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CARACAS, domingo 10 de febrero, 2013 | Actualizado hace
 
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La ciudad, la luna y Yordano...

Personas cercanas al músico hablan de los leitmotiv en las canciones del artista.

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El artista lanza nuevo disco el 28 de febrero (Gustavo Bandres/Archivo)
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ÁNGEL RICARDO GÓMEZ |  EL UNIVERSAL
domingo 10 de febrero de 2013  09:29 AM
Escupida por la Segunda Guerra Mundial en Italia, llegó a Venezuela la familia Di Marzo. Él, un amante de la música clásica; ella, pianista y compositora. Traían con ellos a un niño de 3 años, llamado a convertirse en bardo, en cronista de Caracas, como lo llaman algunos. En este país nacerían Gioia y Evio, también con afinidad por la música.

El señor Di Marzo no aceptaba a un músico que no saliera de un conservatorio, así que un joven con una guitarrita chasqueando sonidos parecidos a los Beatles o los Rolling Stones, era inaceptable en casa.

Giordano entonces accedió a estudiar una "carrera seria" en la Universidad Central de Venezuela: Arquitectura. Eso sí, nunca dejó de componer.

En 1981, con 30 años, un acontecimiento lo llevó a reflexionar: el nacimiento de Adela, su primera hija. "Pensé que para ser un hombre que puede dar algo, un hombre completo, íntegro, primero tenía que darme a mí mismo y luchar por lo que quiero", contó a AP en 2011.

Y fue precisamente hace dos años cuando debutó en el Carnegie Hall, el mismo escenario donde se han presentado desde Tchaikovsky, en 1891, hasta sus admirados Beatles. La presentación marcaba un hito en la internacionalización de un artista, para entonces ya consagrado en el ámbito venezolano.

Luego de editar más de una decena de discos como solista desde 1982, Yordano -su nombre atístico- se prepara para su nueva producción discográfica Sueños clandestinos, cuyo lanzamiento será a finales de mes.

Hoy, sus seres más cercanos, hermano, hijas, músico y una exesposa, se acercan a los temas que tocan sus canciones. Coinciden en la noche y lo que la acompaña: la luna, las estrellas, el bar, el amor, el desamor, la mujer, la ciudad...

El escritor Alfredo Sánchez Rugeles concluía un artículo así: "Cuesta creer que el mismo solitario herido en la barra de A flor de piel, aquel que vomitó la noche en Manantial de corazón e hizo de la orilla de la playa un lugar de peregrinación para los tristes, sea al mismo tiempo un ferviente paladín de la esperanza, un entusiasta explorador de la brisa".

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