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Discurso de aceptación del maestro Gustavo Dudamel ante la Orden "Pablo Neruda"

La primera dama de Chile, Cecilia Morel Montes, y la ministra de cultura, Alejandra Pérez, otorgaron el reconocimiento cultural más importante de esta nación al director de orquestas barquisimetano

  • Diario El Universal

25/06/2018 12:57 pm

Señor Presidente, Primera Dama, parlamentarios,

Me siento muy conmovido por sus cálidas palabras; es para mí un gran honor recibir la Orden al Mérito Artístico y Cultural Pablo Neruda y todo lo que esta condecoración significa. 

La primera vez que escuché el nombre Pablo Neruda fue en boca del Maestro José Antonio Abreu. De él escuché por primera vez que su verdadero nombre era Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, y que había nacido en un pequeño pueblo en el centro mismo de Chile llamado Parral, entre chubascos, escarabajos y manzanos silvestres, unas imágenes que nunca olvidé. Del maestro Abreu escuché también por primera vez aquel poema que dice: 

“Antes de la peluca y la casaca fueron los ríos, ríos arteriales; fueron las cordilleras, en cuya onda raída el cóndor o la nieve parecían inmóviles; fue la humedad y la espesura, el trueno sin nombre todavía, las pampas planetarias”. 

Y por José Antonio Abreu y con Pablo Neruda comenzó mi antiguo afecto por Chile. Uno de los tesoros que me dejó el maestro en el largo proceso de formación musical y personal que viví a su lado, fue la devoción por este maravilloso país, algo muy especial proviniendo de alguien que a su vez ejercía una profunda admiración por Andrés Bello y su imborrable legado de coalición cultural suramericana. 

Hoy quisiera, pues, rendir tributo a quien sembró en mí este hondo afecto y la admiración por mi querido Chile: José Antonio Abreu. Y quisiera hacerlo, entre otras cosas, porque también aprendí de él que Los Andes es una patria, esa cordillera que nace en Tierra del Fuego y que termina en Venezuela, en las amables colinas larenses donde nací. 

La muerte del maestro José Antonio Abreu dejó una inmensa responsabilidad en mí y en los millones de niños y jóvenes que hemos seguido su legado. No se trata simplemente de preservar un proyecto musical. Se trata de salvar para las nuevas generaciones de la América Latina y el mundo la importancia fundamental, liberadora y transformadora de la música y el arte. 

Si el legado de un hombre se mide por la cantidad de vidas que transformó, por el número de seres humanos que iluminó o por las personas que inspiró, entonces el legado de José Antonio Abreu debe ser sin duda alguna uno de los más vastos de nuestros tiempos. Varias generaciones y millones de niños alrededor del mundo han crecido bajo la infusión de aquel proyecto gestado en un garaje de Caracas, con un mensaje simple e inobjetable: el arte es un derecho universal. 

Pero quienes conciben la obra del maestro Abreu como un proyecto musical sólo están apreciando la parte visible de un inmenso iceberg. Lo que el maestro nos ha dejado no es otra cosa que un nuevo modelo educativo, enfrentado a la vacuidad de un modelo diseñado hace mucho más de un siglo, al servicio de la avasallante revolución industrial. El modelo educativo que entonces se instauraba como canon internacional realmente estaba concebido para mantener a los padres alejados  la mayor cantidad de tiempo posible de sus hijos, de modo que no interfirieran en sus largas jornadas de trabajo, todo esto mientras los pequeños crecían y tenían la edad suficiente para sumarse como sus padres a las fábricas, las empresas y las minas, donde trabajarían el resto de sus vidas. Más que un sistema educativo pensado en el crecimiento, la formación, la motivación y la felicidad del ser humano, aquel sistema estaba pensado y diseñado para la productividad y rentabilidad de las fábricas. En este modelo simplemente no hay espacio para el arte y la belleza. El niño, ávido de inspiración, pierde en los laberintos del control y mecanización, su derecho al espíritu y la pasión. 

No por azar José Antonio Abreu llamó a su proyecto "El Sistema". Obviamente desde sus albores el maestro concebía su programa como un sistema educativo, basado en la formación global del joven, en la autoafirmación, en la inclusión familiar, en el compañerismo, en la búsqueda de la armonía y en la disciplina razonada. 

Con motivo de la inauguración del Festival Internacional de Música de Salzburgo, en octubre de 2009 el maestro Abreu habló sobre la importancia del arte en la educación, en el que lanzaba las bases conceptuales de su tesis, posiblemente una de las más brillantes reflexiones pedagógicas de nuestros tiempos: 

“Enunciar la cultura artística como universo y como misión, nos impone una reflexión sobre la belleza. En su dimensión objetiva, la noción de belleza se aplica a ciertas características, calidades y valores de los artístico. No obstante, la vivencia de lo bello, en la intimidad de la psiquis humana, implica el despertar de un sentimiento inefable que es presentimiento de plenitud, y eclosión de amor en el acto de contemplación. Al contemplar tal belleza como intuición y éxtasis de amor inefable, el espíritu se lanza irrefrenablemente en pos de la obra y la transfigura sin cesar, desde las profundidades del inconsciente y hasta las fronteras de la razón, sin otra limitación que la que impone la superior cualidad del gusto estético, patrimonio y tesoro de la persona, y que un niño experimenta como intensa y enigmática iluminación, cual si la presencia del arte, partiendo de lo finito, pudiera conducirnos al umbral mismo del eterno absoluto. Bella es la majestad del Partenón como bella es la humildad. Bella es la victoria de Samotracia como bella es la paz por la justicia. Bella es la alegría como bella es la libertad que induce al bien. Bello es el Moisés de Miguel Ángel, como bella es la vida de la Madre Teresa de Calcuta. Las artes visuales coronan de belleza al objeto en el espacio. La música, en cuanto arte, es belleza que discurre en el tiempo”. 

