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Pocaterra, el narrador de cárceles

José Rafael Pocaterra, retratista de uno de los tantos momentos oscuros de nuestra historia, y de los hechos repulsivos a los que estuvo expuesto, es abordado como referencia para la denuncia

  • Diario El Universal

16/09/2018 07:42 am

Por Jordi Santiago Flores


¿Parece esto un “cuento”, verdad? 
Pues es una historia. 
Una historia donde lo grotesco 
y lo trágico entran por partes iguales. 
Como en la vida. 
"La coartada", de José Rafael Pocaterra 

El término coartada es perfecto para echarse al ruedo. “Yo no estuve ahí cuando eso pasó. No tengo nada que ver con eso”. Podría decirse en última instancia, cuando al final del recorrido, el crítico se muestre inconforme con el tema. 
El estilo de José Rafael Pocaterra (1889-1955), y más concretamente ese significante que nos legó como un misterio: grotesco, ha sido estudiado y comentado por luciérnagas como Juan Liscano, Miguel Otero Silva, Mariano Picón Salas, Guillermo Meneses y José Antonio Castro, solo por nombrar a los insignes. 

Curiosamente, entre los años 60 y 70 estos intelectuales reunieron brillantes trabajos sobre la impronta de la escritura de corte realista del valenciano. Hoy, el emblemático narrador de las cárceles de la dictadura vuelve a ser revisado entre nosotros, mostrando —en clave de Raymond Williams— su carácter residual o de residuo. Hay pocas figuras tan herméticamente bien construidas como la de Pocaterra. Su vida y su pluma son un público devenir de acontecimientos que la crítica ha tenido tan solo que saber acompañar casi a modo de historización. Hay poco sentido oracular en su obra, y en cambio un registro epocal de enormes magnitudes. 

Pocaterra es el clásico escritor cuya vida se vuelca en su escritura: diáfana, concreta, extensiva, perfecta para hacer un peliculón sobre la república, la intelectualidad y la dictadura en la Venezuela castro-gomecista. Pocaterra, huérfano de padre a los pocos años de nacido, arrojado con su madre por esta fatalidad a la vida de estrecheces y carencias económicas, no logró culminar el sexto grado en la escuela Don Bosco a causa de tales limitaciones. De rigurosa formación autodidacta, desde su temprana infancia se topó con el horror humano. A la edad de nueve años, en medio del conflicto por la presidencia (a propósito de unas elecciones fraudulentas que desembocaron en la insurrección de Queipa) entre el opositor José Manuel Hernández y el candidato electo Ignacio Andrade, respaldado por su antecesor Joaquín Crespo, Pocaterra vio en Valencia arribar a los moribundos sobrevivientes de una de las batallas que se libraba en Tocuyito. 

Sus biógrafos cuentan que uno de los soldados murió a sus pies pidiéndole agua. A los 12 años trabajó como mandadero en pequeños comercios locales, y a los 17 comienza a trabajar en la redacción del periódico carabobeño Caín, un diario opositor al régimen de Cipriano Castro, en el que publicó sus primeros textos y le valió su primer encarcelamiento como perseguido político. 

Cerca de dos años estuvo preso (1907-1908) a merced de vejaciones y torturas. Con la misma mala suerte correría brevemente en 1917, y posteriormente en 1919, inicio de un período en el que logra sobrevivir durante 3 horrorosos años en la cárcel modelo de La Rotunda, ese inhumano desaguadero de enemigos políticos de Gómez. En 1922 es liberado y se marcha al exilio. En 1929 se embarca en la conspiración del Falke, responsabilizado por algunos de sus compañeros tras el fracaso, por haber huido a Trinidad —una vez descubierta la intentona— y arrojado las armas al mar. 

Durante la época del exilio, Pocaterra trabajó en distintas instancias académicas y periodísticas en EEUU y Canadá, luego de la muerte de Gómez ocupó también reconocidos cargos públicos en la política nacional, y también como diplomático. Una vez ocurrido el magnicidio a Carlos Delgado Chalbaud, en 1950, amigo personal y quien le había encomendado a Pocaterra labores diplomáticas en EEUU, el escritor, ya cansado de su empeño político, con 61 años de edad, decide renunciar definitivamente a la gerencia pública. Muere 5 años más tarde en Montreal. 

La vida de Pocaterra tiene más tesitura que este recuento 

El grueso de sus obras más emblemáticas: Política feminista; o, El doctor Bebé, Vidas oscuras, Tierra del sol amada, Cuentos grotescos y Memorias de un venezolano en la decadencia, datan de la época anterior al exilio. 

¿Qué envoltorio puede cubrir la noción de grotesco en este escritor, cuando lo grotesco en tantas experiencias de su vida, salta a la vista? Pero sus Cuentos grotescos muestran una complejidad llamativa. Es cierto que retratan la decadencia de una sociedad empobrecida por la ignorancia, el servilismo, la avaricia, el maltrato, la brutalidad de sus gentes y de su paternal y violenta cultura; pero también lo grotesco del olvido, del odio, del desamor, de la traición, de la felicidad, del inexplicable presente. 

Pocaterra hace un decálogo de la fatalidad nacional, pero también de la fatalidad ordinaria de vivir. La soledad, la compasión, la ausencia, el anhelo y la añoranza acompañan la salida grotesca de sus cavilaciones, lo grotesco —lo dice el autor— de la vida. Lo grotesco es innombrable. El significante aquí no es más que un sustituto vital para darle un nombre a aquello que no lo tiene y no lo puede tener porque sobrepasa el entendimiento. 

¿Qué es lo grotesco para José Rafael Pocaterra?, ¿qué es lo grotesco para usted, lector? Lo grotesco funciona como un recurso nominativo para expulsar una situación, un encuadre, una escena, un acontecimiento que nos sobrepasa y es preciso ponerlo afuera, deplorarlo con un juicio, apartarlo de cualquier vínculo que haga evidente nuestra implicación fantasmática con el hecho. 

La grotesquidad en la letra de Pocaterra muestra su carácter residual para nosotros, en tanto nos confronta con ese resto que expulsamos a diario en la insistencia de vivir, y con ese resto colectivo que botamos aún hoy desde hace doscientos años en este suelo. 

Cuando la fractura se impone acelerada como entonces, y lo grotesco parece apoderarse de la marcha, volvamos a Pocaterra pero no como coartada. No para provocarnos la expulsión, no para poner lo grotesco cotidiano —irremediablemente la vida nuestra con el otro— fuera de nosotros. No para decir: “cuando eso pasó yo no estuve allí, no participé en eso, no me enteré, no sabía; yo viví la época grotesca, pero no, yo no fui grotesco, yo no estuve allí entre ellos”. Voltear a mirar eso grotesco que expulsamos como resto y ponemos sin remedio en lo social, podría ayudarnos a relacionarnos mejor con ese objeto del que hablamos en la calle fascinados de terror como defecto del otro.

Pocaterra dejó una vía a la denuncia, pero también nos habló de la condición humana.               

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