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ANÁLISIS: Peronismo no es Madurismo

Por lo general cuando se dan ciclos históricos en América Latina se suelen confundir las particularidades nacionales en fáciles generalizaciones conceptuales

  • MANUEL FELIPE SIERRA

18/08/2019 05:30 am

La cómoda victoria de la fórmula de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner frente a Mauricio Macri y Miguel Pichetto en las Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) de Argentina, si bien no representa un cambio de gobierno, ya que deberá confrontarse en las elecciones presidenciales del 27 de octubre sin descartar un probable y posterior balotaje, es asumida ya por analistas y medios de comunicación como una costosa derrota para el macrismo en el gobierno, que se considera como una expresión económica del libre mercado, mientras que el retorno del peronismo es concebido como una nueva versión de la experiencia chavista-madurista venezolana.

Por lo general cuando se dan ciclos históricos en América Latina se suelen confundir las particularidades nacionales en fáciles generalizaciones conceptuales. Está claro que el peronismo, incluso en el caso de la pareja Kirchner, no se debería definir como socialista y menos aún asegurar que se ha empeñado durante sus anteriores mandatos en la instauración de un modelo distinto a las bases del tradicional Estado de Derecho. De tal manera que la comparación automática con el "caso Venezuela" no se corresponde exactamente con la realidad, y de allí que no puedan derivarse conclusiones acertadas.

Es cierto que en la primera década del siglo XXI existieron estrechas coincidencias en el plano diplomático y en la necesidad de acentuar políticas de contenido social frente a las fórmulas neoliberales de los años 90 en varios países latinoamericanos, a partir de la derrota de la propuesta del Tratado de Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) presentada por Estados Unidos en la IV Cumbre de las Américas celebrada en 2005 en Mar del Plata, Argentina. En aquel momento Chávez, Néstor Kirchner y Lula (Venezuela, Argentina y Brasil) encabezaron lo que el mandatario venezolano consideró como "una hazaña histórica en la lucha antiimperialista de América Latina". 

A partir de allí las coincidencias entre los tres gobiernos ejercieron una indudable influencia en el área sobre los reacomodos políticos de otros países como Bolivia, Ecuador, y Paraguay y en la definición de políticas comunes en los escenarios internacionales, pero sin que ello pudiese establecer identidad en los objetivos y en la ejecución de las políticas nacionales. De allí que Argentina y Brasil no participaran en el proyecto de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA - integrada por Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Cuba, naciones de la Caricom y luego por Ecuador durante el gobierno de Rafael Correa) y que llegó a reunir gobiernos con afinidad ideológica sin que todavía pudieran establecerse paralelos inequívocos entre ellos, como se ha demostrado con la actual gestión de Lenín Moreno en el país andino.

Chavismo-madurismo 
Resulta claro que la Revolución Bolivariana, el Socialismo del siglo XXI, y más recientemente el chavismo-madurismo, responde a realidades específicas que los diferencian de las políticas condicionadas por otras realidades vecinas. Los cambios generados desde 1998 con la victoria de Hugo Chávez si bien por la vía electoral implicaron un cambio institucional radical que se explicaba por el agotamiento y la caída, no de un gobierno (como ha ocurrido en otras latitudes) sino de un modelo político que facilitaba la construcción de otro claramente diferenciado y con características propias. 

Al mismo tiempo, se dieron las condiciones para la reconversión de las Fuerzas Armadas, proceso que no se ha dado en ningún otro país del continente (salvo la experiencia cubana) no solo sobre bases ideológicas sino porque han sido sometidas a un cambio estructural que las convierte en el eje práctico del Estado; sin tomar en cuenta tampoco como un dato el ingreso petrolero que llegó a altísimos niveles y que facilitó en consecuencia el estímulo de un gasto social, que si bien improductivo, representa el condicionamiento político por la vía de dádivas y métodos asistencialistas y que como consecuencia genera una clientela política comprometida ya no solo por la vieja adhesión partidista.

Macri no fue ruptura
La victoria de Macri en 2015 no implicó ningún cambio sustancial por cuanto se daba en el marco de las reglas de juego convencionales y además obedeció a circunstancias especiales entre las cuales hay que tomar en cuenta que la votación en la segunda vuelta que lo convirtió en mandatario fue apuntalada por el aporte en votos de Sergio Massa, aspirante peronista y que más allá de la aplicación de políticas consideradas distintas a las empleadas por la pareja Kirchner, todas ellas se daban en el marco de la convivencia y el respeto a las formalidades tradicionales del juego político.  

Ahora mismo, luego de lo ocurrido con las PASO del domingo 11 de agosto y sus ruidosas consecuencias en la prensa, el miércoles 14 Fernández y Macri hablaron telefónicamente durante 15 minutos y convinieron que, más allá del resultado final, es necesario definir políticas para enfrentar una situación económica compleja que con los Kirchner o con Macri, y seguramente también con Fernández, seguirá siendo incierta y complicada por lo cual requiere de medidas consensuadas entre los principales agentes políticos antagónicos.

¿Es concebible que ello ocurra en Venezuela entre Maduro y el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó? ¿Acaso para la convocatoria a elecciones (en un país hasta ahora orgulloso de su "cultura electoral") es necesaria la mediación internacional, ya no solo de los países vecinos, sino de las grandes potencias que condicionan el juego geopolítico o enfrentar incluso la posibilidad proclamada de manera directa por el presidente Donald Trump de una acción no convencional sobre territorio venezolano? Suponer que la historia de un triunfo de Fernández y Kirchner habría de reproducir lo que ocurre en Venezuela es cuando menos el desconocimiento de la realidad o si no el interés por distorsionar el curso de dos procesos políticos que se dan en marcos históricos claramente diferentes. 

@manuelfrierra
www.eneltapete.com 

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