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Universidad y política pública

Las universidades deben enfatizar su aporte a la nación más allá de la matrícula estudiantil

LUIS GERARDO GABALDÓN |  EL UNIVERSAL
lunes 20 de mayo de 2013  12:00 AM
Los redactores de la Ley de Universidades a la caída de la dictadura, en 1958, la definieron como comunidad espiritual para buscar la verdad y afianzar los valores trascendentales del hombre, agregando que tenía la responsabilidad de contribuir al esclarecimiento de los problemas de la nación. Así recogieron su esencia y proyectaron lo que debería ser su desarrollo en una sociedad libre y progresista. Las universidades habían pasado por experiencias de precariedad, usurpación y heroísmo de algún rector, quien llegó a sufragar los gastos con sus propios recursos. Permanecieron, crearon y consolidaron grupos de investigación que alentaron programas de desarrollo, contribuyendo, además, a la calificación profesional y al ascenso social de sus egresados, en medio de tensiones recurrentes con gobiernos debidas, fundamentalmente, a la libertad del pensamiento y a su dependencia económica. A partir del nuevo siglo, un crecimiento de la población estudiantil, inimaginable décadas atrás, ha determinado que Venezuela ocupe una de las primeras posiciones mundiales en matrícula universitaria, aunque la calidad de algunos programas y egresados sea cuestión debatible.

La investigación y el relevo generacional con orientación tutorial debieron abrirse espacio en las universidades, donde el rasero para su rendimiento, según muchas de sus autoridades, debía ser la matrícula estudiantil y el volumen de egresados. Hacia mediados de 1980 se comenzó a implementar un índice variable para la asignación presupuestaria tomando en consideración la productividad en términos de publicaciones, patentes y consolidación de la investigación. Los investigadores, mediante primas y apoyo a grupos, mantuvieron condiciones mínimas para la creación, innovación y desarrollo tecnológico.

La situación ha cambiado radicalmente en los últimos años: las universidades autónomas, baluartes de la investigación nacional, se enfrentan a un parasistema de educación superior masificado al cual Fonacit pretende ahora revertir equipos y suministros adquiridos mediante las subvenciones que otorga a los proyectos, desestimulando solicitudes que, por otro lado, enfrentan trámites engorrosos.

El conocimiento es la base del avance de los pueblos y la gestión social. Lo novedoso se genera mediante el trabajo de singularidades y pequeños grupos, produciendo ideas que, luego de multiplicadas y aplicadas, le dan valor agregado a un país. La tolerancia con el corta y pega en Internet, característica en muchas de las universidades masificadas, seguramente a escala mundial, no favorece el conocimiento crítico, tan pregonado a veces como ideología. Por ello las universidades autónomas deben resistir y mantener su espacio, estableciendo alianzas para la gestión pública, sin renunciar a su esencia y sus principios, pensamiento original e independencia intelectual. Deben enfatizar su aporte a la nación más allá de la matrícula estudiantil, en lo que nunca podrán competir con el gobierno.

luisgerardogabaldon@gmail.com



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