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Política de las pasiones

MARIANO NAVA CONTRERAS |  EL UNIVERSAL
viernes 22 de febrero de 2013  12:00 AM
Hubo una época feliz e ingenua -que si no, no hubiera podido ser feliz- en que se pensaba que la política era asunto de la razón. Se creía que el régimen feliz era un problema de magnitudes, de equilibrios, de proporciones, de simetrías. Se creía que el recto proceder y la conducta ciudadana eran cuestión de informar, de educar, y en todo caso de castigar. Que la felicidad de la patria consistía simplemente en encaminarla hacia el bien. Que con eso, nada menos, era más que suficiente. Sócrates dijo, cómo olvidarlo, que había un solo bien, el conocimiento, y un solo mal, la ignorancia, como si para que un fumador dejara de fumar bastara con hacerle conocer los nefastos efectos del cigarrillo. Después vino Platón, y dijo que la República ideal debía tener tres partes, para imitar la perfección del cuerpo humano (cabeza, tronco y extremidades), y que a la cabeza, cómo no, tenían que estar gobernando los filósofos. Más tarde fue Aristóteles, con su probada vocación de aguafiestas, el que mandó a poner a todos los pies sobre la tierra. Dijo que la ciudad ideal no era cuestión de ideas, sino más bien de cosas más concretas como el tamaño del territorio y el número de los ciudadanos. Que la perfección de la ciudad tenía que ver más bien con su buen funcionamiento. Todas estas teorías tenían como protagonista a la razón, porque en aquellos tiempos felices y remotos se creía de veras que la razón bastaba y sobraba para alcanzar la felicidad, individual como colectiva.

Creo que fue Spinoza, el filósofo judío y holandés, el que se atrevió a desmentir por primera vez a los griegos. Spinoza, que había leído críticamente a los estoicos, sabía que para ser verdaderamente feliz había que saber dominar las pasiones. Los estoicos decían que había que eliminar las pasiones porque eran una "enfermedad del alma", que había que extirparlas, arrancarlas de raíz como si se tratara de un tumor. Spinoza pensaba, por el contrario, que era imposible acabar con las pasiones, que era vano luchar contra ellas, y que no quedaba otra que aprender a convivir con ellas, y dominarlas en el mejor de los casos. Spinoza sabía mucho de la felicidad porque había sido profundamente infeliz. Incomprendido por los de su tiempo, fue desterrado y maldito por los judíos de una ciudad que se jactaba de ser de las más tolerantes de Europa, como lo era la Ámsterdam del siglo XVII. Tan triste se sintió Spinoza que incluso llegó a pensar en emigrar a Curaçao o a Coro (si es que podemos creerle a algunas de sus cartas), donde entonces había muchos judíos que hubieran podido acogerle.

Está claro que la Filosofía no pudo volver a ser la misma después de Spinoza. Irremediablemente había dejado de pertenecer al límpido mundo de la razón para convertirse en algo mucho más complicado. Digámoslo así, después de Spinoza la Filosofía perdió su inocencia. Tampoco la política pudo volver a ser la misma. A partir de Spinoza se entendió que el dominio de las pasiones era parte fundamental en las cosas del poder, que el Gobierno y el apoyo de las masas dependían de las pasiones de una forma mucho más directa y decisiva de lo que nunca se hubo sospechado. Así, la manipulación de las pasiones pasó a convertirse en parte fundamental de la política. Ni en los más procaces sueños del florentino Maquiavelo.

Confieso que me cuesta imaginar a los líderes del chavismo leyéndose un ladrillo como la Ética de Spinoza. Más bien, siempre he pensado que Fidel le entregó a Chávez una copia del cuadernito que le dio a Krushev en junio de 1963, cuando el cubano fue a Moscú a visitarlo. Me divierte figurarme al viejo tirano, treinta años después, entregando copia del manido y amarillento cuaderno a un Chávez deslumbrado y boquiabierto, mientras le vaticina sentencioso: "guárdatelo bien, que algún día te será muy útil". Pero hasta ahí lo divertido, pues conviene recordar que se trata exactamente del mismo manual que aplicaron los servicios de información de países como Corea del Norte o Alemania Oriental. Porque a mí nadie me saca de la cabeza que no es precisamente talento criollo lo que hay detrás de la historia truculenta y cursi de despedidas y regresos, rumores y contrarrumores, demoradas ausencias e intempestivas apariciones, fotos trucadas,  presencias inverosímiles, improbables recados, alegrías inesperadas y emotivos lloriqueos, estudiados quiebres de voz y abrazos de incomprensible júbilo, con que este régimen fría y calculadamente intenta prolongar sus días.

marianonava@gmail.com


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