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¿Por qué tiembla Jacqueline Goldberg?

El cuerpo de esta escritora tiembla. Entre la letanía y el diario con voz poética, su nuevo libro, El cuarto de los temblores, declara la génesis de una condición, un “moverse sin destino”

  • JACQUELINE GOLDBERG

16/06/2018 12:41 pm

Una cierta genealogía 

[...] 
El temblor me antecede. Proviene de una catástrofe trazada sin margen, sin nombre, sin fe.
 
Hace mucho anhelo escribir sobre el temblor. No sobre lo que se observa en el trepidar de mis manos. No acerca de derrames, sustos nacidos de sus desacatos. Escribir sobre la precaria materialidad del temblor. Su duración. Su vacuidad. Eso que por impronunciable sostiene. Porque cuando aparece ha comenzado a desaparecer y a aparecer de nuevo. 

Temblar ha sido la más voluntaria de mis involuntades. 

Alguien dijo que el día que escribiese sobre el temblor, dejaría de temblar. Que cuando tallara en vocablos todo lo que vibra desde mi infancia, nada volvería a estremecerme. 

Pero nunca escribí. Un poco por incrédula, otro tanto porque temo no temblar. La desaparición del mal me dejaría a la intemperie, sería una desconocida de mí. 

Comienzo esta tarea de escribirme por quienes algún día preguntarán. Acaso nietos, sobrinos. Quiero que conste aquello que el temblor ha impedido: lo endilgado, lo presentido, su cautela. 



[...]  
El temblor empieza en los hombros. No pasa por los brazos, va directo a mis manos. Allí acaba. Y de pronto, como si no fuese mío, vuelve, estruja, arrepentido de sí. 



[...]  
Mis padres son los primeros en verlo aparecer. Tengo cuatro años. Estamos en torno a la mesa de la cocina. Es enorme. Tiene cuernos, cola, escamas, hocico, alas, pezuñas, joroba. Aúlla, ladra, ronronea. Intentan que retroceda. No lo hace. Se revierte. El temblor es lobo, murciélago, hidra, pantera, medusa.
 
Mis padres quieren creer que no ven lo que ven. Me hacen extender los brazos, tomar un tenedor. Observan con espanto que mis manos no van directo a la boca, que el vaso se derrama, que hay un batimiento sin intención.
 
Me asombra aquella génesis. Puedo jurar que instantes antes no temblaba. Que nunca antes temblé. Se trata de un momento fundacional, acaso iniciático. 

Los días sucesivos nos mantienen en cautiverio. Al monstruo y a mí. Piensan que se trata de un mal sueño, efecto colateral del calor, visión desproporcionada de una paternidad asustadiza. Pero el temblor amanece conmigo el día siguiente y el próximo. Todos los demás. Y sigue aquí, con mueca insolente.


[...]  
No sé cuando se fragua la suposición de que el temblor tiene su instante genealógico en el parto. Alguien asegurará que el cordón dos veces enrollado en torno a mi cuello es culpable de que falle el oxígeno y mueran algunas células cerebrales. 

A veces, el cordón se aferra a las extremidades o al cuello del feto por ser algo más largo de lo habitual o porque hay más líquido amniótico y en consecuencia más espacio. Quién podía saber lo que ocurría en el vientre de mi madre. Eran tiempos sin ecografías, tiempos de milagros. 

Hoy es sencillo evitar la «circular del cordón». Se hinca el dedo entre el cuello y el cordón para deshacerla mientras el niño sale. 

Mi madre no recuerda detalles del parto. Resta importancia a la serpiente que nos une. 

Se sabe: siempre es mejor tener a mano un infractor, un transgresor, un victimario. Allí el cordón umbilical, gelatinoso, sanguinolento, helicoidal, sagrado y asesino.  

 
[...]  
En principio, el temblor aguarda señales y vértigos. 

Todo en mí está por venir. 

Así un después, latente, como locura, el miedo, la muerte



[...]  
Tengo doce años. Viajo con mi padre. Es preciso hallar los repliegues del temblor. Me hospitalizan en la Universidad de California. Me arrojan toda la tarde a una sala para que haga manualidades junto a niños con cáncer. No quiero comer. Mi padre me rapta, me lleva al restaurante del centro médico. Duermo sola junto a una cama vacía. Al día siguiente, mi padre regresa; estoy ya conectada a tubos por los que entra y sale sangre. Son exámenes de hormonas de crecimiento. Además, soy pequeña. Tampoco esa tragedia arroja respuestas. Seguiré siendo pequeña. Seguiré temblando.

