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Contarse en Frog

MARIANO NAVA CONTRERAS |  EL UNIVERSAL
viernes 9 de agosto de 2013  12:00 AM
Hace ya unos meses yo le preguntaba a un querido amigo y crítico literario si cuando se habla del llamado boom de la narrativa venezolana, que algunos estudiosos sitúan del año 2005 a estas fechas, estamos hablando realmente de un boom literario o más bien de un boom editorial. Mi pregunta (como casi todas las que hago cuando me refiero a la literatura contemporánea) estaba llena de suspicacias. En el fondo, lo que yo quería saber es si cuando los críticos hablan del mentado boom se refieren a la calidad de las obras o a la cantidad de las publicaciones, y si ambas cosas están relacionadas con las especiales condiciones económicas a las que ha sido sometido nuestro país en la última década. Porque, a decir verdad, muchos y muy inteligentes estudios se han hecho sobre la narrativa de nuestro país en los últimos años, pero aún así echo en falta alguno que vincule la situación política y económica, no ya con los contenidos, sino con las condiciones editoriales, que si a ver vamos, bien sabemos lo que influyen en el acto y el carácter de la escritura. Una suerte de "historia económica y social", un poco a la manera de la de Hauser, se me ocurre. Por lo demás, detesto que se aplique la palabrita "boom" a nuestras letras. Es que me revientan los clichés.

Pero volvamos a mi pregunta. Esa tarde mi amigo y yo nos entretuvimos un buen rato repasando nombres de autores, de novelas y cuentos, y llegamos a la conclusión, en apariencia sospechosamente ecuánime, de que, es verdad, durante los últimos años se ha editado mucha basura, pero también preciosas obras destinadas a formar parte de la historia de la narrativa escrita en nuestro país. Ciertamente, más allá de las seducciones de la publicidad y de los medios, a las que parece tan sensible la vanidad de muchos escritores y de cuyos peligros debe saber guardarse muy bien la crítica, las formas del contarse en Venezuela han sabido consolidar un proceso de búsqueda y un desarrollo, una frescura y a la vez una madurez que no desmerece ni mucho menos lo que podemos encontrar en otros países de reconocida tradición literaria. Algo que, quiero decir, sospechaba yo, o más bien deseaba corroborar, más allá de suspicacias.

Me acuerdo hoy de aquella conversación porque a mis manos ha llegado Perdidos en Frog (Lugar Común, 2012), un estupendo volumen compuesto por 15 cuentos escritos por Jesús Miguel Soto. En él, me llamó la atención el carácter de sus personajes, de una contenida profundidad, cuya psicología aparentemente simple es conducida por las emociones que marcan nuestra desolada contemporaneidad. El miedo, el absurdo y el desamparo son dichos aquí a través de unos personajes que viven una soledad compartida, paradójica y esencial, que solo puede surgir en medio del colectivo. Me llamó la atención el lenguaje ponderado y sencillo, de una economía minimal y una simpleza lograda, sin caer por ello en coloquialismos, el tono equilibrado aunque no leve. Me atrajo la solidez de los argumentos, seductores, de una complejidad insospechada bajo las sencillas historias.

Pienso que Perdidos en Frog es un buen ejemplo de una narrativa que se sigue buscando, que continúa escrutando el tono y la personalidad que le corresponde, atisbando con agudeza el oscuro arte del decir bien, midiendo la amplitud y las potencialidades de sus horizontes creativos, calibrando con natural artificio un ethos que se debate entre lo propio y lo total. Al igual que la extraña aldea de Frog, perdida en un incierto confín del centroccidente venezolano, con su caos quieto y misterioso, con sus ríos que resplandecen en la noche, con sus pálidas gentes fantasmagóricas y sus perros mudos, la actual narrativa venezolana se reconoce en sus inimitables peculiaridades, y continúa buscándose un lugar en las intrincadas cartografías de este raro continente de contadores.

@MarianoNava


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