No me cansaré de repetir este texto como parte del apostolado de universalizar la enseñanza de la música y el arte. 

¿Podemos saber con precisión la vida de cuántos niños fue iluminada por la obra de José Antonio Abreu? ¿Sabemos cuál ha sido el efecto expansivo que esos niños han generado en sus familias y en sus comunidades, como modelos de auto superación, dignificación, reinserción social? Y aún cuando la gran mayoría de esos jóvenes no consagren su vida a la música ¿podemos cuantificar el efecto que la orquesta ha dejado en ellos, a través del ejercicio cotidiano de la disciplina motivacional, de la búsqueda de la perfección, de la solidaridad, del trabajo en equipo y de la armonía común? 

El legado del maestro Abreu, sin embargo, no se suscribe sólo a los que alguna vez nos sentamos frente al atril de una orquesta infantil o juvenil. Su fuerza expansiva ha tocado a cientos de miles de espectadores que se han reencontrado lúdicamente con la música sinfónica, por el efecto volcánico de estas orquestas de jóvenes que han estremecido a los teatros de Venezuela y del mundo, desde la Patagonia hasta Salzburgo, desde el Santiago de Chile hasta Seúl. 

Y hablando de Venezuela, debo decir que en estos días, estando aquí en las calles de Santiago, he recordado una impresionante frase de Pablo Neruda cargada de belleza y profundidad: "Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”, una línea de especial importancia para mí y, en realidad, para todas las personas vinculadas a Venezuela. 

A medida que la situación se torna más compleja en Venezuela, El Sistema aún produce música hermosa, levanta el autoestima de los niños venezolanos y les da el máximo obsequio que se les puede ofrecer en tiempos como estos: la esperanza. Mi corazón se desgarra por mi gente y mi país, pero sigo levantando mi batuta como símbolo de esa esperanza y de esa primavera. Siempre que estoy en Chile me encuentro con compatriotas que han hallado aquí un refugio y un hogar (...)

Hay momentos en los que solo quisiera enfocarme en la música, pero los tiempos en los que vivimos requieren más de mí. Hoy más que nunca es momento de asumir la misión colectiva de sembrar un mundo mejor para las nuevas generaciones. Es por ello que, frente a todos ustedes, reafirmo mi más absoluto compromiso por generar un cambio en la vida de esos niños y esos jóvenes a través de la formación artística y musical. En El Sistema, en la Orquesta Juvenil de Los Ángeles (YOLA), en las Orquestas Juveniles e Infantiles de Chile y en todos los programas inspirados en el Sistema alrededor del mundo, estamos comprometidos a luchar contra los presupuestos ajustados y el pensamiento recortado que margina el arte. 

Hace poco, mientras ensayábamos el mítico Concierto de Año Nuevo de Viena de 2017, invité a un grupo de músicos de la Orquesta Filarmónica de Viena a que conocieran y tocaran junto a los niños de SUPERAR, un programa musical inspirado en El Sistema, en uno de los barrios más conflictivos de la capital austriaca. Las familias de estos niños, muchos de ellos refugiados recién llegados, provenían de Turquía, del Oriente Medio, de Asia Central y de África. Pero al interpretar juntos un vals de Johann Strauss, los “viejos austríacos” y los “nuevos austríacos”, unidos por la música, eran todos vieneses. 

En diciembre de 2017, en Estocolmo con motivo de la entrega de los Premios Nobel, promoví la formación de una orquesta a la que le dimos el nombre de “Orquesta del Futuro” compuesta por jóvenes de los cinco continentes. Y hace apenas unos pocos meses, en la Ciudad de México, días antes de la partida del Maestro Abreu, creamos un proyecto llamado “Encuentros”, que reunió a 300 jóvenes de Norte, Centro y Sur América, fomentando el arte, la educación cívica y la solidaridad cultural en el Continente Americano. En momentos en los que se busca construir muros, la música, la cultura edifican puentes para cambiar vidas. 

Ahora nos encontramos aquí, en Santiago, intentando una vez más cohesionar al mundo a través del arte y la música, rindiendo homenaje a quienes nos inspiraron y sosteniendo en alto la antorcha de inspiración que nos legaron. El arte es la educación del alma. 

El arte libera y sublima la imaginación, anima el espíritu creativo y fomenta la autoexpresión. Sin arte el espíritu humano se debilita, perdiendo contacto con los poderes de la creatividad y la imaginación, esos que darán riendas sueltas a los descubrimientos e innovaciones del mañana. Sembrar en música y arte es sembrar futuro. 

Hay un concepto hebreo llamado Tikkun Olam, que significa reparar el mundo. La reparación comienza con la esperanza, pero no podemos quedarnos solo allí. Tikkun Olam es un llamado a la acción. Las heridas de nuestros tiempos requieren del trabajo arduo, la voluntad política, los recursos económicos y el consenso de un círculo de amigos en constante crecimiento. Hoy nos encontramos entre amigos, recordando a Pablo Neruda y a José Antonio Abreu, para mirar más allá de las divisiones y unirnos para darle belleza, conocimiento, alegría y paz al futuro de nuestros niños. 

Si actuamos con conciencia, con visión, con audacia y generosidad, podemos transformar este mundo, niño por niño, orquesta por orquesta, país por país. Un solo niño merece el esfuerzo. Cualquier otro camino es inconcebible. 

¡Gracias a todos!

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