Tarantino y Maduro Desencadenado

RUBEN RODRÍGUEZ DE MAYO |  EL UNIVERSAL
jueves 7 de marzo de 2013  12:00 AM
Django Desencadenado es la última película del director Quentin Tarantino. Ella ha sido merecedora, con mucha justicia, del premio Oscar en el apartado de mejor guión.

Django no se aparta, en lo esencial, de la filmografía de Tarantino, caracterizada por un tratamiento estético de la violencia. En innúmeras ocasiones le han reprochado a Tarantino la fuerte carga de violencia que hay en todas sus películas, y el director de Pulp Fiction ha dicho sencillamente que su trabajo es hacer ficción, es decir, "películas". De ahí que Christoph Waltz, actor que se ha llevado la estatuilla del Oscar a mejor actor de reparto en dos películas de Tarantino, haya dicho, recientemente, que "la sangre de las películas de Tarantino es más roja". Claro, la ficción muchas veces termina exagerando y caricaturizando la realidad, además de ser una expresión de la imaginación del autor, de sus demonios, duendes y fantasmas más ocultos, y no tiene ni debe parecerse a la realidad.

La violencia también forma parte de la naturaleza humana (tanto es así que para el historiador Arnold Toynbee la institución social de mayor longevidad y tradición es la guerra); como instinto y expresión de una emoción o sentimiento (ira, venganza, furor, rabia, etc.), la violencia es susceptible de estilizarse, embelleciendo sus rasgos más terribles y espantosos.

Esta estilización se manifiesta, en el caso de Tarantino, en un montaje que, entre sangre y sangre, hace ruptura en la estructura tradicional del tiempo y el espacio. Al modo de la novela experimental, a lo James Joyce o Julio Cortázar, las historias de Tarantino se dislocan y quiebran, transgrediendo la temporalidad lineal, haciendo participar activamente al espectador en la reconstrucción interpretativa de la historia, recomponiendo mentalmente los segmentos y trazos en apariencia descoyuntados de la obra.
 
La estética de la violencia en Tarantino se expresa también en la silueta de sus personajes, que nos invitan a vivir íntimamente, con ellos, sus sentimientos más bajos y abyectos de venganza y cólera, posibilitándonos hacer empatía y solidarizarnos, muy a nuestro pesar en ocasiones, con el asesino, el truhán, el mafioso, etc. Es la manifestación de la "catarsis aristotélica" tal como sucede en la tragedia griega, en la cual hay una purificación de las bajas pasiones en el espectador, al verlas proyectadas en los otros.

De violencia también estamos hechos entonces. Pero ni el peor asesino que haya está hecho solamente de esa pasta. El ser humano es complejo y si esa complejidad se retrata y filma con nobleza y delicadeza desde todos sus ángulos, nos ofrece la posibilidad de acercarnos a toda la dimensión poliédrica del hombre; y apreciaremos de ese acercamiento caleidoscópico "la forma" y "el cómo" de esa aproximación a la complejidad del ser, porque en el arte el contenido es la "forma", a decir de Nietzsche.

Y en todo caso, volvemos a repetir, el oficio de Tarantino es la  ficción: hacer películas. En opinión de Umberto Eco, hay que dejar que se simule la violencia, a manera de juego, para que el hombre concientice que ella sólo es permisible en la ficción o como actividad lúdica.
Por ello no coincidimos con quienes dicen que la violencia es hija de los medios de comunicación. Hay que ser un alma bien rudimentaria, grosera y tosca para adjudicar la violencia y las pasiones viscerales a la "tragedia griega", en otrora; y la violencia de hoy en día, en Venezuela, con más de 20.000 muertos al año por la delincuencia, a los medios de comunicación, como hiciera nuestro presidente de hecho, Nicolás Maduro.

Bien le valdría a Nicolás Maduro hacer un tanto de catarsis aristotélica, que purifique el alma, leyéndose alguna buena obra que retrate las más bajas pasiones del ser humano; pero qué va, Maduro no es amigo de la lectura, se nota por su discurso exento de matices, preguntas y dudas. Él está negado a columpiarse en el conocimiento y las luces. Es que ni siquiera pudo, como Canciller de nuestro país, con los medios, recursos y ventajas que poseía, aprender siquiera inglés o francés para desempeñar mejor su trabajo y expandir sus horizontes y posibilidades de comunicación, desencadenándose como Django de sus limitaciones y cadenas.

Es más, bien le valdría a Maduro, a falta del hábito y el placer de leer, ver películas; podría comenzar por Tarantino, a ver si se "purifica" a través de la catarsis aristotélica. Así, tampoco usted, que tiene sensibilidad estética, tendría que soportar que Maduro diga ante una sonrisa de cera y ave disecada, la de su jefazo Chávez, que es hermosa. El cine también es un arte.

@rubdariote  

rub_dario2002@yahoo.es


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