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Las miraba

RICARDO GIL OTAIZA |  EL UNIVERSAL
viernes 8 de febrero de 2013  12:00 AM
Qué difícil resulta la vida con la timidez a cuestas; es como si llevaras en la espalda un peso que doblegara tus fuerzas y te impidiera continuar adelante. Recuerdo mis tiempos de adolescencia, cuando estudiaba el bachillerato, sentía que un poder (mayor que mi supuesta fortaleza física y espiritual) me atenazaba, hasta el punto de llegar a enmudecer frente a situaciones que dominaba perfectamente y en las que hubiese podido sobresalir. Ante una pregunta de algún profesor, y así supiese la respuesta (que por lo general era así), no podía intervenir; las palabras se me agolpaban en la garganta y allí se quedaban represadas, retenidas, hundidas en una especie de pantano del que no podían escapar. Sentía cómo un calor interno, un fuego, una llama terrible, lentamente iba emergiendo hasta llegar a mi rostro y la rubicundez imposible de ocultar ante los demás era el indicador de mi turbación y el culmen de aquel chispazo de mi endeble y trastocada bioquímica.

Las exposiciones eran mi horror; nada me daba mayor inseguridad que el estar frente a mis compañeros hablando sobre algún tema, así fuera sencillo. Me temblaba todo (todo sin excepción) y terminaba aquel duro episodio empapado en sudor, bañado de pies a cabeza con un "algo" que hoy entiendo era producto de una descarga adrenérgica que echaba a andar una serie de reacciones que alteraban mi estado de alerta y, ni decir, mi tranquilad personal. Muchas veces temí afortunadamente nunca ocurrió, por aquello de mi hondo sentido del ridículo perder la conciencia y hasta desmayarme sobre el propio escenario. Y no tengo que explicar con muchos detalles lo cuesta arriba que era el simple hecho de manifestar mis emociones, y de manera particular los sentimientos amorosos, lo que me hizo "perder" múltiples oportunidades de pedirle a alguna chica (de las muchas que me gustaban en el colegio) que fuese mi novia. ¡Uf, qué trancadera tan terrible! Las miraba, ellas intuían mi intención, pero cuando iba a hablar las palabras se me quedaban atoradas en la garganta, y lo demás era silencio.

Paradójicamente, era de los muchachos que siempre estaba participando en los eventos organizados en el colegio o en mi parroquia, en los actos culturales, recitando poesías, cantando, actuando en obras de teatro, y hasta tocando el cuatro. Con mi hermana y algunos amigos dábamos serenatas el día de las madres y en algunos cumpleaños y ocasiones especiales. En Navidad era parte de conjuntos de aguinaldos o de gaitas. Aún no entiendo mucho esa extraña contradicción. En las fiestas no me sentaba ni un momento y bailaba toda la noche. Es más, formé parte de un grupo juvenil cristiano-católico que  buscaba líderes comunitarios y me entregué a esa labor con una pasión colindante con el extravío. Recuerdo haber sacado fuerzas para recitar en clases de Castellano y Literatura el hermoso poema Vuelta a la patria, del clásico del lirismo venezolano Juan Antonio Pérez Bonalde, y percatarme con asombro cómo en medio de mi proeza le iban brotando al profesor lágrimas de emoción y la quietud se apoderaba de la revoltosa aula hasta parecer un monasterio. Sin duda, este fue un momento muy especial, y ello me marcó de tal manera de llegar a jurar que algún día escribiría sobre el trágico autor de aquel poema, y lo cumplí: en 1999 presenté la novela Una línea indecisa (Monte Ávila Editores Latinoamericana-ULA) que merodea en torno a su vida y a su obra.

De alguna manera el tiempo y la experiencia fueron resolviendo esa nefasta timidez. Quienes me han visto actuar de adulto casi no pueden creer que haya sido ese muchacho tímido que conocieron años atrás. Y no es que hoy me las sepa todas (nadie se las sabe a fin de cuentas), o que no me inmute a veces frente a algunas circunstancias estresantes y extremas, y hasta me suden las manos a veces, pero todo lo veo bajo una óptica distinta; la óptica de quien entiende que las oportunidades llegan una sola vez y que la vida se debe vivir sin los cortapisas que nos frenan en nuestro camino de realización personal.

rigilo99@hotmail.com

@GilOtaiza         


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