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Lo político ante el abismo

EDILIO PEÑA |  EL UNIVERSAL
martes 22 de enero de 2013  12:00 AM
 Si el discurso político no adquiere representación en la realidad como hecho  puntual, contundente y deslumbrante, éste terminará extraviándose en la selva frondosa y escurridiza de las palabras. La gran oportunidad política acontece en el presente. Mucho más lejos, ésta se transforma en imposible y utopía. El presente es el espacio y tiempo de representación política por ser correspondiente al tiempo existencial en el que transita la vida de un hombre: el ahora. Entonces, la táctica y la estrategia del verdadero líder político deben abonar ese camino con audacia, cálculo y creatividad; las veces que habla y las veces que hace. Que la palabra corresponda a la acción y la acción a la palabra, aconsejaba un personaje de la representación teatral. El líder político no puede  dilatar excesivamente el tiempo de su accionar entre el desacierto y la banalización, porque corre el riesgo de desgastar su causa y a él con ella. Traza con su pensamiento el superobjetivo político a conquistar en la realidad concreta, pero persuadido de que en el sendero que debe transitar hacia éste, a hombro de sus partidarios, podría ocurrir, como ocurre a menudo, que el azar de la dinámica política introduzca impensables obstáculos  debiendo confrontarlos y vencerlos, con palabras y con hechos apropiados y oportunos. En las situaciones límites pondrá a prueba su carácter político, tanto ideológico como ontológico.  De lo contrario, el superobjetivo político por el que ha apostado, habrá de desvanecerse en el horizonte como el sol en una tarde ensangrentada. Aún más, sus partidarios lo abandonarán, a él y a la causa que los comprometió, con la prisa con que es abandonado un barco que  se hunde en medio del mar.

La ruta de la  bitácora  política no es la misma cuando ésta  es ejercida desde el poder. Los  políticos transformados en jerarcas del gobierno son tentados a transformar  la política con mentiras, para sobrevivir y perpetuarse en el poder. Es una de las maneras  de las dictaduras, pero también, de aquellas democracias que derivan hacia ese mismo destino. Sin embargo, la constitución de un país cuando es respetada, por unos y otros, garantiza  la convivencia  y sobrevivencia de los adversarios políticos que  confrontan  sus intereses en diferentes escenarios.  Bien para aquellos que están dentro del poder, así como para  los  que están fuera de éste. Nadie debe proponerse destruir al otro. Derrotarlo políticamente, sí. Esa es la naturaleza de la lucha política. La única manera  de obviar esta pauta  que la civilidad ha creado, es destruyendo la constitución, y a partir de ese momento,  la antipolítica comenzará a gobernar, al otorgarle  sólo a uno de los adversarios el poder total de encarnar la política, la cual no es más que  la arbitrariedad galopante hecha  tiranía. La república  romana trató de restituir el estado de derecho perdido ante el expansionismo de Julio César, quien se había hecho nombrar por el Senado dictador perpetuo, pero la medida tiranicida para neutralizarlo políticamente,  condujo   a una guerra civil  que causó grandes estragos.

En Venezuela, la oposición política frente al poder de un gobierno violador  sistemático de la constitución,  sólo ha instrumentado su actuar a través de  la acción electoral,  con las desventajas   conocidas que provee  y refrenda el propio ente rectoral del CNE al favor del gobierno. El esfuerzo de la oposición por la conquista de su superobjetivo  político, la ha consumido en  una sola táctica y estrategia  en la que parece reducir su lucha. Eso ha hecho que  su  combatividad y  resistencia, haya sido insuficiente  ante la avalancha y las tropelías del gobierno.  Por ejemplo, la oposición  no ha sabido traducir en representación real,  de hecho y poder, en los múltiples espacios de la vida social,  los grandes niveles de frustración, impotencia, depresión y rabia que cunde  por todo el territorio nacional.  El gobierno hace uso del elemento sorpresa, la oposición jamás.  El máximo líder del proceso revolucionario le introdujo a la política un sentido religioso que la oposición tampoco ha sabido desmontar. La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas . Escribió Albert Camus, en circunstancias aciagas como estas,  desde la que  se  ejecutó y legitimó un golpe de estado sin una reacción de  meridiana magnitud política.  Hay respuestas que tienen que darse en el instante supremo del suceso,  no después.

Quizá  esto ocurre, en  la clase política que lidera a la oposición venezolana,   por estar atada aún al viejo paradigma de hacer política,  el cual le impide refundarla  ante un adversario que la trata  como a un enemigo de guerra.  El  pacifismo  mal conducido, puede ser corrompido por el martirologio como ha ocurrido con la oposición cubana.

edilio2@yahoo.com


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