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Juan XXIII y Juan Pablo II

OFELIA AVELLA |  EL UNIVERSAL
lunes 15 de julio de 2013  12:00 AM
 Decir algo acerca de estos dos grandes hombres, futuros santos de la iglesia Católica, no es fácil en tan poco espacio. Ambas vidas son profundamente interesantes y constituyen una especie de luminaria en estos tiempos nublados. Por eso dedicaré un artículo a Juan XXIII y otro a Juan Pablo II. Mi intención es considerar algunos rasgos de sus respectivas respuestas a Dios, para así comprender mejor en qué consiste "canonizar" a alguien.

Al nombramiento precede una serie de pasos que deben cumplirse, pero insistiré ahora en el fundamental: el estudio detenido y exhaustivo de las virtudes vividas en grado heroico. Esto justifica plenamente la decisión del Papa Francisco de dispensar a Juan XXIII del milagro requerido formalmente en toda causa de canonización. Se entiende que la vida virtuosa no debería "bastar" para decretar santo a alguien, pues se precisa del "milagro" que constate que la persona está en el cielo, pero en este caso, "el santo padre, valiéndose de las atribuciones personalísimas en cuanto sumo pontífice, sin mediar explicación alguna que no sea su propio criterio, puede dispensar del milagro a quien quiera elevar de forma definitiva a los altares" (José Antonio Valera: zenit.org). ¿Por qué puede hacerlo? Ante todo, por la potestad que tiene, pero se comprende también por el requerimiento intrínseco de lo que es en sí misma la santidad.

La realidad de las virtudes heroicas de una persona constituye lo que entendemos por santidad. Los testigos ciertamente ayudan a "certificarlo" y de aquí pende la decisión del Papa actual, pues sin lugar a dudas "conoce" lo que nosotros desconocemos. Lo interesante estriba, sin embargo, en la calidad de las vidas de estos futuros santos, pues es precisamente la vida lo que certifica la santidad de alguien. Y es esto, precisamente, en lo que deseo insistir. El milagro viene a ratificar lo que muchos ya "habían visto" en esa persona, pero miles de hombres y mujeres (incluyendo niños) que no han sido canonizados formalmente por la Iglesia –por no haber sido conocidos de un modo más público–  están también, sin lugar a dudas, en el cielo.

Al proponernos ciertas vidas como "modelos", la Iglesia no busca que seamos "como ellos" en lo que compete a sus labores o vocación concreta, pues cada uno de nosotros es único para Dios. Juan XXIII y Juan Pablo II no serán canonizados por ser sacerdotes y Papas, sino por el altísimo grado de amor con que respondieron al llamado de Dios, por la lealtad a su conciencia y su entrega excepcional a los hombres. La intención es que estos ejemplos de vida se conviertan en una guía de lo que significa asumir la relación personal con Dios, hasta los extremos de una caridad heroica y una vida llena de pleno sentido.  

Los santos son impredecibles, creativos, intrépidos, valientes, libres de espíritu y nobles en sus intenciones y trato. Profundamente humanos y abiertos a la escucha de Dios, encuentran siempre modos novedosos de acción. Con frecuencia sorprenden por sus decisiones, pues por participar de la flexibilidad del Espíritu, contrastan con la mezquindad reductora de los estereotipos y prejuicios impuestos por la sociedad. Así, pues, la bondad del "Papa bueno" no es la de un anciano "bonachón". La santidad es tierna, pero recia. A sus 77 años nadie podía imaginar lo que supondría su pontificado para la Iglesia. Al convocar el Concilio Vaticano II impulsó la renovación y profundización de la fe en el contexto del mundo moderno, al tiempo que "franqueó la puerta al ecumenismo" (Isabel Orellana: Zenit.org). Vio la necesidad de que entrara "aire nuevo" en la Iglesia y se repensaran así los modos para hacer comprensible la fe –tanto como la llamada universal a la santidad- al mundo actual. Promovió la comprensión de todos los pueblos y culturas, tanto como el respeto a las conciencias, ahondando así en lo que se precisa para el recto entendimiento de lo que es el hombre. El criterio era "fijarse en lo que nos une y no en lo que nos separa", lo cual puede ser posible si hay "buena voluntad", pues "lo común" se discierne si realmente se desea conocer la verdad, relativa siempre a lo que toca los derechos fundamentales, por inscribirse en ese orden natural establecido por Dios.

Este punto, tratado de modo particular en su Encíclica "Paz en la Tierra" (Pacem in Terris: 1963), recordó al mundo que la paz es posible sólo si logramos instaurarla primero en nuestra intimidad personal, supuesta una profunda reconciliación con el Creador del mundo.

  Es difícil resumir en pocas palabras la riqueza de un alma. Interesa advertir, sin embargo, cómo una vida santa no está exenta de luchas. Antes bien, las supone, pues constituyen el medio para acrisolar las virtudes y probarlas. Su Diario del alma revela el itinerario espiritual de un hombre dispuesto a conquistar la santidad: el pensamiento de que estoy obligado, como mi tarea principal y única, a hacerme santo cueste lo que cueste, debe ser mi preocupación constante; pero preocupación serena y tranquila, no agobiante y tirana .

     Sin duda, lo logró.

Ofeliavella@gmail.com


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Comentarios (1)
Por jesus Montero Salazar
15.07.2013
11:44 AM
La niñez es una etapa decisiva en la formacion del hombre, de allí que dos papas influyeron en mi formacion católica apostólica y romana Sus Santidades Pío XII y sobre todo Juan XXII, el papa bueno; y ahora reciente admiro a Benedicto XVI.
 
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