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El asunto de la literatura femenina

Conjugar las voces de Virginia Woolf y Elisa Lerner en torno a la determinación de una literatura femenina sucita preguntas seculares que se responden solas en este siglo

  • MARIANA DÁVILA

17/11/2018 08:57 am

“En un congreso de escritoras, 
las mujeres se miran en los narrativos espejos 
de otras mujeres” 
–Elisa Lerner 
Cuarto Congreso Interamericano de Escritoras. 

Escudriñar los textos escritos por la excéntrica escritora inglesa Virginia Woolf con el fin de establecer un diálogo con la elocuente cronista venezolana Elisa Lerner, permite percibir como las aristas de los problemas, dificultades, presiones y sumisiones, contextos y discursos que se relacionan con la literatura llamada femenina prevalecen durante más de 70 años - desde Woolf hasta Lerner y desde Lerner hasta la actualidad - sin siquiera importar la localidad. 

Tomando como base para un diálogo ficticio “La literatura: ¿tiene sexo?”, escrito por Elisa Lerner en 1981, se puede presentar como primer postulado para Lerner el hecho de que ya para el año de su crónica la etiqueta literaria “literatura femenina” se utilizaba como histórico eufemismo para abarcar aquella literatura estrechamente vinculada con lo “decididamente ginecológico” y con un conjunto de etiquetas y convenciones de las que ella – y la escritora común - fervientemente se quería zafar. 

“La imaginación femenina”, como ella se refiere al contrato autobiográfico, epistolar escrito anteriormente por mujeres, señala a aquel aglomerado de sociales significados y generalizadas convenciones con que se ha vinculado la literatura escrita por mujeres a través de los años. Los libros escritos por mujeres o los libros femeninos -como prefiere llamarlos Lerner- tienden a ser etiquetados, suscritos a temáticas apegadas al hogar, al quehacer cotidiano, al tratamiento del físico y a la importancia de la belleza, y no a la acción valerosa comúnmente acometida por los hombres, como hace referencia también Virginia Woolf en “Las mujeres y la narrativa”. 

Al leer dicha crónica de Lerner suscita en los lectores la pregunta: ¿Qué se evoca al hacer referencia a la literatura escrita por mujeres? ¿Qué espacio se le otorga? ¿Con qué se le vincula finalmente? Como apunta Woolf en su ensayo de 1929 “Las mujeres y la narrativa”, las obras literarias escritas por mujeres han sido influenciadas a lo largo de los años por circunstancias que no mantienen relación alguna con el arte. 

La autora inglesa testifica que antes del siglo XVIII existió un vacío literario desde el punto de vista del autor femenino; hubo una limitación, un ímpetu reprimido por causas externas que acallaba la expresión literaria por parte de la mujer. La figura femenina se presentaba ante la sociedad como un ente pasajero. La mujer habitaba en un contexto que no propiciaba la escritura, el hacer arte. No había la estimulación creativa necesaria. La influencia del medio ambiente y los parámetros de la sociedad enmudecían las voces de las mujeres. Sin embargo, Woolf afirma que al pasar el tiempo, dependiendo de la época y la reformación de leyes y costumbres, se implementaron cambios en la sociedad que serían responsables de “la alternación del silencio” en la escritura mujeril y del “extraordinario florecimiento” de la mujer novelista. 

La ingeniosa Woolf habla de lagunas de silencio presentes en la literatura inglesa escrita por mujeres, habla sobre un tiempo en el que las mujeres no escribían frecuentemente y otro en que escribían exitosas novelas. Los postulados legislativos y costumbres sociopolíticas de determinado período de tiempo propiciaban la existencia o no existencia de manifestación femenina. Tanto el modo de vivir, las costumbres, el entorno familiar, el matrimonio del que formaba parte la mujer como la posición que quería asumir al actuar, escribir eran fundamentales para crear una atmósfera en que le fuera posible expresarse. Ya que a pesar de los cambios constitucionales, no era sino hasta que hubiera un cambio en el fuero interno del hogar o en la mentalidad del hombre que las acompañaba, que las mujeres tenían la posibilidad de exteriorizar por medio del papel lo tan ocultamente deseado. 

