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El desengaño de la modernidad

El presente extracto enunciativo nos adentra en un estudio de la literatura venezolana del siglo XXI, vista en el caos y la decepción del optimismo progresista

  • Diario El Universal

24/05/2018 01:07 pm

La descripción catastrófica, casi milenarista, de un fin del campo cultural venezolano tal como hasta ahora lo conocíamos se adivina en demasiadas discusiones recientes, y ha de entenderse vinculada a la impresión de colapso que se repite en muchas versiones de los acontecimientos del país. 
El caos, el desmoronamiento, la confusión que una y otra vez esbozan nuestros mejores escritores —entre otros, Luis Moreno Villamediana nos habla de una “Venezuela en pedazos” y Enza García Arreaza de habituales “preludios de la destrucción”— no ha de atribuirse sin más a la denuncia o la voluntad testimonial. 
No creo que tantos poetas o narradores hayan identificado un objetivo tan preciso, como podrían haberlo discernido produciendo informes, reportajes o cualquier otro texto no regido en primer lugar por la ficción, es decir, la suspensión y abstracción de la capacidad referencial del lenguaje. El caos o el desmoronamiento surgen en sus páginas debido a lo que Jacques Rancière señalaba acerca de lo poético, que es “idéntico a la esencia del lenguaje en la medida en que la esencia del lenguaje es idéntica a la ley interna de las sociedades. La literatura expresa la sociedad incluso si solo se encauza hacia sí misma, hacia la manera como las palabras contienen un mundo”, y ello ocurre porque el lenguaje literario “enuncia, ante todo, su propia procedencia”. 
Los entornos disgregados de las letras venezolanas actuales resultan, a mi ver, asimilables a lo que Raymond Williams denominaba structures of feeling, conjuntos aún inarticulados de valores compartidos por una comunidad. A diferencia de las cosmovisiones, rastreables o declaradas en trabajos de corte teórico, las estructuras afectivas están compuestas de ideas tal como se sienten y sentimientos tal como los concibe el intelecto, apenas logrando manifestarse doctrinalmente. 
La percepción de lo real a la que aludo ha venido gestándose en Venezuela desde hace lustros; consiste en un acentuado desencanto de la modernidad que los discursos oficiales de los setenta enfatizaron en medio del optimismo progresista, cuya fuente era la “magia” estatal ―estudiada por Fernando Coronil― que entrenaba al pueblo para confiar irracionalmente en la capacidad financiera de la explotación de hidrocarburos. Trasladando las tesis de Coronil a la literatura, María Fernanda Lander ha postulado que las revueltas de febrero de 1989 y los sucesivos estallidos colectivos equivalieron al “despertar brusco y traumático de un sueño modernizador que se transformó en pesadilla”. Y la metáfora no se origina en las universidades; nace entre escritores. Bastaría recordar reflexiones de Elisa Lerner publicadas en 1984, posteriores a las sorpresas cambiarias que evidenciaron el desplome de la “Venezuela saudita”. “Fin del sueño petrolero o la Venezuela inconclusa” se titula la sección de su ensayo-crónica: 

Toda esta derrota, consecuencia de vivir la democracia como un jovial espejismo. Muchos venezolanos, a quienes les tocó sufrir las dos dictaduras de este siglo, alborozados, pensaron en el democrático advenimiento como en un feliz cuento de hadas. Pueril, envidiable ficción donde la riqueza petrolera habría de hacer las veces de pragmática hada. En la actualidad —mermadas las benignidades del hada petrolera que, antes de la devaluación de febrero de 1983, para nosotros funcionó como “La princesa del dólar”, la olvidada opereta centroeuropea—, nos preguntamos: ¿podrá sobrevivir un proyecto democrático en una nación donde el presupuesto nacional ha dejado de ser sobresaltadora fantasía? 

 Considero tal desengaño como estructura afectiva porque los autores que han coincidido en retratarlo hasta hoy no obedecen mayoritariamente a un plan de grupo: las reincidencias temáticas o elocutivas, aunque no casuales si aceptamos con Fredric Jameson que hay un “inconsciente político”, tampoco han sido calculadas y se captan como respuestas espontáneas a principios de un estilo personal (el realismo de quien escribe, su interés en la descripción de coyunturas históricas o fenómenos psicológicos). Si bien la sordidez, la violencia, la oscuridad con que la narrativa o la poesía han estado plasmando la cotidianidad venezolana podrían ser ideologemas en el sentido que Jameson concede al término ―unidades mínimas de un sistema―, de ninguna manera se subordinan a un ideario cabal. Este solo da indicios de perfilarse hacia 2016, cuando aparecen obras muy conscientes de la tradición ya madura en que se sitúan. The Night de Rodrigo Blanco Calderón, de hecho, cierra un círculo abierto en la década anterior por el tenebroso e insoslayable imaginario de Nocturama (2006) de Ana Teresa Torres, atrapando sensaciones opresivas que, sin duda, tendrán que revisitarse cada vez que en épocas futuras quiera reconstruirse lo que, más allá de las estadísticas y los datos concretos aportados por economistas o antropólogos, ha significado para numerosos agentes del campo cultural venezolano la transición entre milenios. 

El desengaño de la modernidad: cultura y literatura venezolana en los albores del siglo XXI de Miguel Gomes (UCAB, 2017, 364 p.)

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