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"El deslave moral de la sociedad venezolana ha llevado a conductas que pueden lucir contradictorias"

"El eco de las voces", de Ediciones Atlantis, es la segunda novela del autor venezolano Juan Manuel Morales Chávez

  • Diario El Universal

19/08/2018 01:15 pm

Por Geraudí González Olivares

En El eco de las voces (2018), de Ediciones Atlantis, el autor venezolano Juan Manuel Morales Chávez (Maiquetía, 1966), de la mano de sus personajes, especialmente el de Isabel Fuentes, construye una historia que transita por una serie de circunstancias sociales, políticas y personales, cuyo germen parece estar signado por las distintas voces que se inscriben en una realidad a la que resulta imposible darle la espalda. 

Una mujer, Isabel Fuentes, emprende un viaje, sola, con un pasado que la sigue a todas partes y unos antepasados a los que intenta honrar desde el recuerdo y el amor familiar. El escritor venezolano, Juan Manuel Morales Chávez, compagina su profesión de médico con la literatura; son ambas un pilar importante en su día a día; y según sus propias palabras, ambas le han permitido “reflexionar sobre hechos de la vida” y “la consecuencia es la escritura”. Y como muestra, he aquí su segunda novela El eco de las voces. Antes, publicó Las tías, también en España, y con la cual se inicia y se expone a la crítica literaria y a los lectores. Del mismo modo, tiene en su haber la producción de un grupo de relatos, que aún permanece inédita. Asistimos entonces a una obra que nos conduce, como lectores de cualquier lugar del mundo, a una interesante reflexión acerca de las voces que nos rodean, los ancestros, el arraigo familiar y muy especialmente, a las convicciones que permanecen en nuestras vidas. 

Revisando algunos aspectos biográficos, encuentro que existen tres elementos claves en tu circunstancia personal: 1) El contacto universitario y político durante tus años de juventud; 2) Tu núcleo familiar, y 3) La Guaira, ese contexto marino, en el que creciste y viviste buena parte de tu vida. ¿Cómo ha influido esta tríada en El eco de las voces y el resto de tu producción escrita? 
Esa triada se ha amalgamado de manera compacta a lo largo de mi vida y me ha proporcionado un sustrato sólido para escribir. Cada uno de los elementos que la conforman ha sido clave para mí. En primer lugar está el elemento familiar. 

Mis abuelos son el almíbar de mi infancia. He aprendido a quererlos aún más después de muertos, cuando me di cuenta de su grandeza, del camino que trazaron, de todo el bagaje moral que dejaron el día que partieron. Entre mis ancestros, mi gran pilar es mi padre, de quien tuve la oportunidad de despedirme de forma serena y tranquila, a sabiendas de que no era un hasta nunca, sino un hasta pronto. Él sigue viviendo para mí. Por eso, El eco de las voces está dedicada a ellos, a mis muertos vivientes. En tiempos turbulentos, tienes que aferrarte a las convicciones que te han dejado. En mis escritos reivindico el rol de la familia como una guía ante el caos social. 

Durante mis estudios universitarios, había cosas que no entendía, pero hoy, al analizar lo sucedido aquellos años, comprendo que fuimos, sin saberlo, testigos y protagonistas de la debacle de la sociedad venezolana, que comenzó en la década de los setenta. El caudal del lodo maloliente aumentaba debajo de cada uno de nosotros. Crecer frente al mar, en una ciudad con un importante movimiento portuario, como el que tenía La Guaira en esa época, sin duda, fue algo muy importante para mí. Aparte se agrega el hecho de su cercanía a Caracas y de estar el Aeropuerto Internacional allí. Yo viví “la Venezuela saudita”. Había una población que estaba constantemente de paso, que cambiaba cada día. Era una región repleta de historias, de amoríos fugaces, de oportunidades que se esfumaron, de una riqueza dilapidada, de una corrupción que casi podía tocarse, de una movilidad social que se hacía más patente y cercana, de la solidaridad de tus coterráneos, de la permisividad de la transgresión. 