Es aquí que se hace presente el esfuerzo moral que necesitaban las autoras para producir arte: la constante lucha y oposición a lo convenido socialmente se expresaba en la obra de estas mujeres que, ante la negativa influencia del contorno y las dificultades, aun así lograron dejar memorias y comunicaciones epistolares para dar testimonio de lo sufrido, de su cotidianidad rutinaria, condicionada. 

Puesto que sin importar “la permisión” que había sido otorgada –públicamente o no- a la mujer de “poder escribir”, esta seguía estando sujeta a considerables presiones emotivas tanto externas como internas. La palabra escrita por la mujer estaba sometida a la disposición de tiempo libre, a la educación que podía recibir y a la posibilidad que le brindara el entorno dominado por el machismo. Es por esta razón, que Woolf deduce que la mujer encuentra su primer -y por mucho tiempo único- espacio de expresión en el género novelístico. La narrativa era, como sigue siéndolo, el género más fácil para una mujer. Y tampoco es difícil saber la razón. La novela es la forma artística menos concentrada. La novela puede ser abandonada y continuada más fácilmente que una obra teatral o un poema. (Woolf, Las mujeres y la narrativa).  

Como también expone Elisa Lerner en La literatura: ¿tiene sexo? (1981), en la narrativa femenina no tiende a habitar la épica, el argumento varonil, el galopante viaje. La mujer, “preparada para ser novelista”, como afirma Woolf, estaba influenciada por la exclusión social que sufría, por la experiencia de pertenecer al sexo femenino. El detenimiento en la escritura de carácter memorístico, testimonial, epistolar se daba ya que las mujeres no vivían experiencias relacionadas a disciplinas como por ejemplo: la política, la navegación, el comercio. Su vida emotiva regularizada por leyes y costumbres impuestas por una autoridad de estatutos desiguales, se limitaba a la introspección como único recorrido, espacio de fuga dibujado posteriormente en imagen literaria fragmentada. 

La mujer escritora se cohibía de “la expresión más libre, riesgosa y sincera” como dice Lerner, y es por esta razón que se afianzó su dominio literario en un tipo de discurso resultado de la reflexión, de la percepción del mundo a través de la mirada espía, curiosa, de aquella que se supone que no debe mirar, que se debe ocultar, ocuparse de otras cosas. La atención al detalle, la recreación de “la cotidianidad luminosa” llevaba a la “reflexión rotunda” sobre la afectación interna del ser humano, sobre las “zonas dolorosas de la vida” como: la inconformidad, el quiebre emocional, la desesperanza; “la vejez, la soledad, la muerte”. 

En este mismo sentido, como agrega Woolf, la mujer escritora encontró en el género novelístico un espacio para desplegarse, moverse ya que la novela según la autora inglesa se podía someter a las condiciones a que estaban expuestas las mujeres: la interrupción, la necesidad de realizar varias funciones y tareas a la vez; el abandono y rescate de la escritura. De la misma manera, la mujer, como sostiene Virginia Woolf en “Las mujeres y la narrativa”: “estaba habituada a aplicar su mente a la observación y al análisis de los caracteres” (54), a formar parte de una resumido catálogo de experiencias. Hecho que en algunas ocasiones la indujo a abarcar en sus relatos la frustración que le generaba ser parte de experiencias vedadas, vivir de manera estrictamente regulada, censurada bajo circunstancias que producían efectos obstaculizantes al momento de entregarse a la creación artística. 

La literatura escrita por mujeres se caracterizó entonces durante una época –en el siglo XIX para Virginia Woolf– por el sujeto que narraba desde la ofensa, desde la queja, desde el reclamo de derechos, desde la voz que busca reinvindicación: “hacía falta gozar de una gran serenidad intelectual para resistir la tentación de la ira.” Este factor, según Woolf, producía nefastos efectos “cual si el punto hacia el que se dirige la atención del lector se desdoblara bruscamente, cuando en realidad, debería ser uno” y daba cuenta de la inacabable perturbación que sentían las autoras hacia la constante censura y calificación de inferiores que se les daba. Las contrariedades de la historia social de la época eran un impedimento para la espontánea labor literaria femenina, el efecto de las represiones en las mujeres marcaba su discurso. 

