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Los demonios de Paul Auster

Sin pretenderlo, troca su vida, su realidad y su verdad, en la mentira propia de lo literario

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RICARDO GIL OTAIZA |  EL UNIVERSAL
domingo 17 de marzo de 2013  12:00 AM
Difícil tarea constituye en nuestros días la escritura de un libro diario, sobre todo cuando sopesamos en su justa dimensión artística y ontológica su impacto en nuestras vidas, y cómo cada página se erige en expresión aguda (a veces incisiva) del isócrono caminar del tiempo, que dicho sea de paso, nada perdona. Viejo es este arte y la modernidad con su vertiginoso afán de novedad ha ido replegando sólo a espíritus selectos, a seres consustanciados con la memoria; tal vez como reservorio definitivo de la experiencia humana. Verter día a día sucesos y experiencias, sentimientos y afanes, alegrías y temores en páginas ancladas a lo más íntimo de nuestro ser, pero tal vez pensadas para que lleguen a otros, no resulta baladí, y es tal vez por ello que su presencia en las librerías se hace cada vez menos notoria, y al mismo tiempo más necesaria.

Nuestro tiempo histórico da preeminencia a la novela como "género por excelencia" y a ella nos abocamos con especial interés y deleite, muy a pesar de estar conscientes de su hechura lograda mediante artificios literarios, eso que Vargas Llosa llama con acierto como "la verdad de las mentiras". En la novela por lo general se nos muestra una invención, una ficción fríamente amalgamada en el manto de lo autobiográfico, que a decir de Borges es ya una necesidad propia de la expresión del arte del escribir. La novela recrea realidades aparentes, mundos paralelos, dimensiones ontológicas que nuestro espíritu humano necesita para proseguir en su ruta evolutiva, así como nuestro cuerpo biológico requiere del alimento y de la bebida para subsistir. En el diario, en cambio, el autor se ve impelido a plasmar en el ahora "su cruda verdad" (de lo contrario sería ficción), su crasa noción de realidad; su vivencia erigida en palabra; trocada "a posteriori" en hecho literario. En el diario el autor se desnuda, se despoja, deja ver las costuras de su devenir, y a la manera de una colcha de retazos nos entreteje una "realidad" como el que expone un cuadro y se abandona a la vindicta de quien lo observa.

Así, pues, el ya clásico vivo norteamericano, Paul Auster, autor de libros tan emblemáticos como La trilogía de Nueva York, La invención de la soledad, Tombuctú, Viajes por el Scriptorium, Un hombre en la soledad y Creía que mi padre era Dios, en el 2012 nos entrega una de sus obras más íntimas y reveladoras, anclada a ese espíritu de rebeldía aflorado subrepticiamente en toda su novelística, titulada Diario de invierno (Anagrama), en la que recrea con dolor, no excepto de ironía y humor, fragmentos de su azarosa existencia, para llevarnos de la mano de su espléndida prosa por mundos diversos, que en algunas oportunidades tocan el averno y, en otras, las cimas del paraíso terrenal.

Visos wagnerianos

En Diario de invierno se aleja Auster de la ortodoxia que trae consigo la implicación meramente cronológica: ese día a día que ha dado al género (para algunos, subgénero) tal denominación, para romper si se quiere con la noción tempo-espacial e impregnar su libro de visos wagnerianos. La temporalidad está marcada por extensos períodos que abarcan largas etapas vitales: niñez, juventud, adolescencia, madurez y vejez, sin que guarden orden ni concierto. Ese "caos" argumental se cierra sobre sí mismo al hallar el autor la clave narrativa a manera de ejes transversales, que subyacen en el fondo y le confieren al texto (al menos eso intenta) unidad y coherencia. Cada mudanza, cada cambio de residencia y de ciudad, marca una profunda huella en la vida del escritor y es allí desde donde se afinca para conferirle al libro tintes de profunda tragedia personal, de punto de inflexión que le otorga a lo contado marca indeleble; tal vez conmoción personal y humana.

