¿Reconocer o dialogar?

A este punto, quien hace silencio o justifica lo injustificable es cómplice

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RAFAEL LUCIANI |  EL UNIVERSAL
sábado 15 de marzo de 2014  12:00 AM
Más allá de la retórica y los llamados a la paz, se impone el deber moral de reconocer que las condiciones sociopolíticas y económicas actuales están produciendo cada vez más víctimas, más pobres, y han llevado a los jóvenes a esa asfixiante convicción de no ver futuro. El discurso oficial culpabiliza a los otros para justificar sus propios desaciertos y mira con indiferencia la realidad que padecen las víctimas; no entiende que para reconstruir la paz, lo primero no es el diálogo, sino el reconocimiento de los hechos dramáticos que nos afectan a todos.

Una nación no puede darse el lujo de perder su dignidad y debe procurar siempre el «bien común, pero esto solo es posible reconociendo el estado de cosas en el que nos encontramos, para asumirlo con la convicción de construir algo mejor. Como lo recuerda Francisco, hay que «sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso» (Evangelii Gaudium). El Episcopado Latinoamericano reunido en Medellín (1968), precisa esta tarea así: «el verdadero desarrollo es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas a más humanas». Desarrollar «algo mejor» y «para todos» es hoy el gran reto del que depende el futuro de todos.

Esto presupone, entre otras cosas, desmontar el lenguaje de odio y exclusión en lo socioeconómico; es imperante deponer las idolatrías políticas que han absolutizado a figuras públicas y anulado la vida de quienes piensan distinto, llegando a justificar, incluso, la necesidad de víctimas con tal de sostener el «proceso». Es el momento de convertirnos y cambiar (metanoia), de recuperar ese talante ético que ha de impulsar de nuevo nuestras vidas, para que no triunfe el victimario.

El primer paso es reconocer la necesidad de una conversión sociopolítica; su realización dependerá del reconocimiento de los hechos que nos afectan a todos como premisa para un diálogo sincero. Esto presupone preguntarnos si el camino que hemos recorrido es el más adecuado para convivir juntos como hermanos. Lo advertía Juan XXIII: «la salvación y la justicia no están en la revolución, sino en una evolución concorde. La violencia jamás ha hecho otra cosa que destruir, no edificar; encender las pasiones, no calmarlas; acumular odio y escombros, no hacer fraternizar a los contendientes, y ha precipitado a los hombres y a los partidos a la dura necesidad de reconstruir lentamente, después de pruebas dolorosas, sobre los destrozos de la discordia» (Pacem in Terris 162).

A este punto, quien hace silencio o justifica lo injustificable es cómplice. En palabras del teólogo Bonhoeffer: «el silencio ante la cara del mal, es el mal mismo. No hablar es una forma de hablar. No actuar es una forma de actuar». La creciente indolencia ante las víctimas es un signo escandaloso que nos recuerda cuán lejos estamos de la justicia y lo difícil que será construir la paz si no cambiamos.

Doctor en Teología

rlteologiahoy@gmail.com

@rafluciani



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