La autora inglesa hace presente entonces la deshonestidad expresiva de una época por parte de las escritoras: “la insinceridad impregna casi inconscientemente la obra. Las autoras adoptan el punto de vista que la autoridad les ordena”. Se perdía, a causa de reacciones provocadas por el contexto social, la imparcialidad esencial de la obra de arte y finalmente, se atribuía una temática discursiva emancipatoria “el portavoz de cierto descontento o agravio personal” con un carácter meramente femenino. Como resalta Woolf en su ensayo “Mujeres Novelistas”: Los problemas que presenta el arte son en sí mismos suficientemente arduos, sin añadir el tener que respetar la ignorancia de nuestras jóvenes, y sin la obligación de tener en consideración si el público lector estimará que el criterio de pureza moral que informa la obra es aquel que tiene derecho a esperar de una persona del sexo de la autora. 

La literatura escrita por mujeres, como la percibe Woolf, estaba condicionada por una crítica parcial debido a su género y por una tiranía del sexo en sí mismo del que no se podían liberar. Pero es que como afirma Woolf, el problema no radica en identificar si una obra literaria tiene una temática mujeril, o si es escrita por una mujer o no, sino en saber que se entiende por femenina. Las experiencias de los hombres y las mujeres siempre se han diferenciado: la literatura escrita por mujeres y la literatura escrita por hombres es diferente porque “cada sexo se describe a sí mismo”. Como afirma Lerner, “aun así no creo que ¿una llamada literatura femenina? sea una virtud, un don, una propiedad exclusiva de las escritoras. El matiz, la rugosidad espléndida del libro femenino, bien pueden ser compartidos por los hombres. Están siendo compartidos.” Como concluye Woolf en su ensayo “Mujeres novelistas”: “Por fin (al menos en cuanto concierne al presente comentario) se nos plantea la consideración del muy difícil asunto de la diferencia entre el parecer del hombre y el parecer de la mujer en lo tocante a qué es lo más importante de un determinado tema.” 

¿Será posible entonces, como dice Virginia Woolf, que la mujer finalmente altere y adapte la frase actual “hasta formar una que tome de forma natural de su pensamiento sin aplastarlo ni deformarlo”? ¿La mujer ya tiene la valentía suficiente para superar las oposiciones y la firme decisión de sincerarse? ¿Se impondrá ante los convencionalismos? Para el momento de la escritura de su ensayo “Las mujeres y la narrativa”, Woolf percibe que se venía experimentado un cambio en la actitud de la literatura femenina. “¿Quién dijo que la intimidad de la mujer novelista está en descubrir, hasta el cansancio, las paredes de formica en las salas de baño de sus amantes?” (Lerner, Ausencia de la mujer novelista). 

La autora inglesa, con una apasionante visión positiva sobre el futuro narrativo de la mujer advierte que ya para ese año se estaban “acercando al tiempo, si es que no hemos llegado ya, en que pocas o ningunas serán las influencias extrañas que perturben la literatura femenina.” Woolf sostiene que la independencia del genio y la intelectualidad literaria se estaban poniendo al alcance de la mujer. La mujer escritora se estaba imponiendo ante los convencionalismos dictados por los hombres e intentaba alterar “la escala de valores” establecido por el dominante género masculino: “…las mujeres comienzan a explorar su propio sexo, a escribir acerca de las mujeres cual las mujeres nunca habían escrito”. La novela se vuelve un espacio donde se explora el territorio anónimo extremadamente engañoso y desconcertante de la mujer, donde se dan cuenta de los cambios que ha presentado la vida profesional de las mujeres, el renovado contacto con el mundo exterior: “La escritora ha de observar el modo en que el vivir de las mujeres deja de ser subterráneo”. 

