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Ámame u ódiame...

JOSÉ DOMINGO BLANCO (MINGO) |  EL UNIVERSAL
viernes 1 de febrero de 2013  12:00 AM
"Mi hija se la pasa metida en Facebook. Cuánta cosa hace, cuánta cosa come, cuántos amigos se encuentra lo va "posteando". ¡Una maravilla ese Facebook, mijita! Yo con sólo meterme a dar una revisadita -porque, además, fue ella la que me solicitó como amiga- ya sé en qué anda. Es impresionante la rapidez con la que va poniendo, cada dos minutos, dónde se encuentra. El FB ha sido mi mejor niñera. El otro día publicó una foto de las dos -viejiiiiísima la foto por cierto; ella era bebé y yo tenía unas cuantas arrugas menos- y escribió que me amaba y estaba orgullosísima de mí porque soy la mejor mamá del mundo. Yo le di "I LIke" a su comentario. ¡Me pareció tan tierno que Oriana lo escribiera en su muro! ... Bueno, aunque debo ser franca: quizá me hubiera gustado más que me lo dijera. Pero, qué podemos hacer. Así son los muchachos ahora: parcos, poco comunicativos, medio aislados en su mundo y metidos de cabeza en Facebook...Por lo menos lo publica y sus amigos ven lo tierna que puede llegar a ser".

Llevo días, antes de que el tema político me tuviera atrapado por completo, queriendo compartir con ustedes, mis consecuentes amigos lectores, este cuento del que fui testigo silente. Y no es la primera vez que, en reuniones familiares o en conversaciones con gente joven, sale a colación el tema de la tecnología, los "smartphones", el 3G, Internet y la influencia de las redes sociales en nuestras vidas.

Yo no sé a ustedes; pero, a mí esa conversación que sostenían esas dos señoras, y  con la que hoy arranco este artículo, hizo que me detuviera a pensar -pero sobre todo a evaluar- el impacto que han tenido las redes sociales en la comunicación y, en especial, en el manejo de nuestras relaciones familiares y afectivas. Reconozco y le concedo mérito al hecho de poder saber de nuestra gente querida, independientemente del rincón del planeta donde habiten, en tiempo "cuasi" real. Es como si, a pesar de las distancias, siguiéramos conviviendo con ella.

Debo confesar que, al principio, mi acercamiento a las redes sociales fue cauteloso. En Twitter me registré y comencé a utilizarlo como quien recorre por primera vez un paraje desconocido. Al poco tiempo, me atrapó y hoy siento que es una plataforma fabulosa para decir de manera instantánea, y en sólo 140 caracteres, lo que se nos ocurra. ¡Qué poder de comunicación tiene ese famoso pajarito!

En cambio con Facebook, la historia es otra. ¡No hay manera de que me convenzan de que abra una cuenta!  Y mira que he escuchado historias "maravillosas" de encuentros, amor y pasión que han surgido entre algunos de sus usuarios: Desde novios del bachillerato que se reencuentran 30 años después y reanudan la relación con la misma euforia y drama de sus años mozos; hasta el caso reseñado por la prensa recientemente de dos hermanas nacidas en Bosnia-Herzegovina, quienes fueron separadas luego de la II Guerra Mundial y se encontraron ¡72 años después! gracias a Facebook.

Sin embargo, no todo han sido historias color de rosa; razón por la cual, muchos psicólogos y expertos se han encargado de generar una serie de recomendaciones para no ser víctimas de acosos, escarnios o vejaciones, en especial los adolescentes quienes, a todas luces, son el público cautivo de estas redes sociales.

Hace aproximadamente 3 años, en  el Reino Unido, se produjo la primera condena de una muchacha de 18 años quien acosaba a través de Facebook a una compañera de colegio, incluso amenazándola de muerte. La acosadora pasó tres meses recluida en una institución penal por "ciberacoso" y por hostigar verbal, e incluso, físicamente a su víctima.

O, en fecha más reciente, el lamentable caso de la niña canadiense Amanda Todd quien, víctima del ciberbulling en Facebook, decidió poner fin a su vida; pero, antes colgó en You Tube un video explicando las razones que la llevaban a tomar esa terrible decisión. ¡Trágico por completo! ¿No?

Como vemos, son dos caras de una misma moneda: es el amor y el escarnio; la pasión y la perversión, con un mismo telón de fondo. Quizá lo que me hace poner en duda, en la mayoría de las ocasiones en las que escucho historias como las de las dos señoras del principio de mi relato, es la honestidad del sentimiento que se comparte con los centenares de amigos virtuales de todo el planeta: ¿por qué, en la mayoría de los casos, el  involucrado(a) en la relación es el último(a) en enterarse de lo que sienten por él o ella? ¿Es auténtico ese amor que expresan y hacen, público y notorio, en el "muro de FB"? ¿Por qué para enterarnos de lo que piensan o sienten nuestros hijos, tenemos primero que registrarnos en la página social, solicitarlos como amigos y, sólo así, poder tener acceso a su "mundo"? ¿Ámame u ódiame; pero, publícalo primero en Facebook? ¡Paso y gano compadre: prefiero el amor (o el odio) chapado a la antigua!

mingo.blanco@gmail.com

@mingo_1


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