SOLO ESCRIBE EN GALLEGO Y MALDICE ALMAS

Manuel Rivas, contrabandista de géneros

Sus relatos han ido a parar al cine, lo que le sienta bien a su poética: nada de pensar la literatura por compartimentos estancos, lo que le importa es contar. A lo que sí no renuncia el joven narrador (Coruña / 1957) es a su lengua, el gallego, a la que evoca "como un hilo de leche". Bien nutrido entonces por el seno familiar, también se ha alimentado de la obra de Juan Rulfo, y así de robusto ha acaparado las vitrinas y le ha dado de qué hablar a los críticos. La última gran cita que aceptó tuvo lugar en el Festival de San Sebastián, desde donde enfáticamente le dijo a Eli Bravo: "yo soy uno de los cinco mil mejores escritores gallegos"

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Foto: Xurxo Lobato / Alfaguara Novedades
Manuel Rivas: "...busco el color, el olor de las palabras"

El lobby del hotel María Cristina es un enjambre de periodistas en la búsqueda de estrellas. Actores y directores son los más codiciados. Los productores no son desdeñables, y si el caso lo amerita, acosan a los escritores. Ellos son de poco atractivo para los medios. Sus rostros suelen ser desconocidos, poco agraciados a veces.

Con Manuel Rivas el asunto es distinto. Su agenda está apretada, no tanto como Sigourney Weaver, pero tampoco ha tenido un momento de soledad. Rivas es hoy en día el escritor gallego más famoso de su tierra. Su libro ¿Qué me quieres, amor? (Editorial Alfaguara) le valió el Premio Nacional de Narrativa 1996. Allí está incluido el cuento "La lengua de las mariposas", adaptada al cine por Rafael Azcona y dirigida por José Luis Cuerda. La noche anterior a esta entrevista se estrenó en el Festival de Cine de San Sebastián, a sala llena. Lágrimas, risas y aplausos fue la recompensa para una película que arriesga poco y entrega mucho. Española en cada una de sus imágenes, la cinta es una hermosa revisión de los días previos a la Guerra Civil, y una dolorosa revelación de las oscuras debilidades de los hombres ante las tragedias. Es la historia de Moncho (Manuel Lozano), un niño de ocho años que descubre el mundo a través de los ojos de su maestro (Fernando Fernán Gómez).

Manuel Rivas habla pausado. Lleva al menos seis entrevistas y son apenas las once de la mañana, es decir, muy temprano para un español. Sus ojos azules se quedan colgados cuando busca las palabras. No tiene prisa en contestar.

EB: Su literatura, así como la película La lengua de las mariposas tiene mucha carga costumbrista, pero el drama de los personajes nos lleva más allá del paisaje.
MR:
Por eso creo que la película tiene muy buen ritmo, pues hay una iniciación costumbrista muy real. Lo que a mí me contaron, es que al hablar de la Guerra Civil estamos hablando de unos días de verano, felices, de fiesta, en familia. De repente llegó un vendaval que arrastró a la gente. En esta historia, así como en los cuentos de Rulfo, los personajes no son costumbristas, no son previsibles, porque son seres humanos.

—No se involucró en el guión de la película, ¿por qué?
—No hay que ser padre posesivo. Tengo poco sentido del patrimonio, yo sólo soy un mediador. Mejor es escribir y dejar que se vaya el libro por la ventana.

—Pero ha escrito guiones…
—He intervenido en documentales, pero no me gusta escribir dos veces la misma historia, aunque sea con técnicas distintas. No descarto escribir para el cine en el futuro, pero primero debo aprender. Por eso disfruté el trabajo de Azcona, que transformó la materia orgánica en materia de precisión. El convertía un paisaje mental en un pasaje geográfico y humano.

—El tema de la Guerra Civil es vital para usted. ¿Por qué?, ¿es por la forma como afectó a su familia, o porque es un excelente marco para sus historias?
—Fundamentalmente esto último. Yo nací en una larguísima posguerra, que no es más que la continuación de la guerra, porque tardó mucho curar. En la antigüedad pensaban que era posible curar el cuerpo, pero la sombra podía seguir enferma. Yo creo que vi esa sombra enferma en España. Además, si hubiera que inventar un escenario próximo, imposible hacer algo tan límite, porque la Guerra Civil fue una metáfora de todas las guerras. Todo el planeta se sintió partícipe de esta historia. Lo que pasó aquí anteayer, pasó en los Balcanes, en Timor. Por eso la guerra nos interpela. Yo no la juzgo. Pero creo que nos despierta preguntas.

—Por ello tampoco es posible juzgar a la ligera a las personas que viven estas situaciones.
—Así es, no somos robots, golems, productos que puedas manipular. Siempre hay una zona secreta, que es la que me interesa merodear.

