la época. Pero esta fluencia empieza a cobrar vida sólo gracias a que hacia ella navega el río de la memoria: el agua, el flujo que realmente nos transporta.
En la elaboración de ese autorretrato que se imprime en la escritura, se reconstruye un lugar, un suceso, sólo para proyectar por siempre sus temibles, risibles, plausibles u horroríficas consecuencias. Recomponer el espacio es una estrategia narrativa que convoca, inevitablemente, el desarrollo de imágenes que ocupan en ese espacio "misteriosos" contenidos. Desenvolverse en esas espesuras es la tarea del narrador.
Reordenar la infancia es un proceso infinito. Para Eliot el tiempo siempre es todos los tiempos. Las imágenes de la infancia visitan mi presente, pero no mantienen una historiecilla en mi memoria, sino este acopio de imágenes enigmáticas, podría decirse; algunas crueles, otras tiernas. Y una sensación de asombro y desamparo que no me abandonan.
Dos
He tenido que pasar por la faena de defender mis cuentos como cuentos. Los enemigos más mezquinos los trataban de simples crónicas, y los adulantes o cínicos y los realistas a ultranza decían que eran poemas en prosa.
Yo defendía mis cuentos aunque ellos no cumplieran el catálogo de Quiroga ni las recomendaciones del genio cortaziano. Yo defendía mis cuentos mínimos. Sincrónicos. Una escena que busca el desenlace en la paradoja. En la perplejidad del desencanto. En la pregunta transparente frente a usted, lector si lo hubiera.
El cuento, obviamente, es la intensidad de una acción: no su desenvolvimiento ni siquiera su culminación. Es el poder de pocos adjetivos para conmovernos e inmiscuirnos en una atmósfera donde sucede, en mi caso de forma abstracta, aquello que nos envuelve en la vida desordenadamente.
Estamos lejos de adscribirnos a una suerte de modélica serie de apriorismos o prescripciones, o enumeración de elementos que, de estar ausentes, niegan al cuento en cuanto forma. Sabemos que es inútil y limitante. Sin embargo, en el cuento, lo sucinto y lo suscitativo parecen ser causas de fondo, comunes a las diversas expresiones del género.
Tres
Ser sucintos, la brevedad es una característica universal para identificar el cuento. Pero esa brevedad viene justificada por algo que transvasa el concepto de longitud y es su condensación: lo sucinto y lo suscitativo. En la acción está el milagro del cuento. Esa acción puede ser argumentativa, pasiva o remota. Pero el corte que se elabora para el cuento es sincrónico: vertical. De allí que, forzosamente, el cuento deba tener la virtud de suscitar, es decir, de crear en su entorno el consenso, la atmósfera que explica y sostiene el acontecimiento, sin abusar de lo connotado. Puede que la acción sea simplemente un saludo, o una sonrisa o la muerte violenta, o el beso. Un minuto ante el semáforo, o una escena mínima. Pero ese pequeño objeto escogido contiene todos los instantes anteriores, se alude a él como se alude al principio y al fin de las cosas. La narración breve, el cuento, debe condensar sus contenidos, sujetarlos en la verosimilitud, para luego activarlos y desatar el acontecimiento.
El cuento nace del pormenor, de una visión hacia alguna o cierta particularidad. Nace y se ejecuta en vertical, al contrario de la novela que es el fruto de una visión expandida, horizontal, donde el mundo múltiple participa y se interrelaciona. Evidentemente, pueden ocurrir en una novela los mismos sucesos que en un cuento, será entonces el enfoque lo que varía. "Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige", afirma Julio Cortázar. El detalle en el cuento es protagónico en sí mismo. Y si nos referimos a un cuento breve o minicuento (término un tanto siniestro), recordemos que éste se concibe en una suerte de estado de gracia, como diría Pavese. Una suerte de revelación, un don.
Sabemos, cuando terminamos la última palabra, que lo leído es un cuento por la eficiencia de su estructura y su sintaxis, por lo escueto de los elementos y lo determinante de la mirada que recoge el acento de un gesto, de un acontecimiento, o esas ficciones reflexivas a las que en un tiempo fui tan adepta.
Cuatro
Lo realmente difícil de identificar no es si lo narrado es un cuento, sino saber si eso que empieza a abrirse hacia nosotros, esa imagen que topamos y altera el espacio y convoca los sucesos que ocurren allí, no son sino juegos de la ficción, formas del sueño. Símbolos, deseos y mitos. Falta saber si esa es la imagen que nosotros podemos relatar. Y ¿cómo se establece ese narrar un cuento (es decir, un fragmento del mundo y no el mundo como en la novela)? Los profundos y arcanos poderes de la palabra, como en el poema, tienen la explicación. Nadie puede decirme exactamente por qué un cuento de Raymond Carver, una noche más o menos tonta y deplorable, un cumpleaños en down town, es tan devastador. Esos cuentos eternos alteran nuestra forma de percibir la realidad, la amplían, la conmueven, la transforman.
En el secreto, en la intimidad se halla la clave. A veces, milagrosamente, todos lo hemos vivido, se comparten con estupenda facilidad los secretos. A veces, conseguimos al amigo, conseguimos al otro. Y nunca hacemos nada para merecerlo. Asimismo (acaso obra del Espíritu Santo, por ejemplo), recibimos el cuento y logramos afinar su forma. A veces, también, de tanto hacer literatura, terminamos por borrar nuestros cuentos del mapa.
Cinco
Corregir es lo más difícil. ¿Cómo perfeccionar aquello de cuyo origen no tenemos noticia? La gratuidad del asunto, eso de estado de gracia, Espíritu Santo o sincronía, puede hacer de lo más ardua la lectura. Pero es simple. Si respetamos nuestra voz debemos dejarla construir los vericuetos que considere necesarios y, entonces, si somos dóciles y nos dejamos llevar, reconocer la estructura y sólo después afinar las formas. Así, lograremos el cuento o la novela. Así obro yo. Día a día, el asunto es trabajando. En ese reconocimiento, en ese deslinde funciona mucho la destreza y la constancia, la disposición, mantener alerta los sentidos, y la intuición. Cada vez mis manos se hacen más diestras y es menos el desecho que acumulo en mis versiones.
El ensamblaje define al escritor. Un cuento, en ocasiones, toma mucho tiempo y, en otras, es mejor contar un suceso paralelo al que parece central: suscitar el resto de la historia. Levantar un personaje en un segundo. Del cuento se requiere lo sucinto. Lo suscitativo es una potencialidad de la historia, de las buenas historias. Uno de los recursos menos visibles y más imprescindibles.
Así, el cuento trazará el esbozo de los sucesos en un espacio y en un tiempo visto hacia dentro, concentrando su pertinencia en el desenlace. Y todo aquello que se nombra es el esfuerzo por expresar lo indecible. Esa materia que propicia los sueños, el amor, la fraternidad y los seres que la providencia acerca a nosotros con sentidos fugaces y totales.
Mis cuentos, esos que he escrito y defendido, no pueden sino relatar minuciosamente ese horror que quiebra la existencia, que deambula sonámbulo entre nuestros sentimientos, que ha hecho de la muerte un suceso trivial y ha propagado la indolencia en los cuerpos para soportar el vaciado de los contenidos reales. La idea del mundo como teatro ha diversificado y hecho perversa su veracidad. La bufa es el tono apropiado. La parodia: la crítica a las formas. Somos personas metidas en un mundo banal, reflejo del reflejo, simulacro del simulacro y ese horror, esa inconsistencia de la vida es, a mi entender, el tema impostergable de la literatura.
Stefania Mosca. Narradora
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