La Guaira no fue más que la representación en miniatura de la Venezuela que una vez tuvimos. Soy de la generación que vivió el experimento democrático que se intentó en Venezuela a partir de 1958 y que cuarenta años después quedó hecho añicos. Somos, en esencia, un país violento. 

Confluyen en esta historia diversas voces: la voz del amor, de la nostalgia y de la amargura. Sin embargo, la voz del presente parece acallarlas. Desde tu perspectiva de narrador, ¿cuál de estas voces tiene el mayor peso en la historia? 
Aparte de las voces mencionadas, agregaría la de la soledad y la del dolor; esta última, junto con la del amor, llevan el peso principal de la historia. Ellas se unen para dar origen a un grito afásico que desgarra a Isabel Fuentes y a muchos de los personajes que rodean a Pérez Domenech. Esa mezcla de amor y dolor es la que los impulsa a actuar o a ahogarse en su propio sufrimiento. Es una combinación que, si no se sabe manejar, puede resultar funesta. 

Isabel Fuentes, personaje central de la novela, emprende un viaje solitario, con su pasado y antepasados a cuestas. En este sentido, los ancestros, los orígenes como legado, el apego a la esencia familiar, dan cuerpo a una simbología social que está presente en el desarrollo de la novela. ¿Cómo percibes el tema de la ascendencia y el desarraigo en la narrativa contemporánea, especialmente en la que escriben otros narradores venezolanos?
El deslave moral de la sociedad venezolana ha llevado a conductas que pueden lucir contradictorias con la formación que han recibido muchos individuos. Uno los observa y no deja de asombrarse. La imagen de las personas se ha desdibujado hasta tal punto que no reconocemos a aquellos que una vez nos eran familiares; es entonces, cuando tenemos que preguntarnos: ¿dónde está lo que te han enseñado tus ancestros? 

En ese tema puede uno encontrar muchas historias sobre las cuales escribir. Los venezolanos nunca hemos tenido tradición de emigrar; por el contrario, fuimos un país abierto a la inmigración, aprendimos a convivir con personas de distintas partes del mundo, de diferentes culturas, razas y religiones. La diáspora es algo inédito en nuestra historia. Ha sido un proceso duro, doloroso, cargado de una nostalgia gélida, desde la cual los escritores hemos abordado el drama venezolano, dando lo mejor de nosotros mismos, mostrando una realidad que trascienda nuestras fronteras y que deje constancia de un momento socio político, que no puede ser visto con indiferencia por el resto de las naciones de América Latina. Hemos tenido que reinventarnos y demostrar de lo que somos capaces; en ese sentido, creo que los escritores hemos cumplido. Es imposible que después de que has hecho tu vida en un país como alguna vez fue Venezuela, escribas y todas esas vivencias queden de lado. Literariamente sería un desperdicio. 

Tu primera novela, Las tías, te permitió dar el primer paso en la publicación y exponer tu escritura a la crítica. En tu segunda novela, El eco de las voces, tuviste tiempo para madurar una historia, quizás más cuidada. En este sentido, ¿cuáles diferencias esenciales observas entre ambos títulos? 
Ambas novelas son totalmente diferentes. En Las tías, el personaje principal tiene un trastorno límite de personalidad con rasgos paranoides e histriónicos. Es una mujer castrada por las circunstancias de una época, llena de pasiones, de sentimientos encontrados, que halla en los conflictos el oxígeno para subsistir. Es una obra en la que los personajes están muy trabajados psicológicamente. El eco de las voces es mucho más densa desde todo punto vista. Hay una lectura anecdótica superficial y otra subyacente, más profunda, más reflexiva, frases y detalles que parecen irrelevantes, pero que en realidad adquieren toda su dimensión cuando se llega al final de la obra. La historia de amor entre Isabel Fuentes y Luis Fernando Pérez Domenech, permite mostrar la pérdida paulatina de los principios, los valores y las formas que llevan al desplome de una sociedad. En esta novela el lector queda atrapado por el secreto que con tanto celo esconde Isabel Fuentes y que tan poco le importa a Pérez Domenech. 