—Su prosa es muy cuidada, está llena de imágenes. ¿Es posible decir que hace poesía en prosa?
—Busco no sólo las imágenes, sino también el color, el olor de las palabras. La literatura que me gusta y que procuro hacer (porque es la que me gusta leer) es la que no sólo cuida lo que se cuenta, sino cómo se cuenta. Eso vale para libros y películas, pues es fácil destruir una gran historia por no saber hacer el cómo. Escribir, para mí, es un trabajo sensorial.

—¿Escribe lentamente?
—En la cabeza el proceso es lento. Mi cabeza es como una cámara sin obturador, no se cierra. Lo más interesante cuando estás escribiendo es el momento mental, los destellos. Después viene el trabajo físico, el poco esfuerzo que tiene escribir. Yo no creo en esos discursos de sufrimiento.

—Entonces, no cree que escribir sea un sacrificio…
—No, que va. El que sufre es el minero, el que está en un andamio, incluso el periodista, trabajos de clase obrera total. El escritor es como un deportista. El poco sacrificio que tiene está en ese proceso de alquimia mental. Que exista un nervio de la cabeza a la punta de los dedos. Debes así conseguir que la literatura te circule por las venas. Y allí la historia no te pertenece, sino que es de los otros, de los que te han nutrido. Por eso no me creo lo del oficio solitario.

—¿Siempre escribe en gallego?
—Sí. Para mí es la lengua del hogar y de la calle. Me evoca olores, colores y sensaciones muy personales, porque no es una lengua que se daba en la escuela o en un edificio oficial. Es como un hilo de leche.

—Creo que usted es el mejor promotor que tiene Galicia en estos momentos.
—Bueno, yo soy uno de los cinco mil mejores escritores gallegos. En la antigüedad se decía que Galicia era una tierra de reyes, campesinos y poetas, y algo de eso sigue teniendo. Los mejores escritores de mi tierra escriben en el aire: son las historias que cuenta la gente. Yo bebo mucho de ahí, de la memoria oral y popular.

—¿Es un escritor de recuerdos?
—Toda la literatura vive un poco de los restos del tiempo perdido, es decir, aquel que no dedicamos a competir y a ver quién llega primero. Tan importante para mí es haber leído a un clásico, como haber escuchado de niño a mi tío Francisco, que era barbero.

—¿Qué le gusta de la literatura latinoamericana?
—Para mí Rulfo es la Biblia. A veces digo, "después de esto, mejor es callarse", sabes, creo que la herencia de Cervantes está mejor representada en Latinoamérica y no en España. Aquí se perdió la dimensión de la imaginación, la literatura española es muy poco cervantina. Cervantes fue una excepción en nuestra historia. Siempre se habla de "el escritor patrio" pero es increíble que en España se haya escrito a veces tanta mala literatura con el precedente de Cervantes. En la literatura anglosajona a veces aparece esa herencia cervantina. Pero creo que Cervantes transmigró, definitivamente a Latinoamérica. Y no sólo hablo de Rulfo, ahí está Garciliano Ramos y "Vidas secas", o Jorge Amado.

—¿Cree que la literatura "sirve" para algo?
—La literatura puede servir para contrapesar las grandes dinámicas de los poderes en el mundo. Cuando descubres a un autor como Mia Couto de Mozambique, te das cuenta de que en mundos marginales y periféricos puedes ubicar el centro de la mirada. Así rompes la inercia. No existe razón de tipo genético para que se haga mejor cine en los EEUU que en Colombia. Cuando ves esta chispa del esfuerzo humano, este valor de la comunicación creando una gran película o un gran libro, fuera de los grandes circuitos, te da mucha confianza el ser humano.

—En sus libros siempre hay muchas historias paralelas, como los acordeones que sonaban en El lápiz del carpintero. Recuerdo que Bryce Echenique decía que lo que más le gustaba del Quijote era esa divagación constante. ¿Es la divagación parte de su técnica?
—Sí, es como hacer espirales en el aire. Una de las mejores lecciones de estética te la puede dar un marinero al explicar el porqué de dos chimeneas en un barco, si sólo funciona una. Para el marinero es por la estética de la nave y punto. Una característica del mundo contemporáneo es el caos. Sencillamente no hay una sola explicación. Ese discurso de la posmodernidad que acabó con los grandes discursos y el dios único, lo que ha dejado es una gran orfandad. Estos inventos de hacer cuentos es para prolongar las mil y una noches, ganar noches para que no se acaben. Es darle armonía a este mundo que no la tiene.

—¿Nuevos libros?
—Acabé un libro que se publicó en gallego a principio de verano y salió en octubre en castellano. Se llama Ella, maldita alma. Es un intento de alguien en localizar almas. Es mi particular viaje interior al corazón de las tinieblas, un libro muy duro. Allí te das cuenta de que el viaje interior es cuando comienzas a ver hacia afuera y descubres un alma en la gente que te rodea y también en objetos como una guitarra eléctrica, en una barra de pan, en un enjambre de abejas.

—¿Por qué escribe?
—Yo creo que para no tener frío. Para espantar el frío y espantar la noche.

Eli Bravo. Periodista

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