Si algo queda claro después de la lectura es este libro "diario" (con comillas), es que no fue escrito en el día a día personal del autor, ni como el destilado de pequeños y grandes sucesos que fueron marcando su vida a lo largo de los años, como lo hiciera con seguridad un Sándor Márai en sus Diarios 1984-1989, por ejemplo. Más que un libro diario podríamos aventurarnos a afirmar que se trata de una autobiografía, contada desde lo remoto, desde la memoria como lugar posible cuando el hombre viejo saca cuentas de su existencia y se dispone a ordenar su periplo para así comprenderse mejor, y comprender lo acaecido con la excusa del olvido.

Sobre sí mismo

No se solaza Auster en sus pérdidas, ni en sus estrepitosos fracasos personales, para obnubilar al lector y así llevarlo por la senda relativamente fácil del drama; todo lo contrario: se relanza sobre sí mismo de manera autárquica para orientar su historia por caminos menos trillados y más satisfactorios, como son los renaceres de sus emociones enfermas, los hallazgos femeninos a lo largo de su trasiego vital, los libros publicados y las duras reconciliaciones con su gente, y con su propia vida.

Cada personaje se mueve en este libro a sus anchas para así adquirir una independencia inaudita (un tanto sospechosa), para conformar de esta manera una suerte de trama vital signada por la complejidad, por la ambivalencia del devenir, por la interconexión de sucesos y de circunstancias que los lleva a sentirse de alguna manera títeres de un poderoso demiurgo, que mueve a su antojo los hilos de su ufano albedrío. Se siente Auster protagonista absoluto de una época de cambios, de abruptos rompimientos con su pasado personal y esto le permite trascender su historia para ubicarse por encima de sus circunstancias y sacar de ellas las necesarias lecciones de vida.

El novelista

Al ser Diario de invierno un libro memorialístico, llegan y se van los recuerdos, se dibujan y se desdibujan los hechos, y la visión de quien los narra es matizada (y azuzada) por la experiencia, por la madurez alcanzada después de las grandes batallas existenciales. Quien nos cuenta no es ya el niño, ni el adolescente, ni el adulto que sufrió en carne propia cada herida; es el novelista, el hombre de letras quien le insufla a lo narrado visos de literatura. Ergo, de ficción. Sin pretenderlo (eso suponemos) Auster troca su vida, su realidad y su verdad, en la mentira propia de lo literario. Sus recuerdos "reales" se metamorfosean y se hacen ficción, porque de alguna manera, como nos lo recuerda Vargas Llosa ya citado, "la ficción nos completa, a nosotros, seres mutilados a quienes ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener una sola vida y los apetitos y fantasías de desear mil".

Acierta Paul Auster al narrar desde la segunda persona del singular, ya que le imprime a lo narrado una distancia propia de quien desea deslastrarse de lo contado y de quien toma distancia para así no caer abatido por el peso del recuerdo (y de la ficción, que como fenómeno metafísico ronda toda narración). Como recurso literario luce interesante, y aporta al libro el necesario contrapeso y verosimilitud (amén de una complejidad y de una maestría en el arte de narrar), pero no basta cuando se lleva por dentro tanta necesidad de contar, de "entregar los demonios" (como diría nuestro Denzil Romero), de mostrarnos tal y como nos vemos frente a un mundo, que nos ha visto caer y lastimarnos, pero también (y sobre todo) salir adelante a pesar de las adversidades.

rigilo99@hotmail.com

@GilOtaiza



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Comentarios (1)
Por Belkys Hernández
17.03.2013
7:26 PM
Estimado Sr. Gil Otaiza, un saludo cordial. soy una lectora asidua de sus interesantes artculos. El de hoy referido a Paul Auster, autor que leo con sumo gusto, encuentro una frase "Auster troca su vida....", trocar es un verbo irregular y creo que la conjugacin correcta es "trueca". Mucho me gustara oir su opinin. Gracias de antemano.
 
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