La literatura venezolana tiene un interesante historial de escritores que alternan el oficio creador con el ejercicio en disciplinas científicas, especialmente con las ciencias de la salud. Entre nuestros ejemplos destacados podemos citar a Manuel Díaz Rodríguez y otros notables casos como Vicente Lecuna Torres, Reynaldo Pérez So y Luis Enrique Belmonte. ¿Cómo ha sido tu experiencia vocacional y la convivencia en ambos territorios? 
Ser médico y escritor no es fácil. Ambos oficios requieren tiempo, constancia, dedicación y disciplina, pero sobre todo a uno le tiene que gustar lo que hace, si no es imposible. En mi caso particular, siento que el ejercicio médico me ha nutrido como escritor. Me gradué de galeno en la Universidad Central de Venezuela en el año 1992. Me formé en el Hospital Vargas de Caracas en un época en la que no solo el conocimiento científico era importante, también lo era la vocación de servicio al enfermo. Esa entrega a los pacientes le permite a uno reflexionar sobre hechos de la vida; en mi caso, eso no queda allí, la consecuencia es la escritura. Después me especialicé en Anestesiología, una especialidad en la que tienes que estar pendiente de muchas cosas al mismo tiempo; eso también me ha ayudado. 

Para escribir se necesita leer mucho, saber escuchar a las personas y fijarse en los detalles, que suelen tornarse reveladores y contribuyen de manera eficaz a la hora de delinear un personaje. Desde niño me gusta leer, es una actividad que me apasiona; en ello queda reflejado la influencia de mi madre, quien durante muchos años fue profesora de literatura. Descubrir que hay situaciones que parecen muy actuales y realmente son ancestrales, poder acercarte a culturas que son lejanas, imaginarte un paisaje distante, viajar en el tiempo o sentirte atrapado por un personaje, lograr eso en una novela, solo con la magia de las palabras, es tan extraordinario como dormir y despertar a un paciente. La literatura me ha ayudado a comprender el mundo. 

Tu estancia en España ha sido prolongada: desde 2007 vives y trabajas en Madrid, junto a tu esposa, quien también ejerce la medicina. ¿Cómo ha sido tu rutina cotidiana y el contacto con autores españoles? 
Mi día a día es intenso. Siempre ha sido así, forma parte de mi personalidad. No concibo estar sin hacer nada. Cuando no estoy trabajando, estoy leyendo, escribiendo, estudiando, haciendo de padre o las cosas propias que hace todo amo de casa. El día que deje de vivir de esa manera, creo que mi vida habrá terminado. Soy un soñador empedernido. La gente tiene derecho a soñar y luchar por sus sueños. He podido compaginar la medicina y la literatura porque he tenido el apoyo incondicional de mi familia. 

En relación con España, debo decir que es un país con una intensa vida cultural, donde hay la posibilidad de hacer diferentes actividades. Cuando el tiempo me lo permite, acudo a algún que otro grupo donde se comparten lecturas de diferentes autores, a alguna presentación, etc. Hay mucha gente leyendo, creando. Nada más extraordinario que entrar a las librerías españolas y poder encontrar el libro que quieras. Mi contacto con los grandes autores españoles ha sido a través de sus obras. 

