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Crepúsculos y literatura

EDILIO PEÑA |  EL UNIVERSAL
martes 19 de febrero de 2013  12:00 AM
En un campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial, un escritor convocaba, al final de la noche, a sus compañeros de prisión en torno a la llama de una vela, para relatarles historias que había escrito en libros que le habían sido quemados; luego contaba las que otros escritores habían tramado en  épocas más felices; pero  de pronto, cuando su memoria fatigó el recuerdo y la ficción parecía perdida, hizo uso de su imaginación y comenzó a inventar historias aún más subyugadoras que las anteriores. Noche tras noche, aquel auditórium de caras huesudas y desencajadas, escuchaban embelesados al narrador, mientras eran transportados por sus palabras a un universo ajeno a la desventura que padecían. La voz de ese narrador singular, esculpía en el aire asfixiante de aquella barraca, lo que sus manos tenían prohibido hacer: escribir. Terminada la Segunda Guerra Mundial, los sobrevivientes de ese campo de concentración, quisieron dar con el paradero de aquel contador de historias fascinantes e increíbles. Sin embargo, a pesar de que se obstinaron en buscarlo, no dieron con su paradero; pensaron entonces en lo peor, no obstante, guardaron el recuerdo agradecido por aquel hombre (o corazón), que había tenido el don mágico de juntar palabras, para salvarles el alma.

El testimonio antes referido, da cuenta de cómo en situaciones límites y de sufrimiento, la literatura ofrece vías de sosiego y liberación. Al redimir con su poder fantástico y revelador, esa escisión que hay entre la vigilia y el sueño y que podría llamarse incertidumbre cuando es tomada por la desventura. Una novela, un cuento, un poema,  puede producir un cambio irrevocable en la vida de una persona, y todavía más,  aproximar la salvación. Sólo basta ser un atento lector –u oyente– para encontrarse con  aquellos mundos inéditos que convoca ese poderoso ilusionista de las palabras. La literatura va más allá de la significación lógica, aun apostando a la idea, las imágenes y la música que de ella se desprenden, genera resonancias que propician una plenitud y totalidad jamás sentida ni conocida. Al  pautar la conversación, el encuentro y la inventiva, las dictaduras intentan imponer su manipulada realidad. Porque quien ingresa a la literatura descubre su imaginación.

En Venezuela, la literatura ha sido desterrada del espacio público, a pesar de que ésta  florece en la intimidad creativa de sus escritores. La profunda crisis política que  quiere arrancar el alma del país, ha hecho que las editoriales abandonen el entusiasmo por publicar la producción literaria nacional, privilegiando la edición de libros dedicados a la eventualidad política. Hoy en día, un escritor de panfletos es mucho más importante que un escritor de novelas, cuentos o poesía. Aunque la editorial Alfa, ha publicado ensayos memorables como los de Ana Teresa Torres y Elías Pino Iturrieta.  Las revistas literarias han desaparecido, y las escasas que existen, circulan  en la estrechez. Pocos periódicos dedican espacio a la literatura o a la entrevista de un escritor. Pero  en las redes sociales,  la imaginación literaria resiste y fulgura. Entre tanto, el discurso político se degrada  en el  empobrecimiento del lenguaje, ganando terreno y difusión,  al crear a su vez un lector o espectador, que si bien se informa, enajena su percepción  en la manera en que se le presenta el discurso político.

Entre un político y un escritor literario, hallamos  excepcionalmente  depurado  el lenguaje en aquella Inglaterra bombardeada por los nazis,  a través de los discursos  y escritos de Winston Churchill y las novelas que edificaba sobre las ruinas Virginia Wolf. Ambos cultivaban  el don mágico de las palabras, aún separados por el estilo y el género. No es casual que al Primer Ministro británico,  le fuera otorgado el Premio Nobel de Literatura, "Por su dominio de la descripción histórica y biográfica, así como por su brillante oratoria en defensa de los valores humanos". 

Inmersa en los crepúsculos de Barquisimeto, Laura Cracco, ha seguido esa larga tradición de las letras inglesas, que comenzó con William Shakespeare, de enhebrar con maestría  el discurso público y el discurso privado en la obra literaria. Lo ha hecho con un libro magnífico y estremecedor, en el que se juntan el diario y la novela. En él convergen el testimonio, la erudición y la poesía; la desgarradura colectiva y personal, es su tema. En las páginas de ese libro, que aún permanece inédito como los tesoros, se encuentra una  de las obras literarias más importantes escritas en estos catorce años de pesadilla. Por alguna extraña razón, leerlo es despertar de ella. Ojalá que la llama de la vela vuelva a encenderse, y como ayer en aquel campo de concentración, se junten en torno a ese libro titulado África Íntima, otros lectores (u oyentes) más dichosos y compasivos, para oír la voz de Laura Cracco refulgiendo en sus crepúsculos.

edilio2@yahoo.com

@edilio_p


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