Esto se relaciona con el hecho de que para la época, la mujer ya podía intervenir o formar parte de asuntos intelectuales y políticos, tenía la posibilidad de -en Inglaterra- ejercer el voto, ser una ciudadana reconocida, responsable. Se produce un giro hacia lo impersonal y la mujer a consecuencia adquiere en su escritura un carácter menos analítico personal, es decir, un carácter crítico de la vida social que la rodea y a su vez afecta. La mirada femenina se vuelca entonces hacia afuera; la escritura por parte de la mujer centra su atención a los grupos subalternos, a la lucha de clases sociales y razas; nace para Woolf entonces “la base de la actitud poética” que, acompañada de tiempo libre, un poco de dinero y la oportunidad que el tiempo y el dinero permiten para observar impersonal y desapasionadamente la vida, dejará que las mujeres se dediquen detenidamente al arte, a la perfección del estilo, al mejoramiento de su prosa y a desarrollar “un arte digno de estudio”. “En consecuencia, si es que podemos profetizar, en el futuro las mujeres escribirán menos novelas, pero mejores, y no solo escribirán novelas sino también poesía, crítica e historia”. Para Woolf el destino que tanto profetiza para las mujeres se llevara a cabo si finalmente se le otorga a las mujeres de “tiempo libre, dinero y un cuarto para ellas”. 

Como reflexiona Virginia Woolf, matar “al Ángel de la casa” y “decir la verdad en cuanto a cuerpo” son las experiencias que se necesitan superar a fin de que la mujer asuma la profesión de escritor. Mas ¿es cierto esto? ¿Se corresponde con la realidad que padecieron o padecen las escritoras? 

Para el año 1981 Elisa Lerner publica su libro Crónicas ginecológicas. En Domesticidades peligrosas uno de los textos que forma parte de esta obra, la escritora venezolana reflexiona sobre como el triunfo de la mujer en el mundo del espectáculo o en el de la literatura no deja de ser un castigo, una soledad. “La cinematográfica triunfadora es, como una muy melancólica viuda de sí misma: ningún hombre compartirá la afirmación femenina”. Lerner advierte como la mujer al escoger una vocación liberadora o inclinada hacia la reflexión y el análisis como el arte o la literatura, no tiene más opción o remedio que asumir su destino solitario. Según lo que ella observaba de la sociedad en la que vivía y de las celebridades que conocía concluía que: “El marido no soportando el tan ostensible éxito de la esposa, se ha sometido a compleja muerte –entre alcohólica y oceánica– tirándose a aguas del Pacifico.” En el mismo año la cronista venezolana relataba sobre la imposibilidad femenina de desplegarse en una profesión intelectual y a su vez de tener lealtad, apoyo, consideración y comprensión de la vocación por parte de su marido. “¿y ahora, en estos mismísimos momentos, quieren los hombres tener al lado para su intimidad, escritora alguna?”. 

Lerner advierte como la profesión literaria siempre se ha distinguido por ser “disociadora” y cuestiona posteriormente como para su momento “la solución” de Virginia Woolf del cuarto propio –un poco de dinero, tiempo libre y espacio propio– se torna poco razonable e inadmisible. “La gran novelista diseña sutiles argumentos alrededor de la necesidad de cierta independencia económica para las damas dispuestas a transformarse en literatas. Pero nada dice acerca de cómo un íntimo machismo, en susceptibles campos del amor y del sexo –Virginia fija la irónica mirada en el dogmático mundo de trabajo de los hombres– puede limitar (vulnerar) la creación femenina.” 

Es así como se percibe que a pesar de las ilusionantes y motivantes profecías dictadas por Virginia Woolf en cuanto a la “literatura femenina” o la literatura escrita por mujeres, para el tiempo en que Lerner escribe su crónica, seguían siendo, en parte, esperanzada ensoñación: “Virginia Woolf, acaso algo ingenuamente, cree que una comodidad de orden económico soluciona el problema literario en las mujeres.”

La escritura sin interferencias se vuelve para la mujer todo un reto si se propone, como dice Lerner, sostener tanto la batalla por el éxito de una profesión literaria como la batalla de mantener un matrimonio con un varón. Suficiente dinero y un marido dócil no garantizan la vociferación de la verdad “honda” o “rebelde”. La mujer se ve tan atrapada en un compromiso familiar, matrimonial –muchas veces en una vida ajena- que el sentimiento de “callarse porque se le debe algo alguien” imposibilita la honesta creación y propicia la construcción de memoria fragmentada. Se advierte entonces como la literatura escrita por mujeres para el año de publicación de la crónica de Lerner sigue siendo afectada por asuntos que nada tienen que ver con el arte, y su vocación conlleva a las escritoras a padecer situaciones, emociones, que no son generalmente padecidos por el escritor masculino. 