¿Cuáles autores venezolanos y latinoamericanos atraen tu atención? ¿Quiénes han sido referentes en tu condición de lector y posteriormente en tu proceso como escritor? ¿Qué libros sueles releer? ¿Cómo ha sido tu contacto con otros géneros literarios, como por ejemplo la poesía y el ensayo? 
De cada uno de los escritores que he leído me ha quedado algo. Por supuesto, algunos han llamado más mi atención que otros, como es el caso de Hermann Hesse o de Albert Camus. Guillermo Meneses es un autor venezolano al que me gusta volver de vez en cuando por las temáticas que aborda y la forma en que lo hace, aunque debo admitir que me gusta estar en una permanente búsqueda en el mundo literario. Dentro de los latinoamericanos, no puedo ocultar mi inclinación por la literatura colombiana; dentro de esta cabe destacar los nombres de: Juan Gabriel Vásquez, Héctor Abad Faciolince y Fernando Vallejo, entre otros. Actualmente hay unos cuantos venezolanos escribiendo; de los que me he leído puedo mencionar dos: Juan Carlos Méndez Guédez, un escritor polifacético en cuyas obras se percibe una cercanía al lector, y Rodrigo Blanco Calderón, quien se caracteriza por su densidad narrativa y la capacidad de darle universalidad a sus historias; son los que más llaman mi atención. Los géneros literarios que más me atraen son novela, cuento y ensayo. 

La poesía la oigo cuando tengo la oportunidad de acudir a alguna actividad dedicada a ello. Entiendo que hoy en día hay un movimiento importante alrededor de este género literario al que de alguna manera se han sumado muchas personas, pero no es un área que yo haya explorado como escritor. En relación con los ensayos, he leído unos cuantos: La rebelión de las masas, de José Ortega y Gasset, y Más allá del bien y del mal y Así habló Zaratustra, de Friedrich Nietzsche, entre otros. 

En cuanto a los venezolanos, de Rómulo Betancourt he leído algunos ensayos y análisis. Considero que es uno de los grandes estadistas latinoamericanos del siglo XX, un personaje políticamente muy interesante. Leer sobre él me ha ayudado a escribir las dos novelas que he publicado hasta ahora. En las actuales circunstancias en que se encuentra Venezuela, siento la añoranza por una figura como la de Betancourt. 

En El eco de las voces hay una urdimbre social que se ve mayormente reflejada en el personaje Luis Fernando Pérez Domenech. ¿Tiene esto alguna correspondencia con el actual drama venezolano? 
Las acciones de los personajes de El eco de las voces trascienden lo individual. En esta novela los personajes tienen una alta simbología social. En este caso, se expone la situación venezolana, pero ese drama, puede vivirse en cualquier parte, al margen de las diferencias que existen entre una sociedad y otra, lo que varía es la estrategia política, en la que el poder de la palabra es fundamental. La prostitución del lenguaje en Venezuela ha sido utilizada como una poderosa arma política para alcanzar los objetivos propuestos. En ese contexto, Luis Fernando Pérez Domenech representa a la clase media alta y la clase alta venezolanas; su historia es la evolución de un sector de la población que decidió despojarse de su falso pudor, desembarazarse de unas formas que en las actuales circunstancias le resultan innecesarias, se diría que hasta incómodas. 

El rescate de las formas es un aspecto fundamental en el proceso de reconstrucción de cualquier sociedad. 

Además de las ciudades españolas donde se desarrolla la trama (Segovia y Madrid), empleas algunos términos típicamente peninsulares, tales como autovía, coche, móvil, parquear, etc. ¿Cómo asumes este préstamo lingüístico en tu discurso narrativo? 
Primero que nada debo señalar que soy venezolano y que moriré con el orgullo de serlo. La última cosa de la que quiero desprenderme es de mi idiosincrasia; tal vez sea este uno de los aspectos que más admiro de los escritores colombianos. Con relación a la pregunta, la abordaré desde dos puntos de vista: después de once años, es común, se diría que hasta necesario, tomar vocablos de uso común en España, y que estos se cuelen en algún momento en la escritura como parte del inconsciente que aflora en las obras de un escritor. En El eco de las voces hay escenas en las que, por estar ubicadas en España, se han utilizado términos como autovía, coche, entre otros. 

