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CARACAS, domingo 06 de octubre, 2013 | Actualizado hace
 
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Tres mujeres, 3 premios La Concha de Oro para Mariana Rondón Premio de la Crítica para Margot Benacerraf La Cámara de Oro para Fina Torres

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EL UNIVERSAL
domingo 6 de octubre de 2013  12:00 AM
No se puede revisar la filmografía de Mariana Rondón sin hablar también de Marité Ugás. Entre una y otra han dirigido y producido cuatro largometrajes: A la medianoche y media (a cuatro manos), Postales de Leningrado (Rondón), El chico que miente (Ugés) y ahora la ganadora de la Concha de Oro en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, Pelo malo (Rondón).

Su ópera prima, la de ambas, es quizás la más reveladora -ello mientras se espera el estreno nacional de Pelo malo-. Un complicado e imaginativo ejercicio de cine fantástico. Una historia de amor en el marco de un Apocalipsis que presagia el fin del mundo.

A la medianoche y media (2000) fue más que un prometedor debut para ambas. Una ópera prima de esas que hacen sombra sobre el resto.

La segunda vuelta no abandonó del todo los terrenos del fantástico -una característica que no deja de aparecer en los tres primeros largometrajes del tandem-, y cedía el protagonismo a una niña -los personajes infantiles son una constante en el cine de estas dos creadoras-, en pos de sus recuerdos y de su padre. Postales de Leningrado (2007) enmascaraba los recuerdos con una historia que hablaba sobre la guerrilla venezolana durante la segunda mitad del siglo XX. La cinta se llevó también premios en Biarritz y Cartagena.

Rondón se apartaría de la cámara en 2011 para producir el segundo largometraje de Marité Ugás, El chico que miente, que competiría en la sección Generación del Festival Internacional de Cine de Berlín. El filme no ganó, pero reabrió las puertas del certamen alemán (un año después, Gustavo Rondón acudiría al encuentro alemán con su cortometraje Nostalgia).

Ahora, tras una carrera que ya casi cumple dos décadas, ambas directoras y productoras se coronan en Donosti con el máximo galardón.

Sus primeras declaraciones tras el triunfo han levantado una polvareda de críticas políticas en contra de la autora, quien ha subrayado que su película es un alegato precisamente contra la INTOLERANCIA. Así, con mayúsculas, intolerancia en un país polarizado. Las críticas no han hecho sino dar la razón a Rondón. Aún sin estrenar en Venezuela, el filme que ya pasó por Toronto, San Sebastián y Biarritz, seguirá su curso hacia otros certámenes internacionales en Grecia y Corea del Sur.

Hace 54 años que Margot Benacerraf hizo historia y con ella el cine venezolano. Su segundo largometraje, Araya (1959) la llevó a inscribir su nombre en el arco del triunfo de uno de los diez festivales de cine más importantes del mundo: Cannes.

La hazaña podría ser un aplaudido hito local, si no se echara un vistazo a los compañeros de viaje de ese año. Entre los 28 realizadores y películas invitadas a concurso se encontraban Francois Truffaut (Los 400 golpes), Luis Buñuel (Nazarín), Alain Resnais (Hiroshima mon amour), Jiri Trnka (Sueño de una noche de verano) y George Stevens (El diario de Ana Frank), entre otros.

Al final, la Palma de Oro se la llevó Camus y su legendaria Orfeo negro. No obstante, la para entonces inclasificable Araya obtuvo el Premio de la crítica internacional (Fipresci) compartido con Hiroshima mon amour, de Resnais.

Considerado por muchos un documental, su realizadora ha defendido a capa y espada que el suyo no es precisamente eso. Un ensayo cinematográfico, un film de no ficción, quizás. Un poema audiovisual en 35 mm probablemente. Araya fue pionera en ello inclusive. Los ecos del neorrealismo italiano se dejaban colar en la cinta, pero también abrazaba una nueva forma de mirar como proclamaba a los cuatro vientos la nouvelle vague. El brasileño Glauber Rocha adoró el film, cuenta Benacerraf.

Araya es un film coral. Cuenta la historia de tres familias bajo el sol de Oriente, sobre los mantos de sal. Una historia escrita a cuatro manos por Benacerraf y Pierre Seghers y narrada por José Ignacio Cabrujas. El resto, un grupo de personas, los personajes del film, quienes se interpretan a sí mismos.

En su contexto festivalero, Araya ha podido ser el contraste de dos maneras de hacer cine. Aquella que terminaba (el cine clásico narrativo, el neorrealismo italiano) y el nuevo cine (la Nouvelle vague, el Free cinema, el Cinema novo). En su contexto histórico, es una cinta reveladora ya no sólo estéticamente, sino en el empeño de su realizadora por encontrar la proximidad narrativa para huir del tono documental y encontrar a los personajes del film en su espacio.

Para mala fortuna del cine venezolano, Benacerraf dejó de dirigir. El fomento cultural la secuestró. Su otra gran obra: la Cinemateca Nacional.

Un cuarto de siglo y un año pasaron para que Cannes reparara de nuevo en un filme venezolano. La ópera prima de Fina Torres, Oriana (1985) se hacía con la Cámara de Oro al mejor primer film mientras Alan Parker se coronaba con la Palma de oro para Birdy (Alas de libertad).

Como Araya, el film de Torres es emblemático en sus logros narrativos. La continuidad de los Parques parece alumbrar la cortaziana estructura de esta cinta memorable ya no sólo por la historia, sino por la posibilidad de reunir en semejante celuloide a Rafael Briceño, Doris Wells y José Antonio Castillo.

Frente a la larga sombra que el "Nuevo cine latinoamericano" proyectaba sobre la cinematografia venezolana, Oriana ofrecía un punto de ruptura. Un delicado ejercicio de exploración del mundo femenino, que dialogaba por contraste con la cruda realidad de Macu de Solveig Hoogesteijn, a decir con Oriana, dos de las mejores peliculas venezolanas -y latinoamericanas- de los 80.

Oriana abordaba el incesto y la iniciación sexual. El despertar del amor adolescente que chocaba con la rígida moral patriarcal.

La cinematografía de Jean-Claude Larrieu subrayaba el carácter romántico del film, pero también su cualidad de film espectral. A la fecha, es también el mejor film de fantasmas de la cinematografía nacional.

Torres estrenara pronto Liz en septiembre, largometraje protagonizado por Patricia Velasquez.

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