El resto del viaje es bondadoso, surcamos enrevesadas autopistas, vamos a parques de cine, a San Francisco y sus jardines japoneses. A los riscos y a la mar.


[...]  
Tienen parecido a tantas cosas mis manos: 
a una palmera, 
un cuervo, 
un tizón, 
leguas marinas, 
un alud, 
un tren, 
una mazorca, 
un súbito desamparo.  

✤ 

[...]  
Por el temblor he concido la ceguera, 
la mudez, 
la sordera, 
la anosmia. 

Mi pacto con la templanza me limita a la piel, a tactos impuros, escurridizos.



[...]  
Antes de creer que en otra vida fui pianista, toco el piano. Se sabe que no seré ejecutante, que no tengo oído, que mis manos se desplazan rocosas por el teclado. Mis padres creen que dos clases por semana son calistenia fortificadora. 
A los seis años llego a una profesora venida de Marruecos, medio loca. Vive en un edificio de aterradores pasillos. Un empleado de mis padres me lleva, me deja y luego pasa a buscarme. Su casa siempre huele a torta de miel. Dejo las clases cuando mi madre comprueba que realmente tiene problemas, quizás parecidos a los míos. Mientras me ejercito en tontas piezas infantiles, ella gira la cabeza descontroladamente, hace muecas, habla sola. 

Más tarde soy alumna de una cubana encantadora. Si hubiese tenido algún talento musical, ella lo habría extraído. Pero sabe que sus clases son mera descarga de una conciencia terapéutica. Con ella aprendo piezas serias, nos reúne en grupo los viernes para hacernos oír ópera y zarzuelas. Pero lo que adoro de sus clases es el final. Justo al lado de su edificio se fríen los mejores tequeños de la ciudad. 

El último intento por obligarme a tocar piano sucede en casa. Ya entonces me han comprado mi propio instrumento. Lo veo con admiración, sintiéndome poseedora de un tesoro que me sería inútil en la vida. Lo conservaré por pura nostalgia, para jactarme de un pasado de embustes musicales. Lo venderé por pura rabia, intentando alejarme de sus mortificaciones.



[...]  
Son los postreros tiempos de mi ingenua carrera musical. 

Cada viernes paso largo rato de puntillas en el balcón, rezando para que el maestro polaco no llegue, para no ver estacionarse su pequeño autodorado. Pero siempre llega. Me hace cortar las primeras uñas rojas, me golpea con un lápiz en los dedos para que los estire. Logra que toque La donna è mobile, partitura que aún podría leer si me lo propusiese. 
No sé cómo consigo que el polaco desaparezca. Tanto lo deseé que murió o se fue con la orquesta o se lo tragó la tierra. No volvió.
 
De cuando en cuando complazco a mis padres ejercitándome. Saben que aquello es un desastre y que me perturba, pero es, de nuevo, la búsqueda de fortaleza para unos músculos que nada exigen.

Demoras
 
[...]  
Dormida no tiemblo. Bajo el agua no tiemblo. Jamás se baten mis brazos frente al volante, al empujar una puerta, al encender la luz. No tiemblo en el instante en que abro los ojos, cuando me arrojo a la arena. 

Puedo ser quietud. 
No siempre tiemblo. Aunque venga de temblar. 



[...]  
Primera práctica de laboratorio en el colegio de monjas. Soy nueva. Estoy en cuarto año de bachillerato. Tengo quince años. La religiosa que enseña Biología pide que vaya al estante por los tubos de ensayo. Quiero negarme. Quiero pedir ayuda. No lo hago. Tiemblo. Ocho tubos de vidrio caen al suelo y estallan. Las compañeras de clase me miran. No sé si ríen. Quiero pulverizarme. Me regañan. Prometo que no volverá a ocurrir. 

Así los cerco. 



[...]  
Raramente preguntan los amigos. Saben, auxilian. El temblor es la intimidad expuesta. Aquello que el entramado social ha de aceptar. Pero que no acepta. Nunca falta una mirada, una pregunta. 

El temblor es una marca que borra cualquier otro indicio que de normalidad hay en mí. 

Toda discapacidad es paredón. 


JACQUELINE GOLDBERG.


Este es un avance editorial del libro, El cuarto de los temblores (OT Editores, 2018), de la escritora Jacqueline Goldberg (Maracaibo, 1966), Doctora en Ciencias Sociales, licenciada en Letras y autora de obras premiadas de poesía, narrativa, ensayo, testimonio, gastronomía y libros para niños. 

En agosto de este año participará en el prestigioso programa de escritura de la Universidad de Iowa.

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