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El hombre de mentira

GABRIEL VARGAS-ZAPATA |  EL UNIVERSAL
viernes 14 de junio de 2013  12:00 AM
Adoro la escena final de El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968), en buena parte porque me sigue provocando casi el mismo efecto perturbador de la primera vez. Es un final trágico y sorpresivo, pero al mismo tiempo rediseña la historia y la mantiene viva en el tiempo. Algo que por ejemplo no se puede decir de El sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999), que muere de éxito porque verla una vez es haberla visto cien veces, aunque probablemente sea uno de los finales más sorpresivos y mejor logrados que se tengan a haber; quien diga que siempre supo que Bruce Willis estaba muerto, miente.

La estatua de la libertad no ha parado de ser objeto de destrucción y prácticamente referente obligado de las distopías comerciales de Hollywood. El fin de los tiempos, el apocalipsis y no ya una postal ni símbolo de ningún valor democrático. Es el poder de transformación del cine.

En todo caso, el final sorpresivo de Oblivion se adelanta y en general, propone una estructura bastante atípica. Los giros argumentales son sencillos pero transcendentales y el verdadero gran clímax de la película se sitúa más bien a la mitad, se entrega en lentas dosis, alternando poderosas secuencias dramáticas con espectaculares escenas de acción. Y resulta poderosa la manera como se le da la vuelta a la historia, prácticamente sin que nos percatemos de ello. De repente es como si hubiésemos entrado a ver una película totalmente distinta. A lo que hay que agregar que, siendo ciencia ficción, el verdadero trasfondo es muy realista y muy humano. Hay escenas de amor y de desengaño, que sacuden la historia y nos hacen pisar la tierra de una manera tan sublime, que resulta extraño ver a la vez a Tom Cruise y a Olga Kurylenko, surcar los cielos con su nave del futuro.

Y más en el fondo, Oblivion lo que verdaderamente es, es una reflexión acerca del hombre y la máquina. La mirada de Joseph Kosinski es casi tan filosófica y poderosa, como la de Chaplin, Fritz Lang o Lewis Hine. La película ofrece tantas lecturas, que se termina convirtiendo precisamente en un paradigma de lo humano, en una incertidumbre.

La humanidad, el medio ambiente, la tecnología; Kosinski elabora un discurso sobre todo ello, pero no un discurso crítico ni con un propósito moralista ni mucho menos, su discurso es más bien el de un retratista de oficio, el de un demostrador de verdades, que puede recurrir a la mismísima Odisea de Homero si hace falta, con tal de agudizar su expresión y enriquecer el argumento.

La estética se convierte finalmente en pincel y en voz para su reflexión. La fotografía fría y desoladora, acompaña a unos personajes que se desconocen a sí mismos, y a un espectador que encuentra la verdad en la mentira. Al diseño de producción hay que agradecer el guiño a El planeta de los simios, pero también el no haber abusado de los clichés del cine posapocalíptico (El día después de mañana, 2012...). Se concentra en cambio, en un ejercicio de paradojas visuales y en una preciosa representación de la figura humana.

Es el poder de la ciencia ficción, el construir historias poderosas, capaces de desplegar un espectáculo futurista y emocionarnos con acciones de exquisita sensibilidad. Oblivion tan solo peca de extensa, es pausada e intensa, pero también dura y sublime. Plantea cuestiones interesantes acerca del papel del hombre ante la tecnología, y el papel de la tecnología ante el hombre. Un ejercicio de verdades y reflexiones, contada desde la excepcional mirada de la ciencia ficción.

@gvargaszapata

gvargaszapata@hotmail.com


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