Por otra parte hay que considerar a personajes, como Tomás Alcántara, que aun siendo venezolano tiene años viviendo en Madrid, por lo cual, sería poco verosímil que no incorporase palabras de uso común en la capital española. Eso forma parte del proceso de integración que todo inmigrante debe experimentar, aunque también es cierto que al día de hoy es probable que algunos venezolanismos les resulten familiares a muchos españoles. Finalmente, están los personajes como Pablo, que es español y vive en un pueblo de Castilla y León: es imposible que Pablo hable como un venezolano. 

El manejo del lenguaje en una obra es sumamente complejo, porque hay que ponerlo en función del contexto, del estado anímico, del origen, etc. de los personajes. Es a través de las palabras que vamos a poder llegar a los lectores, y son ellas las que los van a ubicar en la situación que el escritor desea. 

Hay un fragmento de tu segunda novela que delinea muy ajustadamente a Isabel Fuentes y, por añadidura, a todo un país: “Isabel Fuentes creció al amparo de unos inmigrantes, inmersa en un proceso social que, al igual que el salitre marino, de forma permanente erosiona toda viga de hierro abandonada en las inmediaciones del mar”. ¿De cuáles referentes socio-políticos e históricos te apoyaste para enmarcar este contexto del personaje central? 
Isabel Fuentes creció en el seno de una familia típica española que emigró a Venezuela en los años sesenta. Aun cuando ella nació en España, es una venezolana más, una situación que en su momento resultaba frecuente. Desde los años cincuenta hasta los ochenta, incluso, hubo una importante inmigración europea en Venezuela que nos enriqueció con sus costumbres, sus tradiciones y sus palabras. Estas personas hicieron de Venezuela su país, eran unos venezolanos genuinos. Eso, por supuesto, estuvo precedido de las guerras, las hambrunas y el caos económico en muchos países; es el proceso que Venezuela vive ahora. Llegaban a una tierra de progreso, de oportunidades, de bonanza económica, me atrevería incluso a afirmar que a una tierra de paz. 

Pero la historia de Venezuela ha sido cíclica, llena de guerras y desencuentros que se repiten una y otra vez, como si estuviéramos condenados a vivir en un sobresalto constante, con el miedo a cuestas como compañero inseparable de nuestras vidas. Isabel Fuentes llega a una Venezuela en plena luna de miel. Pero a partir de la segunda mitad de la década de los setenta comienzan a darse casos de corrupción administrativa que se fueron haciendo cada vez más frecuentes, más permisivos. Quienes lo cometían se despojaban con cierta morbosidad de la vergüenza que aquello pudiera causarles. Eso ocurría en un país de un fuerte contraste social entre los que tenían y los que no. 

Todo ello sucedió frente a instituciones inoperantes, con unos dirigentes políticos incapaces de comprender el momento histórico y de dar un paso al frente y asumir su responsabilidad ante el país La formación ideológica desapareció para dar paso a un pragmatismo hueco del que no ha sido posible desprenderse. Fue el comienzo del caos. A eso hay que sumarle la idiosincrasia del venezolano: somos dicharacheros, alegres, desinhibidos, osados, realmente atrevidos. Esa relajación en lo político se trasladó a lo social, a lo individual, y en este sentido se ha hablado mucho de las clases populares, pero poco o nada de la clase alta y media alta que un buen día decidió, sin el menor recato, saltar al vacío y arrastrar consigo a todo un país. Venezuela fue un país de oportunidades; no fueron las mismas para todos, eso es cierto, pero las hubo. Existió una movilidad social hacia arriba; no en la misma proporción para todos, también es verdad, pero existió. Desafortunadamente no fuimos capaces de defender las cosas positivas que se habían logrado. El gran reto de la democracia en América Latina es reducir las desigualdades sociales como una manera de cerrarle el paso al populismo. 

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