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Mateo, mi amigo

Esta aproximación a la vida del artista plástico, desde el lazo de la amistad, da cuenta de un ser trabajador, disciplinado y sensible

  • Diario El Universal

21/04/2018 06:46 am

Conocí a Mateo Manaure una tarde de 1986. Yo era apenas una treintañera, curiosa, provinciana y “culturienta”, con la suerte increíble de encontrarme en el lugar y en el tiempo -precisos- para vincularme a escritores, artistas plásticos y músicos. Ese era, y sigue siendo, mi ambiente privilegiado.


Mateo y yo hicimos una sintonía inmediata. Alguien me dijo: “Cuídate de ese energúmeno, que cuando le sale el indio se le despeina su pelo liso y se torna incontrolable.” Debo decir que jamás lo vi despeinado, al contrario: siempre solemne, formal, de flux y corbata, con una conversación interminable, interesante, apasionada e ilustrativa. A través de él, protagonista indiscutible, me empapé de la historia del arte venezolano del siglo XX.


Lo frecuentaba de vez en cuando. Por él me enteré que había nacido en Uracoa, estado Monagas, en octubre de 1926, hijo único de una madre soltera con intuición y sentido de futuro, quien decidió salir de allí -en una aventura apoteósica- siendo Mateo apenas un niño, para buscar un mejor destino en la capital. Fue un periplo alucinante pues, en pleno viaje, el pequeño pudo conocer a su padre. Siendo ya adulto y artista afamado, Mateo construyó en Uracoa, a orillas del Orinoco, una enorme churuata, donde vivió e instaló su estudio por varios años.


Llegaron a Caracas cuando Mateo tiene quince años y el joven monaguense entra a estudiar en la Escuela de Artes Plásticas Aplicadas (actual Escuela de Artes Visuales “Cristóbal Rojas”). El director de la escuela era Antonio Edmundo Monsanto, quien tuvo el mérito de sacrificar su obra artística para dedicarse a la pedagogía que formó a los grandes de las artes plásticas de Venezuela: Jesús Soto, Armando Reverón, Alejandro Otero, Pascual Navarro, Mercedes Pardo, Carlos González Bogen, Perán Erminy, Aimeé Batistini, y otros tantos.


Monsanto, que sabía de la estrechez económica de Mateo, lo nombra encargado de la biblioteca, como una manera de ayudarlo. Me contaba Mateo que Monsanto se desvivía por las revistas europeas que daban cuenta del rumbo de las artes plásticas y que hacía malabarismos para conseguir esas publicaciones y ponerlas en manos de los jóvenes alumnos, quienes de esta manera se iban enterando y descubriendo el rumbo del arte por el mundo. Esto los marcó definitivamente.


Mateo, disciplinado, como fue siempre, seguía rigurosamente los pasos de la formación figurativa impartida en la Escuela de Artes Plásticas: desnudos, bodegones y de vez en cuando paisajes. Atendiendo a ese estilo, en 1943, con solo diecisiete años, gana su primer premio: el Premio especial del IV Salón para alumnos de la Escuela de Artes Plásticas.



Mural del edificio CANTV ubicado en Los Caobos, realizado y restaurado por el artista plástico. El proyecto comenzó en octubre de 2004 y abarcó el revestimiento y mantenimiento de la obra cuya superficie aproximada es de 1822 metros.


Él era un genial diseñador gráfico de nacimiento que, en su incipiente etapa caraqueña, se ganaba la vida pintando carteles para los cines (quien logre ubicar alguno de esos carteles tiene un tesoro entre las manos).  A los veintiún años (1947) gana la primera edición del Premio Nacional de Artes Plásticas (VIII Salón), todavía ejerciendo el arte figurativo. Entonces se va a París, la meca de los artistas del planeta, allí se le revolvieron las imágenes de las revistas que había leído de estudiante con las nuevas concepciones de la vanguardia,  y entra -con paso firme-  en el universo de la abstracción, de la que se hizo, con el tiempo, un gran maestro.


Regresa un año después a Caracas y participa en la creación del Taller Libre de Arte. Vuelve a París en 1950 y expone en la Galería Rebee Breteau. Su nombre es ya una referencia en el ambiente artístico. Europa lo impulsa a romper con los esquemas tradicionales y es así como, al retornar a su país, integra el grupo de los Disidentes, acompañado por Alejandro Otero, Pascual Navarro, Carlos González Bogen, Perán Erminy y Aimeé Batistini. En 1952 funda la Galería Cuatro Muros, donde se muestra la primera exposición que marca el inicio del abstraccionismo en Venezuela.


La trayectoria profesional de Mateo fue excepcional, en el sentido que ha sido uno de los pocos artistas plásticos venezolanos que vivió y disfrutó el éxito de su obra. Fue amigo personal de Carlos Raúl Villanueva, con quien trabajó (1954) en la supervisión de la instalación de las obras de afamados artistas, en la Ciudad Universitaria (Universidad Central de Venezuela, hoy Patrimonio Cultural de la Humanidad), allí podemos encontrar 26 de sus piezas monumentales.


