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CARACAS, domingo 18 de noviembre, 2012 | Actualizado hace
 
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El altar de Adrián Pujol

La Galería Fernando Zubillaga muestra el devocionario personal del pintor

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"Critico la tendencia de uno a no aceptar lo pequeño, a no asumir el oficio como un acto de humildad", dice el artista NICOLA ROCCO
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JUAN ANTONIO GONZÁLEZ |  EL UNIVERSAL
domingo 18 de noviembre de 2012  12:00 AM
Todo ser humano tiene sus devociones. Unas se manifiestan a través de las imágenes religiosas, pero otras, mucho más íntimas, se expresan por medio de aquellos afectos sin los que la cotidianidad de sus poseedores estaría incompleta.

En el mundo del arte, ese devocionario puede estar integrado por deidades que marcan un sendero creativo para el pintor, el escultor, el escritor, el cineasta, el coreógrafo, el fotógrafo...

No hablamos de un dios en particular, sino de muchos; de objetos/sujetos que inspiran, que alimentan de manera perenne la necesidad del artista de volcar hacia el exterior todo lo que lo habita por dentro.

Esos dioses pueden ir, en el caso de Adrián Pujol, de una playa en Choroní a un volcán en México; de Durero a Matisse o a Mondrian, o de estos a Reverón, Marcos Castillo, Juan Iribarren y muchos otros pintores con los que el artista, nacido en Palma de Mallorca en 1948 pero enraizado en Venezuela desde el 74, repiensa constantemente su oficio, desde sus inicios en 1969 hasta este mismo instante.

Es su manera de autocriticarse y de reflexionar. Esto es lo que Pujol mostrará desde hoy, a las 11:00 am, en la Galería Fernando Zubillaga del Centro de Arte Los Galpones, en Los Chorros.

La exposición tiene un nombre críptico: Adrián Pujol: entre megalografía y riparografía. Pero esas dos palabras que suenan a "domingueras" tienen suficiente significación para el artista. La primera hace referencia a la pintura de los grandes temas, la de la enormidad discursiva; la segunda, a la representación de temas "humildes" como los bodegones, lo nimio; es decir, "la pintura de lo pequeño", de acuerdo con la cultura helénica.

Pero tratándose de un artista como Pujol que, igual estando frente a un paisaje o sumergido en su taller, acostumbra a abrir en público su caja torácica, nada es insignificante.

-¿Qué es lo que se critica entonces?

-Critico la tendencia de uno a no aceptar lo pequeño, a no asumir el oficio como un acto de humildad.

La muestra es lo más cercano al altar del artista: la mesita de noche repleta de libros junto a una pared llena de pinturas, un amplio mesón cubierto por bocetos hechos con carboncillo y, finalmente, la reunión de 150 obras "mínimas" en una sola... Es el mundo de Pujol visto ahora en retrospectiva, revelado como en un acto de confesión.

"En esta exposición convergen las dos posibilidades de pintar con las que he topado en mi vida: mi delirio por los grandes temas, por la gran pintura, pero también por la pintura de las cosas de la vida, lo verdaderamente personal, lo que parece no tener trascendencia. Aquí están los apuntes que uno va guardando", dice el artista.

Los que asistan a la muestra de la Galería Fernando Zubillaga verán convivir a dos Pujol: el que mira con recelo las corrientes "encorsetadas" y narcisistas de la modernidad plástica -el cinetismo devenido en mainstream, por ejemplo-, y el estudioso de la pintura, el artista que transforma sus afectos -que no influencias- en relicarios, tal como lo escribe el poeta, ensayista y crítico Rafael Castillo Zapata en el texto de presentación de la exhibición, "Tablas de Pujol".

"Una vez Pujol me dijo: 'Tengo costumbre devota de llevarme reproducciones perturbadoras después de visitar un museo: imágenes que me produjeron algún tipo de éxtasis o conmoción estéticos'. Me gusta pensar en Pujol como pintor de costumbres devotas: devotamente acostumbrado a la pintura, a su pintura; entregado por entero a su tarea de pintar", dice el experto.

El cuadro y el dibujo. La obra consumada, terminada, y los trazos de la que surgió. La gran sala y su trastienda. Todo eso está en Adrián Pujol: entre megalografía y riparografía. Eso y más: "Cuando veo una obra en un museo y me emociono, trato de prolongar esa emoción en casa, pero nada sucede. No se trata de hacer una reproducción, pues en esta se pierde el alma de la obra, sino de hacer de la pintura un objeto de estudio", explica el artista. Pujol es un auténtico devoto de ese momento inasible que llaman inspiración. Un devoto de la pintura. Y hoy cuenta su historia.

jgonzalez@eluniversal.com

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