Apuntes

Elián, cautivo

Elián, el niño balsero de seis años, a Julio Ortega se le asemeja al personaje de un cuento cruel que no obstante no pertenece a la antología de la victimización, integra el capítulo de los "más valerosos". Porque el proceso se ha invertido y "el cautiverio feliz de Elián" traduce "la ideología multiculturalista de Walt Disney"; y es que, "si Elián regresa, el cautivado se haría cautivador: el desfile habanero de miles de niños recibiéndolo en triunfo sería la peor derrota norteamericana de la guerra fría mediática"

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Foto: Lisbeth Salas-Soto
"En la saga migratoria actual, los que atraviesan la frontera suelen jugarse la vida"

Elián González, el niño balsero, ha puesto a prueba no sólo las leyes migratorias de Estados Unidos sino también la jurisdicción de las cortes y del mismo Congreso, revelando, de paso, hasta qué punto un sistema puede deberse al juego político de las interpretaciones. Si no se negocia una solución a tiempo, este niño de seis años será un factor insólito en las próximas elecciones nacionales en este país. Por lo pronto, Elián es ya el primer ejemplo elocuente de la complejidad cultural y política de los hispanos migrantes en Estados Unidos. Y bien podría ser la primera víctima propicia del horror migratorio del nuevo siglo.

Edmundo de Amicis pudo haber imaginado con su laboriosa crueldad un caso como el de este chico cubano. El niño del cuento De los apeninos a los Andes, por ejemplo, corresponde a la mitología migratoria del desamparo. Ese niño italiano que busca a su padre en sucesivos pueblos de Argentina, es el sujeto del nomadismo de los excluidos. En cambio, en un mural del mexicano José Clemente Orozco, la épica migratoria no supone a la familia sino a la comunidad. En la biblioteca de Dartmouth College, entre las nieves de New Hampshire, Orozco pintó los cobrizos cuerpos desnudos de los sujetos de la fundación. Su epopeya del origen americano corresponde a la fe en una modernidad popular, cuando los héroes culturales son los de abajo, los trabajadores, los de una "raza cósmica". En la saga migratoria actual, los que atraviesan la frontera suelen jugarse la vida. Al cruzar las 90 millas hacia la Florida, los balseros cubanos adquieren el desamparo desnudo de un suicidio. No son distintos los dominicanos que salvan en yolas precarias el canal hacia Puerto Rico. O los mexicanos que se arriesgan a pie en el desierto. Tienen la misma vulnerabilidad de lo más humano.

De acuerdo a la ley estadounidense, los balseros que ponen pie en las orillas pueden ser acogidos legalmente. Mientras no logren caminar sobre estas aguas, son ilegales. Por ello, la policía guardacosta los contiene con poderosas mangueras de presión, recluidos en sus embarcaciones de espanto, para capturarlos y declararlos sin derecho a residencia. El espectáculo de esos guardias en sus botes veloces disparando largos chorros de agua a esos cuerpos rotos es el último emblema de esta saga desfundadora. En una de esas balsas iba Elián, con su madre y un grupo de balseros. Murieron todos ahogados, salvo Elián, milagrosamente rescatado. Parece el personaje de un cuento más cruel, en una migración más terrible. Y, sin embargo, es parte no del lugar común de la victimización, sino de un riesgo atroz pero asombroso: los que hoy emigran no son siempre los más pobres, suelen ser los más valerosos. Muchas veces, los líderes. El problema es que en 25 años las poblaciones al sur de Estados Unidos (como también las del norte de Africa) se habrán duplicado; y la nueva era migratoria, de la que Elián es el primer anuncio, excederá todos los sistemas.

En este período en que los excluidos siguen ilustrando los límites de cualquier pensamiento único, el migrante se ha convertido en un agente catalizador, tanto social como políticamente. En Estados Unidos, son ya la prueba cultural de una estrategia de reinclusión hispánica. Aun si todos los días son apresados, y a veces incluso asesinados, los ilegales (trabajadores internacionales, se llaman ellos) ya no son meras víctimas sino líderes de la compleja red de solidaridades, asociaciones, reciprocidades (networking o trama nomádica) donde ocupan nichos de información y producción, asumen identidades operativas, y ejercen la particularidad de su diferencia. No extraña, entonces, que su experiencia (posmoderna, ya que prueban los límites de la modernización encarnizada) esté abierta al debate de las interpretaciones; y que ninguna explicación agote la inquietud que introducen en los sistemas. Hasta un niño de seis años, rescatado de las aguas legisladas y penadas, se convierte en un principio de ambigüedad y crisis.

Es evidente que el escándalo político y el circo mediático en torno a Elián sólo se explican por el largo diferendo con Cuba. La comunidad cubano-americana de Miami ha procedido a la "americanización" del niño cautivo (se llamó así en el XIX al proceso por el cual los migrantes abandonaban sus rasgos regionales y asumían su nueva identidad), y lo ha hecho a través de otra mitología, la del migrante asimilado por los signos del consumo. Pero más inverosímil es que el gobierno cubano mantenga cautiva a la política norteamericana. Estados Unidos está embarcado en una guerra ya no fría con Cuba, sino de nervios; y cada vez que actúa contra Cuba logra, irónicamente, el efecto contrario. El más obvio es haber unificado a la mayoría en torno a Fidel Castro. La poderosa imagen de las madres cubanas embarazadas que desfilaron en La Habana defendiendo la nacionalidad de sus hijos y protestando el secuestro de niños por Estados Unidos, puede ser orquestación propagandística; pero, qué duda cabe, es gran propaganda. En cambio, la propuesta de otorgarle de inmediato la nacionalidad norteamericana a Elián para impedir que vuelva donde su padre a Cuba, es abuso de confianza y mera arrogancia.

Si prevalecen el sentido común y la ley, Elián González volverá donde su padre. Pero estamos en un año electoral, y el niño se ha convertido en una prueba de patriotismo retórico. Ningún candidato o partido apoyaría, ahora, la decisión de la corte superior, y mucho menos antagonizaría a los votantes de Miami. Sin embargo, es muy probable que las encuestas favorezcan la aplicación de la ley. El público norteamericano le teme a pocas cosas, pero sí, y mucho, a una nueva ola migratoria cubana. Castro ya una vez levantó las vallas y la ola de Mariel no ha sido olvidada. Otra vez, la migración, incluso su amenaza latente, obliga a una ley paritaria. Más común es que imponga la maquinaria policial disuasiva.

Los cautivos, esos sujetos de la frontera interior norteamericana, solían ser niños asimilados por un grupo marginal. En la imaginación del siglo XIX estadounidense, los cautivos representan el horror de la otra cultura, la extrañeza radical del otro, el trauma de la identidad perdida. El cautiverio feliz de Elián demuestra el proceso inverso: el otro se convierte en uno, el migrante en vecino, el balsero en pelotero. Esa versión es digna de la ideología multiculturalista de Walt Disney. Pero si Elián regresa, el cautivado se haría cautivador: el desfile habanero de miles de niños recibiéndolo en triunfo sería la peor derrota norteamericana de la guerra fría mediática. Una vez más, Estados Unidos tiene, con un migrante hispánico entre sus manos, una pregunta por sí mismo.

Julio Ortega. Ensayista

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