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La importancia del voto

RICARDO COMBELLAS |  EL UNIVERSAL
martes 9 de abril de 2013  12:00 AM
Comienzo mis lecciones sobre la democracia en los cursos universitarios de Ciencia Política y Derecho Constitucional destacando tanto la importancia del voto para la democracia, como las vicisitudes históricas en su conquista. En efecto, la historia de estos dos últimos siglos de democracia política es, primero y antes que todo, la lucha por universalizar el voto, más allá del género, de la condición social y del grado de cultura de la gente, así como hacerlo directo, secreto e igual en su valor para todos los ciudadanos. Durante muchos siglos, ya desde la antigua Atenas, la gloriosa ciudad donde floreció la democracia directa en el siglo V a. C., democracia se identificaba con sorteo, pues todos sus ciudadanos tenían el derecho y la responsabilidad de participar de sus decisiones. Todavía en pleno siglo XVIII pensadores tan preclaros, que hoy señalaríamos como progresistas, tal  el caso de Harrington, Montesquieu y Rousseau, identificaban el sorteo, y no la elección, como el método de selección democrática por excelencia de los gobernantes.

Si la lucha por el voto constituyó motivo de tanta sangre, sudor y lágrimas, recogida en  la célebre consigna "un hombre, un voto", más aún se revela su importancia cuando se compara la democracia con los regímenes monárquicos (la sucesión por herencia de la sangre) o autoritarios de toda laya, donde el voto popular, cuando existe, se subordina a otras exigencias antidemocráticas, signadas la mayoría de las veces por las luchas intestinas, muchas veces violentas, por hacerse del poder. Dentro de esas formas no precisamente democráticas de seleccionar los sucesores cabe mencionar la cooptación, ilustración de lo cual es el caso del candidato Maduro, cooptado como candidato presidencial por el dedo impositivo del desaparecido presidente Chávez.

Venezuela adquirió su plena madurez política, y ello nunca está demás recordarlo, con la Revolución de Octubre del año 1945, pues, y ello es irrefutable, a partir de entonces se consagró como supremo principio constitucional el sufragio directo, universal y secreto para la elección de los cargos representativos del Estado, expresión del sagrado postulado de la soberanía popular.

El voto es un derecho ciudadano, pero también es un deber republicano. El Estado y sus instituciones tienen la obligación de garantizarlo y protegerlo, por lo cual la instancia por excelencia protectora, el Poder Electoral, asumió en la Constitución del año 1999 el rango de ser una rama del Poder Público Nacional, cuyos órganos deben garantizar la igualdad, confiabilidad, imparcialidad, transparencia y eficiencia de los procesos electorales.

Mucho se ha discutido, y ello es lamentable reseñarlo aquí, las carencias de autonomía e independencia de los órganos del Poder Electoral en el cumplimiento de sus delicadas funciones. No es el objeto de este artículo el problematizarlo, pero sí, y es un deber de todos los ciudadanos, exigir el cumplimiento de la Constitución, nuestra ley suprema y norma fundamental, pues el bien tutelado no es poca cosa, al conformar la raíz de nuestro orden de legitimidad, nada más y nada menos repito, que el respeto al sagrado postulado de la soberanía popular.

ricardojcombellas@gmail.com


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