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Camino de conversión y santidad

JUAN J. MORA VALLADARES |  EL UNIVERSAL
jueves 4 de abril de 2013  12:00 AM
La conversión del hombre pecador: ese flechazo de amor con que Dios todopoderoso toca a sus ovejas descarriadas y que lo hace de las formas más inverosímiles para la lógica humana, provoca, como primer sacudón, una reflexión profunda de lo que ha sido, es, y será de ahora en adelante, mi relación con quien me ha Amado primero y para quien tengo una deuda de gratitud y de amor.

Este alto en el camino de nuestras vidas y redireccionamiento de nuestras conductas, ya no en función de mis apetencias, propuestas, o ideologías terrenas, pero de la necesidad impostergable de amar a Dios y de no usarlo, es el "deber ser" del nuevo converso. Cuando esto sucede, comenzamos a darnos cuenta que todas nuestras conductas y acciones deben atender a hacer cierto, a hacer realidad objetiva, el primer mandamiento de la Ley de Dios: "Amar a Dios por sobre todas las cosas". El mandamiento que como loros posiblemente habíamos repetido toda la vida, adquiere una nueva dimensión. Ya el falsear la realidad (mentir), el injuriar o levantar falsos testimonios, el matar moralmente a mis contrarios, el robar o crear las condiciones que permitan que otros roben, y otras menudencias contenidas en las faltas capitales; ya no las vamos a seguir cometiendo, o lucharemos imperfectamente por no incurrir en ellas, no per se, pero por no faltar al primer mandamiento. Si pretendo amarte, si de verdad me duele tu sacrificio y muerte en el Calvario, no quiero seguirte ofendiendo, no quiero seguirte crucificando. Por eso no voy a faltarle a mis semejantes, que son también tus hijos, que te duelen al igual que yo te duelo.

Un segundo aspecto, que no necesariamente tiene que ser posterior al mencionado anteriormente, se refiere a ese nuevo camino, que ese hombre nuevo en formación, tocado por su Creador comienza a transitar, y es que ese nuevo camino se llama el de la Santidad. Como decía San Josemaría Escrivá de Balaguer, es allí, en tu sitio de trabajo, en tus relaciones personales y en tu vida pública, donde te vas a Santificar, no tienes necesidad de convertirte en religioso o religiosa, ni enclaustrarte, para comenzar a vivir una vida a semejanza de Cristo, nuestro modelo a seguir.
Luchar, perseverar por la Santidad, nos lleva a la práctica de la madre de todas las virtudes, al humus sobre la cual florecen el resto de las virtudes en nuestro corazón, la humildad.

La cuaresma que ha precedido los días santos, todo el año de la fe que transcurre actualmente y la Semana Santa, nos sirvan para comenzar o profundizar nuestra relación con Dios, tratarlo de amigo, fiarnos en Él a imitación de la Santísima Virgen María, e intentar comenzar la aventura del abandono.

No usemos a Cristo, amémoslo.

moravjj@gmail.com


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Comentarios (1)
Por Quintero Alfredo
04.04.2013
10:01 AM
Esa versión del 1er mandamiento que repetimos como loros es la versión de catecismo para primera comunión. Lo que no nos enseñan con tanto ahínco es lo que dice la biblia en Éxodo 20: "No tendrás dioses ajenos delante de mí... porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen." O sea que ni los bisnietos se salvan si uno ofende a Jehová. Este mandamiento nada tiene que ver con la moral. Cientos de millones de hindúes son politeístas, pero respetan las leyes. El tener que temer y amar a Dios es parecido al sado-masoquismo, relación en la cual una parte tiene que temer y amar a la otra. Este mandamiento junto con la mayor parte del antiguo testamento refleja la mentalidad neolítica de sus autores (hombres) que equiparaban a la mujer con el becerro y el burro (Éxodo 20:17), eran misóginos, polígamos y padres irresponsables y abusadores de menores como Abraham.
 
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