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La ilusión del diálogo

RICARDO COMBELLAS |  EL UNIVERSAL
martes 28 de mayo de 2013  12:00 AM
No soy optimista, es muy difícil serlo; es más, no entiendo, salvo que los guíen insospechadas intenciones,  cómo avezados políticos de supuesta experiencia en esos avatares, insisten en el mentado diálogo. Ojalá tuviesen razón, pero será difícil convencernos, no solo a mí sino también, pese a sus supuestos mejores deseos, a la inmensa mayoría de los venezolanos. La razón es sencilla: todo diálogo, que no es otra cosa que una deliberación racional en búsqueda de acuerdos, se sostiene en unos prerrequisitos que desaparecieron lamentablemente hace mucho tiempo de la arena política de nuestro desgraciado país. Así, el diálogo comienza por reconocer al otro como un ser humano dotado de dignidad y derechos, que merece hablar y convencer al adversario a través de argumentos racionales, por tanto dónde se proscribe la violencia y la coerción. En el diálogo no se imponen puntos de vista, se delibera en torno a puntos de vista y se procura un acuerdo sin perdedores; usando la jerga de la teoría de los juegos, el diálogo no es un juego suma cero sino un juego suma variable. En conclusión, el diálogo supone civilidad democrática, a él se niegan las personalidades autoritarias.

Desde que llegó al poder, a comienzos del año 1999, el presidente Chávez borró del vocabulario político la palabra diálogo. A lo sumo tuvimos diálogo, cierto que precario, en los tiempos de la constituyente, pero no fue gracias a Chávez sino a su mentor político para esa época, Luis Miquilena, quién, quiérase o no, siempre fue una persona de diálogo. Desaparecido, o más bien apartado y opacado Miquilena del poder, se marchitó el diálogo, fue despreciado y vilipendiado, dejamos de ser adversarios para convertirnos en enemigos políticos, en fin, a partir de entonces el diálogo no ha pasado de ser sino un recurso táctico dentro de una estrategia inyectada de odio, autoritaria y profundamente antidialógica al servicio del poder, su mantenimiento, goce y disfrute, infringiéndose una profunda hendidura que dividió en dos mitades el corazón del generoso pueblo venezolano.

La razón de fondo se explica en la idea y el concepto de revolución: toda revolución (y la revolución bolivariana pretende ser una revolución "pacífica y democrática"), tiene un objetivo trazado de transformación profunda de la sociedad, pretendiendo nada más y nada menos que la entronización del  "hombre nuevo". La revolución es profética y responde a una autoimpuesta necesidad histórica: construir un mundo feliz donde desaparezcan las contradicciones, en definitiva la política, sustituida por la pura administración, al reconciliarse la humanidad consigo misma. El diálogo se desvaloriza, al transformarse, repito, en un puro instrumento táctico al servicio del fin revolucionario. Lenin, el teórico de la revolución por excelencia, recogió su sentido en aquella famosa frase: "un paso adelante, dos pasos atrás".

Si el régimen asume con autenticidad el diálogo, y reconoce como un objetivo loable la dialéctica de la deliberación, ello está muy bien y lo celebramos, pues  significaría que ha entrado en el terreno de la democracia y abandonando por consiguiente el terreno de la revolución, cuyos propósitos mesiánicos se posponen sine die. Esto ha sucedido más de una vez en la historia y nadie descarta que pueda suceder en Venezuela. Son las llamadas revoluciones fallidas. Sin embargo, y de allí mi pesimismo, no creo que ésta sea la situación actual de la revolución bolivariana. Cierto que el ideal revolucionario ha perdido fuerza, al abandonar sus nutrientes éticos (se trata de una revolución corrupta y corruptora) y al nublarse el norte de sus acciones: el nebuloso "socialismo del siglo XXI", amén de estar desasistida ahora del fuerte carisma de su líder desaparecido. En efecto, refugiada, utilizando las categorías gramscianas, en la pura "dominación", en el nudo poder coercitivo con sus aparatos represivos del Estado, y perdida la "hegemonía" en la sociedad, conquistada por la rebelde sociedad civil y la oposición democrática conducida por Henrique Capriles, el régimen rehúye el diálogo auténtico y lo degrada en un instrumento táctico al servicio de la conservación del poder, dejando de ser este un noble recurso de entendimiento, para ser un puro espejismo, una ilusión, donde medran los espíritus oportunistas, al servicio de la "dominación" y el ilegítimo disfrute del poder.

ricardojcombellas@gmail.com


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Comentarios (1)
Por Nestor Sandoval
28.05.2013
6:05 AM
Se dejó correr el software chavista. Lo que hoy sale a la luz a través delos articulista es el rostro que se mantuvo oculto hace 10 años. Cerraron los espacios a la nuevas caras que si hubiesen dado duro a chávez. Ustedes menospreciaron el ágora moderna.Para el 2005 se sabía que chávez no gobernaba. Estamos lidiando con los que gobernaron. ¿Chávez este muerto o no? ahora somo menos efectivos que cuando Chávez.Qué país amorfo: 4-02-1992: militar no dan golpe de Estado. El 11-04-2002: civiles dan golpe militar.
 
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