Campus de la UCV


El arte urbano es parte de su visión sensible. Es por ello que instala sus Policromías en la Urbanización 23 de Enero y hace apenas unos años diseñó el enorme mural “Uracoa” en la Avenida Libertador, a la altura del edificio de PDVSA. Además, Manaure como diseñador de primer orden y apasionado de las artes gráficas, se hizo un experto en litografías. Muchas de sus obras las editó personalmente en este formato.


Sus piezas están presentes en colecciones privadas nacionales e internacionales y sus series: “Pinturas Sobremontaje” (1965), “Suelos de mi Tierra” (1967), “Cuvisiones” (1969), “Columnas Policromadas” (1977), “Mirar a América”, “Orinoquia” (1988-89) y “Ofrenda a mi raza” (1992) son parte fundamental de la historia artística venezolana y latinoamericana.


Ahora bien, el destino me hizo vivir con Mateo tres maravillosos eventos. En 1992, el Banco de Maracaibo decide patrocinar y promocionar su serie “Ofrenda a mi raza”, para entonces yo dirigía la Fundación de dicho Banco y me correspondió coordinar parte de su itinerancia por Montreal, Roma, París, Caracas y Washington. Mateo estaba recién operado cuando fuimos juntos a Washington para montar la exposición, era entonces Simón Alberto Consalvi el Embajador de Venezuela en los Estados Unidos y amigo personal de Mateo. El viaje fue toda una odisea. Hicimos escala en Puerto Rico y al recoger el equipaje nos percatamos de que todas las cajas con los catálogos se habían roto; Mateo se me desapareció, pues era un fumador empedernido que al no poder fumar en el avión se desquitó en el aeropuerto prendiendo un cigarrillo tras otro. Aquello fue surrealista. Yo no encontraba ayuda para reempacar las cajas de catálogos y teníamos muy poco tiempo para tomar el avión que nos llevaría a Washington; Mateo, cigarro en mano, me miraba echar carreras por todo el aeropuerto y tranquilamente me decía: “Yo no puedo ayudarte porque se me van los puntos”. Logré resarcir el entuerto y los catálogos sobrevivieron hasta el día de la exposición.


En 1996, yo trabajaba con José Ignacio Casal en una entidad de Ahorro y Préstamo y tuvimos que ir a Maturín para negociar un desarrollo habitacional. Nos reunimos con el entonces gobernador Eduardo Martínez quien, entre otras atenciones, nos llevó a conocer la construcción del edificio que albergaría el Museo de Arte Contemporáneo de dicha ciudad. Estando allí se me ocurrió proponerle a Martínez que considerara el nombre de Mateo Manaure para el Museo, siendo el artista oriundo del estado Monagas. Unos días después me llamaron de la gobernación para solicitarme contactar a Mateo y participarle que el Museo llevaría su nombre. Viajé entonces con él a Maturín para formalizar el trato y las condiciones. La alegría de Mateo excedía con creces su entusiasmo. Sé que Mateo donó unas obras importantes para la exposición permanente y en el 2009 se inauguró el Museo que lleva su nombre.


Hace pocos años, no lo tengo precisado, el Grupo de Teatro Chichón, de la Universidad Central de Venezuela, dirigido por Armando Carías, presentó en el Aula Magna una hermosísima obra que recreaba -para los niños- la historia de la construcción de la universidad por Carlos Raúl Villanueva. Armando, que sabía de mi estrecha relación con Mateo, me pidió que lo llevara pues uno de los personajes principales era un niño que hacía el papel de Manaure y que discutía con Villanueva (representado por otro niño) el proyecto de la ciudad universitaria. Busqué a Mateo en su casa y nos fuimos juntos para la obra de teatro. Impecable, peinado, enfluxado, perfumado y saludado por todo el mundo, entró en el Aula Magna. No puedo describir la emoción de Mateo cuando se vio en escena al lado de Carlos Raúl Villanueva. Temblaba y se le salían las lágrimas. Luego fuimos a los camerinos a conocer a los pequeños artistas. Fue una verdadera dicha haber compartido con él esos momentos.


Visité a Mateo en su casa-taller muchas veces. Y siempre me sorprendía con su exultante estado de creación, así como con el registro que tenía de cada una de sus obras y con el orden riguroso reinante en el taller. Conversábamos de amigos comunes, del país, de sus ideales, de sus hijos, de sus viajes a Suiza donde pasaba temporadas con su única y adorada hija y por supuesto de los planes y proyectos que siempre tenía por hacer y cumplir. No lo pude acompañar cuando cumplió 90 años pues yo no estaba en Caracas. Me quedé con las ganas de volverlo a abrazar. Este 18 de marzo supe de su partida, ya preparada desde que sus pensamientos tomaron vuelo hacia otros horizontes. Tampoco pude estar con él. Pero guardo su recuerdo en mi corazón, al lado de los poemas y textos que le leía. Mateo, mi amigo, siempre.


Rosario Anzola

Gestora cultural, escritora, poeta y cantautora

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