Ya en el Cuarto Congreso Interamericano de Escritoras, Elisa Lerner, relatando su estadía en la Ciudad de México con el fin de reunirse con parte de las escritoras más reconocidas del momento, reflexiona sobre –entre otras muchas cosas– la literatura escrita por mujeres y los fenómenos que alrededor de estas el ejercicio de su profesión literaria suscita. Se percibe entonces la perduración de la noción de “soledad” en la mujer escritora: “¿Es que primero nos viene el amor y cuando pierde o se va borrando este, la literatura?”  “¿escribir no es saberse llevar bien con un tiempo de vastos, fatigantes, muy solitarios relojes?”. 

Las respuestas a Lerner siguen abriéndose camino en el pensamiento de sus orgullosos, altivos e inteligentes lectores. Vincular las reflexiones de Elisa Lerner y Virginia Woolf permite trazar un ahondamiento histórico –e irónico– del rol de la mujer no solo escritora sino también profesional. Ambas hacen crítica del país del que forman parte y se atreven a mirar a lo anónimo, desamparado de los hechos ocurridos anteriormente. Traen a la conciencia la atemporalidad de fenómenos sociales y enfrentan con humor aquellos oscuros pasajes pertenecientes al pasado. 

El detenimiento de ambas en lo “enigmático de la cotidianidad” y el uso de pretextos y metáforas para detallar los misterios de la vida hacen posible un diálogo infinito entre las escritoras que no solo propicia la identificación de los “hoyos negros” de la Historia sino también fomenta la importancia de definir y analizar los obstáculos y “fantasmas” que afectan a la mujer. Manifestar alternativamente las ideas de Elisa Lerner y Virginia Woolf proporciona un mayor conocimiento sobre el oficio de la mujer escritora, las razones de su éxito y la posición que ocupa en el mundo cultural y laboral de un país. 

La presencia de la mujer en la actividad intelectual y literaria y su reconocimiento resaltan la -posiblemente efectiva - vinculación existente entre los hombres y mujeres de una determinada nación. La posibilidad de la mujer literata de no estar condicionada su obra a temáticas, no padecer el encierro de la expresión y poseer la historia para cuestionarla, permiten el crecimiento de una identidad colectiva y la construcción de una metáfora social que de paso a la igualdad de posibilidades y a la no existencia de obstáculos para ejercer el libre ejercicio de –cualquier– una profesión literaria. 

Aún queda la pregunta: ¿Se cumplirán algún día las tan esperadas profecías woolferianas? Como dice Lerner: “¿Qué dicen otras escritoras? ¿Qué dicen las escritoras venezolanas?”.        



Mariana Dávila
es tesista de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. 


Bibliografía: 
Lerner, E. (2016). “Ausencia de la mujer novelista”. Así que pasen cien años. Caracas: Editorial Madera Fina.142-143. 
Lerner, E. (2016). “Domesticidades peligrosas”. Así que pasen cien años. Caracas: Editorial Madera Fina. 454-457. 
Lerner, E. (2016). “La literatura: ¿tiene sexo?”. Así que pasen cien años. Caracas: Editorial Madera Fina. 458-460. 
Lerner, E. (2016). “Cuarto Congreso Interamericano de Escritoras”. Así que pasen cien años. Caracas: Editorial Madera Fina. 461-470. 
Woolf, V. (1981). “Las mujeres y la narrativa”. Las mujeres y la narrativa. Barcelona, España: Editorial Lumen, S.A. 51-61. 
Woolf, V. (1981). “Profesiones para la mujer”. Las mujeres y la narrativa. Barcelona, España: Editorial Lumen, S.A. 67-74. 
Woolf, V. (1981). “Mujeres novelistas”. Las mujeres y la narrativa. Barcelona, España: Editorial Lumen, S.A. 80-84.  

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